jueves, 19 de julio de 2018

Por simple necesidad. De lo inútil de Julio Espinosa Guerra




Quien intente abordar o seguir la poesía chilena como una tradición coherente y continua, sin duda quedaría desconcertado al iniciar su lectura: las excepciones se constituyen en regla y el reconocimiento de “escuelas”, “movimientos”, “tendencias” o “generaciones” se vuelven conceptos que hay que manejar con sumo cuidado. Generalizar se convierte en un gesto equívoco que puede mostrar más la impericia lectora que una cierta sagacidad intuitiva. ¿Significa eso que nuestra poesía es imposible de ordenar, clasificar o al menos mapear para lograr entender su caudalosa y contradictoria aparición? Por supuesto que no y la crítica -llevada a cabo por lo general por los propios poetas- siempre ha intentado dejar en claro filiaciones, cercanías y diferencias, jerarquizando obras mayores y menores o estableciendo una constelación de diversas órbitas donde giran a contrapelo distintas maneras y formas de hacer y entender la poesía. Por otro lado, la tentación tan sugestiva de entronizar lo excepcional como marca mayor de un finalismo estético que asalta la rutinaria complacencia de las aguas institucionales de nuestro campo literario, siempre nos llevan a callejones sin salida, nos lleva a dibujar sospechosos grupos de interés y lo que, a mi juicio, es más perjudicial: el abandono de esa mínima, pero necesaria cuota de conciencia histórica que más de alguna vez se nos escapa o que dejamos para ocasión más propicia. Pregonar la genialidad de obras excepcionales para instituir un parnaso de notabilidades, deja mucho a fuera y es mucho más excluyente que cualquier teoría clasificatoria de las academias de ayer y de hoy.
En este contexto que sólo muestra lo dificultoso, pero estimulante de lo que significa leer nuestra poesía, se vuelve al menos para mí, una premisa necesaria para intentar leer lo escrito por Julio Espinosa Guerra y que esta tarde nos acompaña acá, en La Sebastiana para presentarnos su nuevo libro de poemas.
Nacido en 1974 y radicado en España desde hace ya casi 20 años, Espinosa Guerra podría ser considerado dentro de esa camada de poetas que publicaron sus primeras obras durante la década de los 90. Partícipe en diversas actividades que jalonaron esa década como bastante movida -lecturas, encuentros, presentaciones de libros, una que otra revista- no era posible intuir originalmente la raigambre severa a la que derivaría su escritura. Ciertamente, hay poetas que nacen desde sus primeros textos, de cuerpo entero: su maravillosa relación con el lenguaje hace que éste se transparente casi sin dificultad en logros formales y estilísticos casi desde el inicio mismo de su aventura. Los poetas de los 90 no fueron la excepción a eso: pasados más de 20 años desde aquellos plazos, pienso en esos primeros libros, sin duda decisivos para una escena poética que se estaba reconstituyendo luego de la dictadura y que, digan lo que digan los milenaristas y santones que vinieron después, son notables maneras de encarnar un lenguaje que se quiere diverso, problemático y sediento de memoria y experimentación. Pienso en La rosa del mundo de Javier Bello, El árbol del lenguaje en otoño de Andrés Anwandter, Señor del vértigo de David Preiss, La insidia del sol sobre las cosas de Germán Carrasco, Pájaros lágrimas de Enoc Muñoz, El árbol donde envejece la muerte de Marcelo Pellegrini, Metales Pesados de Yanko Gonzalez, El Apocalipsis de las palabras, la dicha de enmudecer de Armando Roa Vial, entre varios otros más.
Pero sin duda hay otros poetas que, como diría el viejo Rojas, “se demoraron”. Sus primeros libros fueron más bien tanteo y búsqueda, confirmación individual del oficio y laboratorio para explorar límites y proyectar necesidades. Como lectores gustamos más de sus libros posteriores, pues por un arte de paciencia, ascetismo y pelea con los demonios de la escritura, lo que vino después sin duda que responde con creces a la exigencia inicial de apostar por la poesía como labor perentoria.
Me parece que Julio Espinosa Guerra pertenece a este segundo grupo de poetas. Ciertamente antes de su partida a España a inicios del nuevo milenio, había publicado ya 2 libros Cuando la rosa n no existía y La soledad del encuentro, pero lo que creo le otorga carta de ciudadanía plena en el reino de la poesía chilena viene después, a mi juicio con sus tres últimos libros: NN de 2008 , Sintaxis Asfalto de 2010 y La casa amarilla de 2013. En todos ellos, distintos entre sí en factura, visión y densidad expresiva, se despliega algo que ha ido caracterizando la escritura de nuestro autor: una paulatina y cada vez más severa intensidad para cuestionar el lenguaje desde sus premisas formales y existenciales. Ahora bien, me explico un poco para evitar cualquier equívoco. Si bien Espinosa Guerra posee una natural afinidad amical y hasta de comprensión de lo poético que hace de lo experimental y exploratorio una de sus marcas -no en vano es amigo y cómplice de poetas tan notables en esto como el español Benito del Pliego y el chileno residente en el extranjero Andrés Fischer, por ejemplo- el modo de abordar la escritura de Espinosa Guerra, más bien es un deslinde que desde dentro de una sintaxis familiar y reconocible, nos hace meditar acerca de sus estructuras interiores, de sus fantasmas que quisieran pasar desapercibidos, evidenciando la fractura de la experiencia a la luz de una aparente normalidad expresiva. Soy categórico: la poesía de nuestro autor no se aventura en la exploración que pretende modificar el significante desde su hechura -o desde afuera-, sino que se plantea la agónica pregunta si acaso las formas heredadas del lenguaje pueden aguantar aún los cuestionamientos que el mundo en su desquicio plantea desde el interior mismo de las palabras, pero sin destruir todavía el edificio en que habitan, es decir, el poema.
Bajo esta premisa los libros de Espinosa Guerra van morosos en indagar todo aquello que conforma un fin de siglo en fuga y la apertura escéptica del nuevo milenio: la decadencia de la verdad como discurso afirmativo, los restos de memoria enraizados en una infancia anhelante, el cuestionamiento político de un pasado que pena en el presente, la oblicua facilidad que significa entender un idioma que se transforma, la hipócrita transparencia que desea borrar el conflicto entre el significado y el significante no sabiendo que en aquel gesto se nos hundiría la realidad con todos nosotros adentro…
Pues bien, este nuevo libro de Espinosa Guerra, titulado De lo inútil, plantea nuevamente todo eso, en una reiteración intensa, con lo que su escritura ha ido desarrollando en los últimos 15 años. Organizado en tres secciones - “Elogio de la piedra”/ “Cosas que hay que decir”/ “Trasluz”- este nuevo libro desea vérselas con un lenguaje que apela a diversos niveles de sentido. Será de aquel modo, que la primera sección -que a mi modesto parecer puede ser leído como un poema extenso fragmentado en 11 estancias, estrofas o partes- nos plantea en su economía -versos de no más de 12 sílabas, versos donde se asoma la elipsis de manera sugestiva, versos que no desbordan el poema más allá de una veintena, siendo que lo más concentrado intensifica breves fragmentos de no más de 3 o 4 versos-, nos plantea, digo, un cuestionamiento de la razón de ser del lenguaje mismo. Pienso, por ejemplo en el siguiente puñado de versos que por sí mismo constituye toda una unidad: “La palabra piedra/ en el hocico mojado de mi perra/ se hace pez”. Acá, una transfiguración que va desde un objeto a otro (de una palabra a una materialidad palpable) y que deja en suspenso la posibilidad del decir humano. O en otro fragmento, brevísimo, donde el cuestionamiento se traduce en conocimiento: “Te regalo una piedra/ Por favor/ entra en ella/ conoce el mundo”. Sin duda, en esta sección, la analogía del lenguaje con la piedra, establece un ámbito de significados posibles que van desde considerarlo como algo petrificado, hasta llegar a estimarlo, todavía, como cantera de eventuales experiencias.
La segunda parte del libro desde su título es aclarador: “Cosas que hay que decir”. A contrapelo de la primera parte, parece ser que acá nos encontramos con una modo perentorio de no callar o más bien, un modo perentorio de saber decir sin gestos estentóreos. Acá, el poeta amplía la escueta economía de la primera sección y vemos que aparecen coordenadas que nos llevan al universo de lo cotidiano: una caminata, un levantarse, un reflexionar acerca de las cosas que acaecen en el mundo, el recuerdo por aquellos que ya no están -los muertos del Holocausto-, en definitiva, por todos aquellos ámbitos que se prestan y son requeridos como necesarios para que no abandonemos la cabalidad de nuestra propia existencia. Por otro lado, en los poemas de esta sección no hay la pretensión de establecer una unidad rigurosa: son poemas que están entrelazados de modo deletéreo, rapsódico, pero que dejan entrever a esa cotidianidad como lo “inútil”. Una poesía que se aleja de los grandes gestos y retorno a lo breve, pequeño, común y privado. El poema titulado, justamente “Lo inútil”, bien puede fungir como una aclaratoria poética no sólo de esta sección, sino del libro entero. Enfatizo los siguientes versos: “(…) Cosas que nadie quiere,/ eso que llaman lo inútil,/ y que, alguna madrugada triste,/ algún año lejano,/ le prende fuego a nuestro corazón.” Delante de esas presencia que se han difuminado, el poeta rememora y la traída a presencia de los seres y enseres de su afecto, se convierte en herida que anima la decaída desaparición que implica la pérdida de toda experiencia.
Finalmente, la tercera parte, “Trasluz”, nos lleva como al reverso de lo planteado en las partes precedentes. No niego que es la sección que más me sedujo y esto, por la confirmación de lo que manifestaba más arriba. Acá Espinosa Guerra lleva a cabo su trabajo más preciado, sabe ponerse dentro del poema para desmontar desde su interior las pretensiones de sentido que se podrían cristalizar en la bien pensante sintaxis que nos hace creer que la comunicación es algo transparente y que siempre alude a su propio referente. Pienso por ejemplo en los siguientes versos: “(…) Puedo sentir/ mi garganta y su asfixia/ el ahorcado que soy/ sujeto de su flexible y ciega/ membradura”. Lo que me gusta de esta sección es que la puesta en sospecha de la referencialidad, no se hace o efectúa con mala conciencia, para nada, menos con un gesto crítico que nos dejaría en los labios la sensación desasosegada de impotencia o escepticismo. Más bien, me parece que acá, el poeta, apela a una eventual y aparente, muy aparente simplicidad expresiva que nos hace ver las cosas de la realidad y la experiencia misma de la realidad como algo oblicuo, como algo que está al reverso de nuestra propia percepción. En esto, pienso, por ejemplo cuando dice: “A lo lejos/ lluvia/ y un despertar pesado/ La certeza de que la muerte/ es un buen lugar/ para vivir.” Sin duda es el mundo cotidiano de la segunda sección: acá hay vasos, lentes, habitaciones, animales, objetos, pero que no son aprehendidos con una severidad fenomenológica que nos los desee mostrar tal cual son en su desnuda pureza para que nos solacemos de su aparecer en tanto cosas. Más bien creo que se trata de otra cuestión: hacernos notar, que esa mismas cosas no nos son dadas en la inmediatez y que bajo su sencilla apariencia se esconde algo más complejo, un nuevo mundo, un ángulo que no se nota a la primera, donde la concordancia entre las cosas, el lenguaje y la percepción, no son necesariamente coincidentes y mucho menos equivalentes. El siguiente breve poema en prosa me parece decidor al respecto:

