
Alguna vez en alguna reseña que escribí, cité a George Steiner para enmarcar mi situación de lectura. La cita decía más o menos de este modo: “la crítica literaria debería surgir de una deuda de amor”. Puestas aquellas palabras al inicio del libro que trata sobre la novelística de Tolstoi y Dostoievski, no hacían más que enfatizar una posición que de una u otra forma siempre he visto como una verdadera problemática en torno a la lectura: sus implicancias, sus operaciones de opacidad significativa, sus deleites secretos, sus sigilosas aventuras dentro de un orden desconocido y laberíntico. Más –o menos- que un enjuiciamiento, tal vez la cita de Steiner devela una actitud hacia lo escrito que esclarece muchas actitudes vitales, entre ellas, aquellas que tienen relación con nuestra consideración particular respecto a lo que consideramos como literatura. Por supuesto que eso es un eterno lugar común, pero siempre rico en ademanes de reinvención ya que pone a prueba nuestra capacidad cognoscitiva y, sobre todo, al menos para mí, nuestra capacidad de imaginación y aprehensión sensible. No hay lectura crítica que en su excelencia no posea ambas características ya que si falta alguna, pues que Dios nos ayude y que nos encuentre comulgados (…) parafraseando al viejo Schopenhauer: un pensar que no tenga de su parte o comprenda para sí alguna manifestación de lo bello, será un pensar que no se involucrará plenamente en lo humano que ese mismo pensar pretende reivindicar. Será un pensar que pretenderá la verdad, pero en ningún caso, mostrará la forma en que esa verdad se expresa con toda la intensidad pulsional, saciada de placer y sufrimiento que la hace valedera y hasta la justifica.
Esta alusión a Schopenhauer, no es por cierto, gratuita: me sirve para decir o más bien acotar una serie de impresiones que con el correr de los años uno va articulando para sí mismo en ese goce cada vez más excéntrico que significa la lectura. Ya hablaremos alguna vez de qué leer en donde como dice Bloom, ya no bastan los bíblicos setenta años que, en el fondo, son una metáfora de lo que es toda una vida. No, por cierto. Se trata de otra cosa, es decir, de apuntar o apuntalar esas escrituras que en su talante extemporáneo, han abandonado cualquier pretensión de exactitud y se vuelven una grata compañía de intensa conversación. Claro que sí, una especie de charla con una serie de invitados imaginarios que parecen estar más vivos que nunca en su lesa humanidad que mucha página de pretensión interpretativa nos hace olvidar: entre tanto rizoma, sospecha, agenciamiento y otras palabras rescatadas de algún escrutinio quijotesco, vuelvo la mirada a esos libros de autores periclitados a quien nadie dudaría de caracterizarlos como amantes de las letras en su plena disposición humanista, cuando esa palabra aún significaba algo.
Tengo ante mí La tradición clásica de Gilbert Highet, Mímesis de Erich Auerbach, El alma romántica y el sueño de Albert Beguin, La soledad en la poesía española de Karl Vossler y un puñado de libros notables de aquel también notable erudito que fue Ernst Robert Curtius: Ensayos críticos sobre literatura europea, Literatura Europea y Edad Media Latina y sobre todo, uno muy breve, casi pequeño, tal vez uno de lo más personales y deliciosos libros de anécdotas, notas e impresiones que he leído de este autor: Diario de lecturas.
Lo primero que llama la atención en todos ellos es la descomunal erudición que muestran página tras página: alusiones griegas, latinas, orientales, traducciones perdidas en algún rincón del medioevo, referencia a autores que nadie recuerda, paráfrasis ingeniosas a una abultada tradición internacional de cariz continental-europeo, finas citas de los poetas más excelsos, como de los más desconocidos u olvidados. Pero no es ese listado de elementos y referencias lo que abruma. En absoluto: la prosa de estos autores es llana, plena, que van del detalle microscópico, a la generalidad más vasta y relacional con una soltura, un brío y una, a veces, ligerezza tonal que los hace llamativos al lector, dejando lejos, muy lejos el prejuicio que indica que la erudición es una carga que inhibe el pensar. En estos autores, es todo lo contrario, la erudición termina por convertirse en algo mucho más interesante: en una tradición viva. En ellos las citas, comentarios y referencias a Virgilio, Arquíloco, Boewful, Dante, Calderón de la Barca , Voltaire o Novalis son parte misma del desarrollo sensible de sus argumentos, son nervio vital de un placer para nosotros, hoy por hoy, casi recóndito, cuyas claves, al haberlas perdido, nos restan de un festín que requiere paladares exigentes. Una tradición viva que habla en tiempo presente, al menos en el presente de cada uno de estos autores.

En estos libros, nadie dudaría que lo que fundamenta su escritura es el amor. Sí, en verdad, el amor en un sentido pleno, amplio, vigoroso, lleno de ambiciones totales, saciado de un celo surgido de su propia manifestación, ensoñador en sus descubrimientos de significado y siempre pensando que el objeto de su deseo se muestra misterioso, que aunque pretendan ocupar conceptos o retóricas de pretendida objetividad, el secreto que escudriñan se escapa de entre sus manos como la pasión misma que ponen para intentar capturar el sentido que vislumbran en poemas, dramas o novelas. Una crítica amorosa, llena de plenitudes y desiertos, llena de paciencia filológica y que no teme pasar toda una vida desentrañando el vestigio de un antiguo poema anglosajón o una recóndita cita griega en un poema de algún poeta latino anónimo. Amor a la lectura, una lecture bien faite en el decir de Péguy, pariente cercano de todos ellos.
¿Qué significa eso? Pues nada más ni nada menos que en el “leer” se subentiende un compromiso a la inmediatez de la presencia que otorga un texto en cada uno de los niveles de su virtual encuentro: espiritual, intelectual, fonético, e incluso “carnal” –el texto actúa sobre nuestra sensibilidad nerviosa tal como la música-. En Vossler, Highet, Curtius, Auerbach y tantos otros, filología significa amor al Logos con toda la reminiscencia platónica y patrística que ello implica, con toda la reverencia saciada de curiosidad que eso conlleva.
Eso tal vez encierra la claridad expositiva de esa prosa erudita que nos vuelve ameno el decir de siglos. Y que nos convoca pensativos para nuestro presente ágrafo con una sonrisa melancólica, como la que vislumbramos en Virgilio cuando en su ensueño recuerda a su padre perdido.
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