Entender que el café de las mañanas no es el café de las mañanas, sino un café -nunca el mismo, ni con la misma cantidad de café, ni de leche, ni de azúcar, ni de aroma- que una mañana -ni esta, ni aquella, ni la que será- bebemos con una boca, una lengua, unas células que no son las de ayer, ni serán las de mañana

Este gesto peculiar, Espinosa Guerra, lo logra sin aspavientos, sin un lenguaje recargado, insisto, casi con la desnudez de la luz que se transmuta en palabras que se esparcen en el ritmo cotidiano: en el mirarse al espejo, en acariciar una mascota, en lavarse el pelo, en tomar una taza de café, en contemplar a la persona amada. Con este gesto, a pesar de todo lo que se nos pide a los poetas -ser críticos de la realidad, ser una especie de antropólogos o sociólogos de los hechos, compromiso político y cosas parecidas- Espinosa Guerra no rinde pleitesía a eso, pues nos manifiesta que hay que cosas que son intransables, entre otras, las cosas mismas, ¿acaso para describirlas y hacérnoslas asequibles para que creamos que podemos cogerlas y hacerlas nuestras?. Por supuesto que no, un poeta como él, en su largo camino recorrido, sabe que eso es iluso, sabe que el lenguaje es más opaco de lo que uno desearía creer. ¿Entonces, para que? Creo que, simplemente, para hacernos recordar, como sucede en la última sección de su nuevo libro que lo inútil, su gracia, su gratuidad, está en recordar que el lenguaje pertenece, a pesar de muchas cosas, a las propiedades de la magia. Y en ese sentido, todo lo que digamos, trae sus repercusiones insospechadas, pues nos hace creer en un mundo de posibilidad al que no sólo hay que constatar, sino que también imaginar y hasta intuir.

Quilpué, invierno de 2018

domingo, 17 de junio de 2018

Narciso


 



 

Mi rostro no es mi rostro
cuando palpo en la mirada
lo que esa misma mirada difumina:
la soledad que va escrita
en cada intersticio de la llamada realidad;
esa grieta que mis manos
tocan con ceguera y sin sentido
como la repetición del odio
dibujado en cada gesto,
en la imaginación del goce
cuando viene la mudez
y es la incertidumbre de aquello
que soy más allá de la sorpresa.

Mi rostro no es mi rostro
sino el beso ceniciento de una palabra vacía,
una palabra que me fue musitada
cuando ignoraba mi propia niñez,
una palabra que emerge del olvido
y que nace de la afasia,
una palabra que traiciona mis lágrimas
cuando palpo en la mirada
lo que esa misma mirada difumina:
la opacidad de la piedra, mi nombre silenciado.

viernes, 8 de junio de 2018

Educación cortesana







En sus ojos hay hierba recién cortada,
sobre su cuerpo el sol es un temblor de plata.

Un cisne su sonrisa, sus piernas un bosque secreto.

Es propensa al viento y a lecturas de Blake;
su voz es una espingarda persa
que discurre sobre mitología sin dificultad.

Disfruta de la pintura de Gustav Klimt
y juega con dalias y ceibos en jardines de fábula
mientras dibuja pasillos donde habitan sus sueños.

Su corazón limita al sur con el invierno
pues sus labios no soportan el hielo.

Es diestra en griego y sánscrito
y siente un gusto desmedido por las fresas;
no comprende los aforismos de Kafka
pero quiere ser princesa y heredar todo el reino.

Sus pechos son flautas en un diván bizantino
que se extravían con los aires de otoño.

Conoce raíces que sólo druídas poseían para la belleza,
pero una gran tristeza llega a su silencio
cuando declina la tarde.

Su presencia es un puñal de oro envenenado
que se clava en mí, despacio, lentamente.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Para llegar a Alejandro Pérez. Algunas observaciones sobre Modelo económico


 



I
El viernes 1 de diciembre del año recién pasado, se presentó en la Sala Viña del Mar de la Ciudad Jardín el libro de poemas Modelo económico de Alejandro Pérez (Valparaíso, 1954). Editado por Ediciones Altazor, la presentación, a cargo de Luis Andrés Figueroa y Marcelo Novoa, fue acompañada por algunas palabras del editor Patricio González y por la proyección de El buscador de palabras de Marcel Lecourant y Wladimir Rupcich, documental que retrata en poco más de 20 minutos las vivencias del poeta en San Pedro de Atacama, su nuevo hábitat desde hace algunos años.
Quien lea las líneas precedentes tal vez no encuentre nada distinto o diferenciador a tantos otros eventos similares donde se presentan libros o se anima la alicaída vida cultural de la provincia más allá del pretendido prestigio alternativo que ello implica. Nada nuevo o diferente a lo que nos toca ver y participar durante buena parte del año acá en la costa o allá en Santiago.
Pero desprendiéndose de aquella impresión inicial, el acto de presentación del tercer libro de Alejandro Pérez, trajo consigo una serie de cosas sobre las que vale la pena volver y reflexionar un poco más allá de la inmediatez velocísima que arrasa con todo. Hay que hacer un ejercicio de memoria para apreciar en su justo valor no sólo la publicación de Pérez -más que mal, siempre dependiente de su propia inmanencia como texto y sobre lo cual me extenderé líneas más abajo- sino el gesto que implicó para un espectador como uno, la conjunción tanto del autor, como de los presentadores y el editor en esa primaveral tarde de inicios de diciembre.
Con el correr de los años, Alejandro Pérez se ha ido convirtiendo paulatinamente en esa especie de poeta, si no mítico, sí algo apartado, nunca silencioso por supuesto, pero poseedor a su vez de una silueta entre evanescente y secreta cuya presencia se vuelve imprescindible para abordar un pasado reciente problemático y difícil, pero también rico y denso en coordenadas imaginativas y formadoras. Haciendo un esfuerzo, hay que remontarse a inicios de la década de los 80 para comenzar a calibrar todo esto con el fin de dibujar una trama aún muy esquiva y provisional. Oriundo de Valparaíso, pero con arraigos diversos en Santiago y otros sitios del país, en la segunda mitad de los 70, Alejandro Pérez es un poeta en formación que convive, colabora y participa de ese pequeño, pero fértil cenáculo de poetas y artistas que tenían a Enrique Lihn y a Rodrigo Lira como puntos de referencia ineludibles. Hoy en día que está de moda solazarse con ese seductor malditismo biográfico en torno a autores como Lira o Lihn o especular de diverso modo con el esclarecimiento biográfico de figuras como Juan Luis Martinez, el testimonio de Pérez en esos avatares y otros similares al interior de aquella década trágica y fecunda, ha quedado como eso: como testimonio que no transa con su formalización mediática y que es guardado en una memoria personal que no cae en la tentación de publicitar lo que considera aún como privado. Entre ires y venires, Alejandro Pérez retorna a Valparaíso a fines de los 70 y lleva a cabo una intensa labor como poeta y “animador cultural” -si acaso puede decirse algo así en aquella siniestra época- en medio de una juventud universitaria y poética diversa, amplia, a matacaballo entre la esperanza por tiempos mejores y la opresión dictatorial. Aquel instante de la sociabilidad poética y cultural porteña aún espera ser historiado en su compleja trama que hoy rueda, por lo menos, hacia cierta amnesia desprolija: si acaso, alguna vez, el famoso slogan “apagón cultural” tuvo sentido en las alicaídas escenas culturales nacionales, sin duda que en Valparaíso aquello sería mucho más que una frase de feliz, pero desoladora descripción: con universidades intervenidas, revistas, diarios y periódicos censurados, muchos de sus cultores artísticos y culturales exiliados y con un campo cultural muy reducido, casi en la clandestinidad, habría que esperar hasta la segunda mitad de los 70 y a principios de los 80 para que de forma silente y casi anónima, se volviera a visibilizar aquel impulso creador pre-73 que rara vez ha sido reseñado.
Ahora bien, en este contexto, a principios de los años 80, la escena poética porteña estaba reducida casi al mínimo. Varios de sus actores principales se encontraban en el exilio (Eduardo Embry, Titho Valenzuela, Luis Mizón, Juan Cameron, Sergio Badilla), sin un pronto regreso y con escasas noticias. Otros como Ennio Moltedo y Juan Luis Martínez habían comenzado, por otro lado, un largo intraexilio sin dejar de ser referentes de relevancia para cualquiera que desease aproximarse a la poesía, pero devenidos por las circunstancias, en personajes entre legendarios y anónimos, replegados del espacio público y si bien con publicaciones señeras -La nueva novela de 1977, Mi tiempo de 1980- con un eco subterráneo entre los laberintos de esa cultura alternativa que era enunciada en sordina y con riesgo. Desde otra perspectiva, si bien Ediciones Universitarias de la Universidad Católica de Valparaíso había estado desde fines de los años 70 promoviendo la colección de poesía Cruz del Sur -donde vieron la luz, entre otros, libros de Jorge Teillier, Hugo Zambelli y Patricia Tejeda-, nadie aseveraría que el mundo editorial era un aliciente. En el páramo editorial que era Valparaíso en los primeros años de la década de los 80 aún no nacían editoriales como Altazor o Trombo Azul.
Es dentro de estas coordenadas que Alejandro Pérez retorna desde Santiago y trae consigo una actitud entre irreverente y escéptica, distante de todo sentimentalismo mal asimilado a lo que debiese ser “lo poético” y que impregna conflictivamente a la joven sociabilidad de la poesía porteña. Aquella actitud, Pérez la ha aprehendido sin duda de su trato directo con Lihn y Lira, pero también de sus lecturas de Parra, Marcial y Pound. Pero nuestro poeta trae también un puñado de poemas que correrán de mano en mano durante toda la década de los 80 y que se plasmarán en ese primer libro significativo con el que cierra esa misma década: Desencanto general y que publica la mítica editorial Documentas en 1988. Estudiando de modo espasmódico en la Universidad Católica de Valparaíso -constituyendo el hábitat universitario un espacio de libertad creativa y vital a semejanza de lo que fue el Pedagógico santiaguino para Lira en los 70- Pérez se relaciona, dialoga, discute y lee con lo más granado de la juventud poética de aquellos plazos: Luis Andrés Figueroa, Marcelo Novoa, Andrés Fisher, Sergio Holas, Ignacio Vásquez, Alvaro Báez, entre varios más.
Estos son fragmentos de una crónica todavía por escribir, pues referirse al mundo poético porteño de los años 80 es, entre nosotros, menos una imagen memoriosa de un juventud aplastada entre los muros universitarios y de la represión callejera, que el símbolo recurrente de un instante capturado entre unas palabras ansiosas de libertad y la posterior disolución y desilusión concertacionista. Una crónica de la que la poesía de Alejandro Pérez tiene bastante aún que decirnos.



II
Desde Desencanto general de 1988, pasando por Expediente sumario de 1999, la poesía escrita por Alejandro Pérez ha mostrado una maestría que no cede al apuro y menos a las modas de la época. Ciertamente aquello no ha sido fácil: la lectura, comentario y apropiación inteligente de escrituras como las de Lihn, Parra, Lira y sus coetáneos ochenteros -desde Eduardo Llanos Melussa hasta Jorge Montealegre- como a su vez, el abrevar en la vasta tradición del epigrama latino vía Pound y Cardenal, como también, los guiños resplandecientes al minimalismo de William Carlos Williams, teniendo como sotto voce a Gonzalo Millán, sin duda que constituyeron más que meros hitos de un aprendizaje verbal: se levantaron con precisión demoledora ante el efluvio léxico y fantasioso de una poesía que reconstituía el espacio urbano como parte de un imaginario devastado, como por otro, reivindicaba ciertas coordenadas de subjetividad que no se plegaban tan fácilmente a la exposición descarnada de sus referentes. Como lector, me aventuro a pensar que en esa verdadera ordalía que debió ser aquel aprendizaje, la poesía de Pérez adquirió sus rasgos fundamentales, siendo ella misma sin la prisa de la publicación y haciendo de su propia reescritura el santo y seña contra toda tentación publicitaria. Esos rasgos dicen mucho con una economía envidiable: un lenguaje que busca la precisión, un lenguaje concentrado, denso en su factura de significados, pero también bastante polivalente con sus ironías y críticas culturales, sin caer en el tentador facilismo de las invenciones parrianas más llevaderas y, por ende, imitables y catastróficas. En ese sentido, siempre he imaginado que la poesía de Pérez, en aquellos plazos, tuvo entre otras significaciones, la de ser una especie de “agente de enlace” entre esa sensibilidad postparriana, por llamarla de alguna manera y que hacía de la subjetividad malherida y desencantada bajo el alero de un imaginario convulso después de un bombardeo y las exploraciones poéticas que empezaron a desarrollar durante los años 80 , en Viña y Valparaíso, poetas como Marcelo Novoa e Ignacio Vásquez, entre varios otros. Eso es difícil de calibrar hoy en día: falta leer y examinar, comparar y discutir, pero me parece que de alguna forma la poesía de Pérez en un escenario tan singular como fueron los años 80, constituyó no sólo un eslabón poético/experiencial que contribuyó a dotar de forma expresiva a ciertos ámbitos que se abrían paso en el insípido y fantasmagórico Valparaíso provinciano de los 80, sino que por sí misma, constituía un ejemplo relevante de los límites formales que había ido adquiriendo el lenguaje poético después de la tragedia del 73. En otras coordenadas, algo parecido a lo que poetas como Tomás Harris, Egor Mardones y Carlos Decap, por ejemplo, llevaban acabo casi simultáneamente desde Concepción. No es menor que la poesía de Pérez apostase por formatos breves (poemas de no más de 20 versos), con un prosaísmo a raya gracias a la ironía que descoyuntaba el ritmo y haciendo uso de aquellos recursos puestos en circulación por la poesía parriana y el desideratum lihneano que consistían, entre otros, en levantar una especie de personae grotesco en sus limitaciones humanas y políticas como a su vez, en hacer de cada poema un acto autorreflexivo acerca de sus propias posibilidades. Muchos poemas de Desencanto general, por ejemplo, están marcados por ese temple de desembozada precariedad existencial, pero escritos con un lenguaje prístino, agudo y punzante, a veces risible, pero la mayoría de las ocasiones doloroso ante el vacío que constata como ejercicio imaginario y como frontera de su propia escritura.
Aquella retórica de economía y desajuste, tan propia de muchos otros poetas de los 80, en Pérez se rearticula una y otra vez. En esta ocasión en su nuevo libro titulado magramente Modelo económico y que viene a ser su tercera publicación. Impresiona cómo acá Pérez no renuncia a su propia escritura: el poema breve, punzante y agudo, la ironía demoledora, el léxico sacado “del natural” y transfigurado como poema en el acto de desplazamiento del sentido, etc. ¿Acaso un revival de una moda? ¿el retorno del poema breve con sus tonos bromistas por más negro que sea el humor que vehicula? En este nuevo libro de Alejandro Pérez creo vislumbrar bajo el alero de las preguntas recién planteadas, al menos tres vertientes o ejes articulatorios de sentido que lo vuelven, sin duda, un libro relevante en el más que virtual “desarrollo” de su propia escritura.
En primer término, una reflexión metapoética que no se desdice de las posibilidades mismas de la enunciación, teñido todo aquello de una ironía corrosiva y expectante. Pienso por ejemplo en poemas como “Advertencia” y “Reingeniería poética” donde se vislumbra no sólo o en exclusiva un gesto de ensimismamiento respecto a las facultades expresivas del lenguaje poético -cosa de suyo obvio en esta poesía- sino también el marco referencial en donde esta reflexión puede ser dada. Es interesante cómo en el primer poema -cinco versos sintéticos- la analogía entre poema y producto no se rinde tanto a la evidencia desplegada por la teoría literaria al equiparar la escritura como materialidad, al quehacer de la poiesis de modo como lo haría notar Valery, por ejemplo. Más bien, lo que hay en Pérez es una puesta en (des)equilibrio entre producto y obra, entre un hacer y un tener, equilibrio que desmonta toda idolatría redentorista del acto poético: “Consuma este producto/ en el tiempo que estime necesario.//Lea según ritmo personal/No preste atención al código de barras// La poesía no tiene fecha de vencimiento”. Por otro lado, en el poema “Reingeniería poética”, se establece una especie de “cursus honorum” para el ejercicio del sujeto poético: su adscripción a lo “pertinente”, “a la moda necesaria”, al gesto acomodaticio de ser “poeta en estos tiempos”. De ahí que las alusiones a una sensibilidad globalizada que puede rentar del imaginario degradado del poeta como outsider, devela una mala conciencia que se plasma en relaciones permeadas por el economicismo depredador que se filtra por el lenguaje en una serie de reconvenciones que suenan hasta cómicas en el momento de la enunciación: “El poeta global cavila en su ONG de papel/ Piensa el arte agresivo y competitivo/ Se perfecciona en administración y gestión/ Actualiza su imagen corporativa con una consultora (...)”
En segundo término puede advertirse en este tercer libro de Pérez, la apropiación y regateo sombrío y juguetón de un léxico de talante económico/monetario que más que mostrar o evidenciar con una eventual subversión el deslinde de un sujeto en resistencia, sirve o más bien deja al descubierto la clausura de toda instancia de salida. En esto, el “humor” de la poesía de Pérez no se articula a base de contradicciones flagrantes del sentido lógico del discurso para, de aquella manera, sacarnos una sonrisa, sino más bien, y de un modo más aterrador, ese mismo humor constata la naturalización de hábitos lingüísticos que se han apoderado del habla y de la imaginería del lenguaje poético en toda su línea de batalla. Palabras como “monopolio”, “pobreza”, “rentabilidad”, siglas tales o cuales, “crédito”, “fortuna”, “cuenta”, “tecnología”, “tesoro”, “patrimonio”, “capitalismo” y varias más, pertenecientes todas ellas a familias semánticas muy semejantes hacen alusión directa o indirectamente al mundo y/o sensibilidad “productiva y económica” del neoliberalismo actual. Es así que estas palabras y varias otras aparecen en todos los poemas, más aún, son su fundamento, son su nervio, su sangre. Menos que un lenguaje “técnico” que pone al día un estado de cosas epocal, lo que acá se muestra, es más bien el asfixiante tono kafkiano u orwelliano que adquiere el lenguaje cuando ha sido deshumanizado y se ha vuelto una jerga desprovista de toda alusión, sacrificando su magia significante. Esto me parece singular por algo muy específico: el lenguaje poético de Pérez rehuye procesos metafóricos de envergadura y, evidentemente, la imagen en un sentido onírico como asociación arbitraria de significados. Tiene más bien la pretensión, creo, de mostrarnos las ruinas de las palabras en su desgaste cotidiano y eso a base de un cruel humor que no se desdice de sus antecedentes parrianos y que nos hace tomar cierta distancia de aquella monstruosidad. Pero para nada estamos en presencia de una reivindicación de la magia como podría entenderlo, por ejemplo un Neruda o un Huidobro. Ni siquiera, estamos en presencia de un lenguaje de batalla o de resistencia poético-histórica, como podría acontecer en cierto De Rokha o en Alcalde, por ejemplo. Aquella pérdida de la “magia” de las palabras en tanto poder evocador de transformación lírica y que acude respecto de un sujeto que aún cree o se manifiesta en torno a la “sensibilidad íntima” es un camino de desilusión, por llamarlo así, que la poesía de Pérez no sólo toma de su lectura de Parra, es también una reinterpretación del ejercicio poético que es observable en Ennio Moltedo que, viniendo desde el lirismo evocador y hasta lárico de sus primeros libros de los años 50 y 60, se adentra desde los 80 hasta el presente, en una poesía descoyuntada, prosaica, limítrofe de todo aspecto lírico y que hace del desprolijo apunte del cotidiano, no tanto una “protesta” contra el estado del mundo en su desquicio, si no más bien, una toma de pulso, casi impersonal, de un estado de situación catastrófico. En los poemas de La noche (1999) y Las cosas nuevas (2011), Moltedo lleva acabo una poesía en donde la prosa, más que un artificio retórico para auscultar la densidad de la subjetividad, es el camino que recorre ese mismo sujeto descentrado ante las heridas causadas por una modernidad destructiva. Pérez, sin duda ha leído muy bien a Moltedo -su cercanía personal, su conversación son aún un punto de registro bastante opaco para nosotros- y en ese acto, puede vislumbrarse toda una manera de entender el poema como prosaísmo, donde las diferencias genéricas se diluyen y donde la conciencia del hablante se pasma ante tanta sospecha. Esto es así, probablemente, porque el así llamado “lenguaje popular” se ha volatizado como un programa de televisión hasta tal punto que los sujetos que transitan en los poemas de Pérez no poseen una individuación esclarecedora de su propio derrumbe en tanto parias de un sistema lingüístico degradado.
En tercer término y derivado de los puntos anteriores, es posible apreciar en los poemas de Modelo económico un destello de iluminación menos lúcida que sensible: no es pura inteligencia que se asume en el desencanto, ni tampoco una fría descripción de un estado terminal de los vínculos humanos. En estos poemas es rastreable una comprensión y afecto que se enternece ante la catástrofe que implica la vida cotidiana con sus tragedias risibles y opalinas. Un gesto en la estela vallejiana de la comprensión del otro, de la infinita compasión por el destino desafortunado de ese otro. Pienso en varios poemas. Se me vienen a la mente, por ejemplo, el titulado “Y cómo les pagamos” que hace alusión a un par de viejos jubilados que padecen el deterioro vital y económico: “Los abuelos construyeron las ciudades/ sin un sólo préstamo/No pagaron intereses/Simplemente lo dieron todo/ Y fueron sabios”. Pero ese deterioro no va tanto hacia la precariedad presente de esos abuelos, sino más bien hacia una autocompasión respecto de nosotros mismos, enajenados en una ciudad que sabemos no es nuestra, pues no la construimos y apenas habitamos. En los abuelos hay un gesto de desprendimiento y gratuidad que rivaliza con el interés y el cálculo. En otro poema, titulado “Bienes”, se establece una clásica dicotomía entre el tener y el ser. Sin embargo, en su brevedad, este poema no es una diatriba moralizante desde el prejuicio de la superioridad, es más bien un aterrizada reflexión sobre esa conciencia que aún resta en el sujeto sobre lo que es realmente respecto a toda posesión: “Hay muchos -tal vez demasiados-/ bienes de consumo que no poseo/ Pero tampoco poseo/ el afán de poseer”. Por otro lado, en poemas como “Acotación al margen” o “Para ser sinceros”, el sujeto enuncia no una dejadez despersonalizada de todo intento de subversión, sino que se alza contra todo pronóstico redentorista. Como dice en el segundo poema aludido: “para el poeta, los futuros/ como que vienen a la baja”. En aquel cuestionamiento ante el advenimiento de “algo” y la concentración frente al presente, es lo que hace a esta poesía un acompañamiento de la precariedad humana y para nada una guía u orientación hacia un activismo alejado de sí mismo. Es como si cada poema de Modelo económico estuviese habitando un presente permanente, un presente cruel, es verdad, pero nuestro y calurosamente nuestro. Esta no es una poesía sólo de denuncia o de compromiso, es una poesía de escalofriante diagnóstico de un estado de cosas que se vuelven hacia nosotros mismos, pero sin consigna, sin promesa de paraísos artificiales, sólo con un adusto gesto de sonreír ante la debacle en que todos habitamos.


Quilpué, otoño de 2018



jueves, 3 de mayo de 2018

Cuaderno de naufragio. Fragmentos.





* Ser impopular nunca es fácil, aunque serlo por una buena causa es una garantía frente a la desesperación.

* A Cioran le debo varias cosas, entre ellas, tomar es sana distancia irónica respecto de la esperanza...sobre todo cuando ésta se formaliza o institucionaliza en un partido, un movimiento social o un grupo determinado, entrando en extraño concubinato con la utopía.

* A veces pienso, cuándo abandonamos la infancia, en qué instante, en qué minuto. Tal vez cuando nos dimos cuenta por primera vez que la felicidad de nuestro presente dejaría de ser algo constante y presentíamos su pérdida inminente.

* Esos escritores discretos, reservados o casi anónimos, con una obra reducida de un estilo único e insuperable, casi aristócratas del lenguaje, al leerlos es como si te hicieran partícipe de un club de caballeros muy británico, pero el triple de entretenido. Por ejemplo, José Bianco o Alejandro Rossi.

* ¿Qué significa "darle más densidad a la poesía leyendo filosofía"? Es para llorar sin acudir al viejo Aristóteles. Como si la poesía no fuera pensamiento en acto. Creo que esas muletas develan a un poeta que no sabe reconocerse en el misterio al que se debe.

* En épocas de oro, para el poeta la mejor manera de escapar es imaginar. En épocas de oropel, como la nuestra, la mejor manera de escapar es persistir.

* La promesa , para cumplirse, deviene división y, al adquirir conciencia de sí, deviene aniquilación.

* Un objetivo imposible de alcanzar, escogido por su pureza abstracta, capaz de conciliar las diferencias, superar los conflictos y fundir el género humano en una unidad metafísica, no puede cuestionarse, dado que jamás se podrá poner en práctica.

* Es increíble la facilidad con la que somos seducidos por la aparente bondad de teorías abstractas.

* Alcanzar la certeza total de las causas no significa para nada lograr aprehender el sentido. Por eso, cada día que pasa, me voy volviendo más y más escéptico de todo progresismo.

* Hoy por hoy, ser convencional es ser hostil a las convenciones.

* Ahhhh....la novela, ese eterno género irridento

* A veces me gusta imaginarme como Tayllerand o De Maistre: nacido y educado en el áncime regime, testigo a través de los años, del desmenuzamiento de lo que me ha tocado vivir. En verdad no puedo ni quiero renunciar a ser muy siglo XX.

* Sin duda que el mundo es mucho más complicado -y secreto- que nuestra pretenciosa habilidad de comprender.

* Me siguen sorprendiendo esas opiniones que dan a entender que a tal supuesto avance social corresponde casi causalmente un "avance" en lo literario. ¿Qué significa avance?,¿y lo social es lo que establece un glamoroso cenáculo autorreferente de redes sociales? Es para la risa

* Maldición de los poetas que confunden pureza con sabiduría, la forma con la vida, su deseo con los misterios del lenguaje.

* La alteración entusiasta del discurso no es sinónimo de utopía como a su vez la transparencia se puede convertir en la pesadilla que la música ha establecido gracias a lo efímero de su propio vacío.

* El éxito sin honor es el mayor de los fracasos.

* El encontrar el libro justo para el momento adecuado lo propicia el ángel de la biblioteca.

* El poema como un precario acto de restitución de un habla que ya dejamos de hablar

* El mundo no se vuelve más seguro o acogedor en la medida que avanzamos en la vida, para nada. Simplemente nos volvemos más capaces o hábiles para soportarlo.

* Todo entusiasmo es pasajero. En verdad, la realidad es el reverso del espejo.

* José Lezama Lima paso casi toda su ida en una isla, Robert Frost, casi nunca salió de Nueva Inglaterra, Fernando Pessoa y Constantino Kavafis vivieron enclaustrados en sus ciudades -Lisboa y Alejandría- ¿quien dice entonces que para escribir viajar es algo más físico que imaginario?

* A veces hay gente que se molesta o extraña conmigo por no escribir tal o cual reseña o ensayo acerca de tal o cual libro. Les digo que no es por pereza: simplemente hay textos que uno termina admirando tanto que se vuele imposible decir algo a su altura que no sea ruido inútil.

* Cuando en un artículo de actualidad, aparecen expresiones como "reeducación política" "normalización" "herramienta de control y sumisión" creo que los límites entre autoconciencia y paranoia se difuminan y empiezo a sentirme como un personaje de una novela de Pasternak o Soyelnitsin

* El fanatismo purificador esgrime sus principios de censura con el cinismo de una máscara implacable. Esa máscara lleva una sonrisa de bondad que, a cada rato, dice seductoramente al oído: "esto no es discriminatorio, al contrario es totalmente inclusivo".

* Como la catástrofe no tiene remedio, tal vez lo literario es sólo un medio de restaurar la añorada distancia frente a las ruinas del mundo moderno.

* Escuchar a Antanas Rekasius, Galina Ustvolskaya y Rodion Shchedrin hace pensar cómo era hacer música bajo la régimen soviético entre los años 50 y 90: desde el éxtasis místico, hasta el gesto irónico y desenfadado que es propio de toda desesperación.

* La sensibilidad para oír en obras literarias el eco de hombres y mujeres que vivieron un instante del tiempo y trataron de conjurar, entender o maldecir su sentido en un puñado de palabras que, para ellos, al escogerlas de esa manera se les volvieron relevantes ¿no es acaso la literatura?

* Lo trágico de los personajes de Dostoievski es que desean vivir su negación de Dios como un fanatismo religioso.

* La exclusión de la belleza como criterio artístico no significa que la autoridad de la belleza esté vaciada o en decadencia. Más bien implica advertir el declive de la creencia de que hay algo llamado "arte".

* Si juzgáramos una obra con la moralidad del autor -esa consabida frase de que obra y biografía son inseparables- pues nuestra literatura, no sé, quedaría reducida a cosas como La cabaña del Tío Tom, Pregúntale a Alicia o a esos poemas "edificantes" de los que se burlaba Ezra Pound o al novelista bienpensante que es tendencia en twitter.

* Lo más peligroso con un iluminado que cree tener una misión, es ignorarlo.

* El “yo” en la escritura es una cruel paradoja: la única palabra que no es un verbo y que tiene la pretensión de ser, simultáneamente, un estado y una acción.

* La nostalgia como saber: único conocimiento que al poeta le está permitido.

* ¿Por qué a veces uno a imaginado que lo que escribió hace un instante es perfecto? Porque conoce lo que es el fracaso.

* La sensación de miedo más horrible: cuando niño, el vértigo al caer.

* En la profundidad del insomnio, los fantasmas no aparecen como tales, a lo sumo como transeúntes que vienen desde la derrota.

* Como algunos que podrían señalar el instante en que sintieron por primera vez amor o tristeza, yo recuerdo la primera vez que sentí aburrimiento: cuando a los cinco años, para hablar, tuve que callar.

* A partir de la caída, nuestra degradación histórica se hace perceptible a través de la pérdida de ese patrimonio común y maravilloso que alguna vez fue nuestra posesión ilusoria: el lenguaje del paraíso.

* Imaginar a Joseph De Maistre como el Carl Schmitt de la Restauración me lo hace sentir muy actual

* Creo que ser pesimista implica darse cuenta que el árbol de la modernidad ha crecido torcido desde la raíz.

* Las personalidades inteligentes y brillantes, seguras de sí mismas, me abruman e intimidan. Quizás porque no son compatibles con la trivialidad que es propia del aburrimiento o la desesperación.

* No me aproblema en absoluto ser un escritor menor , en la medida que alejo de mí cualquier tipo de vulgaridad.

* La inteligencia no tiene nada que ver con la sabiduría. Porque ésta, no pide pruebas.

* Lo más cerca que he estado de una “solidaridad literaria” es haber imaginado un ensayo sobre el rencor.

* Estar en el anonimato es vivir en la felicidad. Tal vez por eso nuestros padres fueron expulsados del Paraíso.

* Por instinto no me atraen las causas destinadas al éxito. Más bien me atraen los perdedores a pesar de que su causa fuera estéril. La tragedia es preferible a la justicia.


jueves, 12 de abril de 2018

Rescate de una antigua entrevista


Hace ya más de 10 años -en 2007 para ser exactos- Ernesto Gonzalez Barnet me hizo esta entrevista que posteriormente se publicó en www.letras.s5.com. Ordenando mis archivos, la encontré y después de leerla hay cosas que ahí expreso, independiente de la verguenza no asumida, que sólo develan el tiempo transcurrido. Sin embargo, creo que vale la pena traerla a circulación por mi blog quizás como testimonio de ese mismo tiempo pasado. Hoy no respondería de igual forma o haría énfasis en otras cosas y sutuaciones. Pero aún así, creo que es un texto sobre el que vale la pena volver.

¿Cómo es tu inicio literario, a qué se debe?, ¿qué lecturas que rondaban en tu cabeza?, ¿quiénes fueron parte de esos primeros acercamientos tuyos a la poesía?

- Creo que uno nunca se propone “llegar” a la poesía, sino que simplemente ésta te acoge de la manera más sorpresiva e incluso anodina y que, sin pensarlo dos veces –en ocasiones ni siquiera pensándolo-, te encuentras extrañado de ti mismo, escribiendo de modo atarantado palabras tras palabras que nunca sospechas puedan llegar a ser “poemas” ni nada que se le parezca. En mí, la experiencia inicial que me permitió apreciar o descubrir “mundos posibles” –al decir de Goodman- fue la experiencia de escuchar música alrededor de mis doce años. Y no cualquiera –después de todo, desde nuestra más tierna infancia nos encontramos expuestos a los más diversos sonidos y voces, relativamente articulados en tanto música- sino que justamente aquella música que rotulamos de “clásica”, “seria” o “docta”  -adjetivos que siempre me han parecido risibles referidos a este “tipo” de sonidos- En aquel sentido, en mi adolescencia –digamos: entre mis 13 y 17 años- la literatura y la poesía a mayor abundamiento, no representaban significativamente la posibilidad de entrever la “parte conflictiva y oscura de la existencia” , sino que ese rol era asumido, de lleno, por el reino del sonido. De esos años, sin embargo, recuerdo algunas lecturas interesantes y emotivas, pero que de ninguna manera me hacían prever el que posteriormente terminaría escribiendo versos o prosa. Lecturas como la de “Werther”, “Egmont” y “Fausto” de Goethe, “Los discípulos en Sais” de Novalis y de variados y curiosos diccionarios –pasión culpable de un adolescente reservado y sumiso- como el Corominas, el Bompiani y una versión resumida –a manera de crestomatía- del legendario Diccionario de Autoridades, amén de lo que en un colegio durante enseñanza media te hacen leer (García Márquez, Vargas Llosa, Unamuno, etc, etc). Todo eso constituía el grueso de lo que caía en mis manos. Tendría que mencionar, estando ya en tercero medio, el descubrimiento de tres lumbreras que hasta el día de hoy me dicen algo relevante: Thomas Mann, Friedrich Nietzsche y Arthur Schopenhauer. Si a eso agregamos que en mi cabeza zumbaban acordes disímiles e intensos desde Bach a Webern, creo que entre mis 16 y 17 años, no hubiera pensado nunca que la poesía fuera “mi camino de perfección”. Mis profesores pensaban que me dedicaría a la Historia, el Derecho o la Filosofía. Y sin duda, nunca he dejado –salvo la excepción del mundo de las leyes- de sentir una viva curiosidad por el país del pensamiento y la memoria. Lo irónico de esto es que quien abrió, tal vez sin pensar, mi interés creciente por la poesía fue mi profesor de Filosofía, don Luis Mardones: una persona algo mayor –ya cincuentón en mis años de adolescencia- formado en la más rancia tradición de la Universidad de Chile pre 73 y que tenía en su horizonte de perspectivas las figuras señeras de Juan Gómez Millas, Luis Oyarzún y Félix Schwartzmann. Este profesor con quien hasta el día de hoy mantengo contacto y conversación, fue el que me prestó los libros necesarios: Rilke, Hölderlin, Novalis…y también Schopenhauer, Platón y cosa extravagante en un colegio católico en plena dictadura, noticia de esos textos “raros”, “prohibidos” como eran las revistas “Cauce”, “Análisis” y análogos. Ahí empezó a gatillarse algo y cuando le pasé reverencialmente mis primeros bosquejos de emoción juvenil, con una voz que nunca olvidaré, sentenció de un modo brusco y teutónico: “éstos son poemas”. Tal vez ahí se iniciaba el adiós al protegido mundo de la adolescencia y que se veía en la renuncia que este profesor, ahora amigo, vislumbraba como algo ineludible: el abandono por parte mía a la ascesis del pensar en pos de la “música”  invisible de las palabras. Ese año egresé del colegio y me encontré tras un verano de fértil lectura, estudiando Letras en la Católica de Valparaíso. Lo que ha venido desde ahí, ya es otra historia.

- ¿Qué es hoy para ti la poesía?
- Es difícil precisarlo en una respuesta que englobe diversidad de experiencias y maneras de entender las cosas. Cuando tenía 20 años, pensaba que poesía era sinónimo de analogía: correspondencia entre los elementos de la realidad, la efusión desbordante de una vida entregada al vértigo de descubrir el amor, el placer y el vacío y la lectura entusiasmada de autores tales como Octavio Paz, Rosamel de Valle y los surrealistas…pero ahora…¿descreimiento, escepticismo, agonía?. Sin duda nuestra manera de comprender lo que somos y pensamos se muestra variable según pasa el tiempo: evidencia que somos nosotros lo pasajero, llegando a la certidumbre que entre vivir y escribir poemas hay un conflicto, una tensión de la que nace la mayor “motivación” para persistir en esto. Pienso que hoy, la poesía significa para mí la posibilidad de plantear preguntas a mi memoria personal y a mi memoria colectiva de la cual soy parte, significa además entrever la utópica –e infantil- necesidad de oír de Dios no sólo su silencio.

 - ¿Para quién escribes?
- Parafraseando a Nietzsche: “para todos y para nadie”. Para el lector futuro diría Blake, para la inmensa minoría afirmaría Juan Ramón Jiménez, para dar presencia a mis ángeles en el decir de Rilke. Quizás para mí mismo.

- Cuando escribes ¿necesitas algo a tu alrededor. Alguna cosa, haces algo, etc?
- Cada instancia de escritura es distinta. Pero diría que me basta un lugar sereno, a veces con música, otras no y con un cuaderno, un lápiz o el computador encendido, nada más.

- ¿Cómo es tu proceso escritural?, ¿cómo trabajas hasta concretar un poema?
- No existe un “método” que sea el mismo siempre. Ha ocurrido que un poema me ha salido de una sola vez y lo guardo de inmediato en una carpeta o cuaderno y lo releo hasta varios meses después y ahí lo reescribo, lo boto a la papelera o lo dejo tal cual. En otras oportunidades efectúo varias versiones de un mismo poema (hasta 10 o 15) y dejo al tiempo que decida cuál versión es la más adecuada. Otras veces me obsesiona una palabra, un ritmo, una imagen y el resultado de eso es uno o varios poemas que releo, reescribo, junto y separo infinidad de veces. Cotejo versiones anteriores con las que escribí hace minutos y de ahí voy articulando en un proceso de lentitud, avance y retroceso lo que creo es pertinente. Pero sin duda, el grueso de lo que he escrito ha ido a la papelera. Creo ser un poeta que deja mucho a un lado y poco muestra públicamente como ya “concluido”, por ende me siento autor de una “obra” breve. Y con eso tengo más que suficiente. No me interesa el “gran libro”, ni la “obra total”. Para mi carácter y mi manera de entender la poesía, aquello me parece vano y presuntuoso. Sólo restan jirones de escritura que son a su vez testimonio de la angustia, la obsesión o el vacío…y siempre con la conciencia que lo que hago no trastornará a la poesía chilena contemporánea, ni será un hito para virtuales ensayos que rastrean la “actualidad”, la “ruptura”, lo “novedoso” y el “riesgo” que a estas alturas las pienso como verdaderas palabras fetiches en el conciliábulo crítico –a veces más un monólogo que un diálogo- que existe hoy.

-¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
- Habría que matizar la pregunta, ¿comprometido con qué y para qué? , ¿comprometido con el movimiento ambientalista?, ¿comprometido con las campañas del Hogar de Cristo para superar la pobreza?, ¿con la política cultural de un grupo, de un gobierno, de una virtual disidencia?, ¿comprometido con las jóvenes adolescentes para que se les otorgue sin prejuicio el Postinor 2?
Pienso que hoy en día la fragmentación de discursos, objetivos y propuestas para hacer valer una idea o concepto de sociedad o país es reflejo del enrarecimiento de los virtuales objetivos que se planteaban como reivindicatorios en distintos grupos –políticos, culturales, intelectuales, etc- a fines de la dictadura y que ponían mucha esperanza en la renovación democrática. Pero de eso ya van 17 años y las cosas, creo, ya no se ven bajo el mismo prisma. No soy sociólogo y mucho menos adicto a los análisis socio-políticos. Apenas balbuceo opiniones como cualquiera. En ese sentido creo que aquí se entroniza el viejo mito –y como todo mito, factible de resucitar y actualizarse del modo menos pensado en cualquier momento- de la conflictiva y fecunda relación habida entre poesía y acción, entre vida y arte, entre “subversión poética” y “revolución social y política”. Pienso que esta dialéctica sigue estando presente, pero de distinta manera en una época como la nuestra, es decir, una época administrativa de todo cuanto surge de sí misma y hasta contra ella misma. El gesto rebelde de ayer, se entroniza como moda el día de hoy y se prodigará como revival estético el día de mañana. Por eso, creo que hay que ser muy cauto a la hora de plantear una disidencia. ¿Desde dónde partir? Pues para un poeta, pienso que el punto de referencia ineludible es el lenguaje. Y no hay que parafrasear al Nietzsche de la “Genealogía de la moral”  o al Paz de “El Arco y la Lira” para percatarse de la profunda reflexión que implica un camino así. Creo que para el poeta y a mayor abundamiento, para todo aquel vinculado con la escritura, no es el compromiso que ésta adopta con respecto a algo exterior a sí misma –un objetivo social o moral- lo que hace de la poesía un instrumento de oposición y subversión, sino una determinada práctica de la propia escritura: intrincada, opaca, irónica respecto a su eventual referente, juguetona con la idea del suicidio a través del silencio, descolocadora con su temperatura expresiva de cualquier idea o concepto de “comunicación” o “inmediatez” benevolente. Más que mostrar una pasión teóricamente subversiva, mostrar la forma en que es posible o dable la pasión.

 - ¿Qué poetas, escritores, artistas, o experiencias han marcado tu cocina literaria y también la propia vida?
- Vasta pregunta que necesitaría una vasta respuesta. Intentaré algo. Podría mencionar entre los autores (tanto poetas como novelistas y ensayistas) que me son caros en un orden más o menos cronológico, según han aparecido en mi vida de lector y que siempre serán un modo más o menos lícito para legitimarse. Son los siguientes: Antonio Machado, Miguel Arteche, Rainer María Rilke, Friedrich Hölderlin, Novalis, Johann W. Goethe, Thomas Mann, Jorge Luis Borges, Miguel de Unamuno, Stefan George, Hugo von Hofmannsthal, Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Octavio Paz, Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Hermann Broch, Robert Musil, Elías Canetti, Walter Benjamin, Joseph Roth, Ernst Robert Curtius, Karl Jaspers, Martín Cerda, Luis Oyarzún, Robert Graves, José María Valverde, T.S. Eliot, Enrique Lihn, George Steiner, Rubén Darío, Pedro Prado, Luis Antonio de Villena, Pere Gimferrer, Hans Urs von Balthasar, Romano Guardini, André Gide, José Emilio Pacheco, Paul Valery, Georg Lukács, Oscar Wilde, Jorge Teillier, Robert Walser, Marcel Schwob, Theodor Adorno, Waldo Rojas, José Gorostiza, Fernando Pessoa, Dante Gabriel Rossetti, Constantino Kavafis, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, Bruno Schulz, Jules Barbey D’ Aurevilly, Kostas Axelos y Porfirio Barba Jacob…detengo ahí mi lista, pero sin duda esto representa el viejo dictum de Borges: “estoy más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito” , ¿Razonable, no es cierto?. Sin embargo, mi “cocina” literaria se encuentra incompleta si no nombrara el placer invisible que representa la música encarnada en los siguientes nombres: Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Mahler, Reger, Richard Strauss, Pfizner, Zemlinsky, Schonberg, Berg, Webern, Messien, Sibelius, Nono, Schreker, Pendereki, Hindemith, Casella, Dallapicola, Varese, Ives, Menotti, Pärt, entre varios más que incluyen a chilenos desde Domingo Santa Cruz y Alfonso Leng hasta Guarello y Alvarado. ¿Experiencias? El recuerdo de mi abuelo, los lugares remotos de la infancia con sus imágenes, sonidos y texturas, la experiencia impresionante de atravesar el canal de Chacao en medio de una fuerte lluvia, mis fallidas clases de piano a los 15, la presencia en la memoria de varios que murieron prematuramente, la voz de mi pareja y la presencia de mi primogénito: Manuel Antonio.

-¿Qué me puedes decir de la poesía de Valparaíso actual?, ¿qué autores destacas?
Valparaíso (palabra que es una metáfora de amplio vuelo, casi una experiencia y para nada un mero lugar geográfico) siempre se ha caracterizado por la diversidad y calidad de sus poetas. Eso hoy, no se ve desmentido en absoluto. Existe aquí en la zona una cantidad, variedad y calidad de autores que no tiene que envidiarle nada a Santiago –“capital de no sé qué” como diría el viejo Rojas- y que no se visibilizan a nivel nacional, porque creo que simplemente en muchos de ellos –de nosotros- no hay una ¿capacidad, convencimiento, astucia? de gestión y promoción razonablemente madurada o porque nos convence el mito que nos dice que la “capital” está muy cerca. En ese sentido, por ejemplo, es ridículo y risible que salvo Ediciones Altazor y algunos esfuerzos espasmódicos y personales, no existan editoriales con una red de distribución y una labor permanente. Así de simple. Salvo algunos intentos aislados como han sido Tambor, Valpoesía y ahora último Antítesis y en cierto sentido Ciudad invisible, no hay revistas que den cuenta de modo crítico, ensayístico y creativo la magnitud de lo que está ocurriendo en materia poética en la zona. Aquí no hay crítica literaria en diarios y periódicos –salvo el razonado y semanal esfuerzo de Luis Riffo-. Siendo capital cultural de la nación, en Valparaíso las librerías se cuentan con los dedos de una mano –y aún sobran dedos-, no hay tiendas donde encontrar música (jazz, clásica, experimental), el apoyo estatal y universitario para el poeta –sea cual sea su edad o tendencia- depende más de una gestión personal de quienes ocupan puestos claves en la administración que de políticas claras y efectivas, etc. Y sin embargo, la poesía por acá florece en nombres, tendencias, intentos y logros. Aunque siempre existen poetas –de todas las edades- que recaerán en el Valparaíso pasatista de los ascensores y la nostalgia de una bohemia devenida hoy por hoy un kitsh para turistas y santiaguinos desaforados, pienso que las búsquedas expresivas, el diálogo con la tradición(es) poética nacional y universal es vasta, compleja y gratificantemente conflictiva. Varios de nosotros seguimos con curiosidad y humor no sólo las querellas provincianas que acontecen en Santiago, sino que también la interesante labor que ocurre en Valdivia, en San Felipe, en Buenos Aires y hasta en Europa y Estados Unidos. Amigos y contactos no faltan e Internet es un gran aliado. Una vez bromeando con mi amigo, el poeta y ensayista, Marcelo Pellegrini, manifesté que aquí en Valparaíso era la única forma de sentirse “buenos europeos” como el mejor Nietzsche o Steiner. Esa es tal vez la mayor virtud de un puerto: la salida y la entrada de diversas discursividades que no te permite quedar pegado de modo acrítico en “modas” realmente pasajeras. Si se tratara de nombres, para mí como lector, pienso en tres poetas que son fundamentales para entender la poesía nuestra a nivel nacional y que tarde o temprano harán pesar todo su peso específico como obra cuando se disipen los humos del olvido y la soberbia: me refiero a Ennio Moltedo, Rubén Jacob y Renán Ponce, referentes tanto en obra como en conducta para muchos de nosotros y que sin duda perdurarán. Pero también es posible mencionar a varios congéneres con los cuales tengo trato diverso y que considero, al menos interesantes: Luis Andrés Figueroa, Marcelo Novoa, Pablo Araya, Sergio Madrid, Alejandro Pérez, Ximena Rivera, Eduardo Correa, Catalina Lafert, etc. Otra cosa son mis estrictos contemporáneos por edad a quienes prefiero referirme en la pregunta siguiente. Por último, existe hoy por hoy, una generación de recambio de poetas jóvenes y hasta jovencísimos que me parecen mostrar esa diversidad que te mencionaba: Gonzalo Gálvez, Karen Toro, Antonio Rioseco, Daniela Giambruno, Raimundo Nenén, Rodrigo Arroyo, Marcela Parra, Francisco Vergara, Alberto Cecereu, etc.

- ¿Cuál es tu relación con los poetas de tu promoción?
- Según los pretendidos ordenamientos que podemos advertir en algunos poetas dados a críticos y de críticos que gracias Dios no son poetas –al menos en público- pertenecería a la llamada generación de los 90. En parte puede ser verdad, en parte puede ser mero gesto acomodaticio. En todo caso, durante los 90, participé en varias actividades que podrían ser consideradas como “características” de ese peculiar momento histórico: lecturas, encuentros, congresos, presentaciones de libros y la tan traída y llevada charla en distintos rincones de Santiago. Hasta el día de hoy, el diálogo con varios de mis congéneres generacionales por decirlo así, se mantiene relativamente fluido. Mis vinculaciones y en algunos casos, la amistad, no ha decaído. Admiro y leo a Javier Bello, Andrés Anwandter, David Preiss, Armando Roa, Julio Carrasco, Alejandra del Río, Cristián Gómez, Antonia Torres y a varios más. Eso, de todas formas es una cosa y  tiene que ver mucho con la biografía. Otra cosa muy distinta es “teorizar” sobre un posible ordenamiento administrativo-académico-publicitario que emplea términos como “generación”, “escena”, “promoción”  y otros análogos, usando de sustento reflexivo matrices de la más variada índole (desde Ortega y Gasset, pasando por Goic, hasta Bourdieu y Lipovetsky) y ver hasta dónde “uno va ahí”. Eso último me parece como diría mi querido Alvaro Bisama “divertido” y, a mayor abundamiento, risible y causante de equívocos muy poco gratos en la conducta de poetas viejos, jóvenes y no tan jóvenes. Como lo ha pretendido mostrar Marcelo Pellegrini en sus ensayos de Confróntese con la sospecha, la manufactura de rótulos de ordenación entre los poetas de las últimas décadas es, al menos, sospechosa, manejándose tales términos con una soltura de poca seriedad que llega a dar pena, que no rabia o frustración. Como botón de muestra, por ejemplo, a mediados de los 90 en la zona de Valparaíso empleó Juan Cameron en un afán, legítimo por cierto, de entender la diversidad  de maneras y formas que aparecían en aquella escena, una terminología muy poco feliz (“poetas rockeros”, “poetas cultos”, entre las más fascinantes de una virtual “zoología fantástica”) que, más allá de lo anecdótico, muestra el torpe atolladero de tratar, sin rigor alguno, de “clasificar” lo que surge sin premeditación aparente y siempre con un anhelo, muy humano por lo demás, de administrar un espacio de fluidez, rehuyente a cualquier categorización a priori. Eso por un lado, el “contexto” de mis relaciones de promoción, ¿quién piensa eso con aquel tipo de palabras? Tendría que evocar vivencias donde el mundo universitario era sólo pretexto y donde el comentario inteligente, la lectura aguda y el intercambio de libros y datos de tal o cual autor, configuraba una experiencia a estas alturas, feliz: veo ahí a Marcelo Pellegrini y sus ciclópeos hábitos de lectura y su pasión por Pink Floyd como uno solo. También vislumbro la reserva y agudeza de Enoc Muñoz donde Edmond Jabes y las primeras lecturas de Levinas eran pan de conversación entre clase y clase. Evoco asimismo a Gonzalo Rojas Castro, lúcido y buena gente, con un sentido del humor a toda prueba, ahíto de Lihn y de su gran homónimo. Y pensar que han pasado sólo 12 años desde aquello…qué deprimente, ¿no? Con ellos hablábamos como sólo los poetas jóvenes saben hacerlo y buscando leer la poesía chilena con pasión y quizás rigor: en ese sentido las lecturas que entre 1992 y 1996 Gonzalo Rojas efectuó, bajo distintos pretextos en distintos lugares de Valparaíso, fueron no sólo actos de despliegue de un ego como el del autor de “La miseria del hombre”, significó también hallar puntos de encuentro para el intercambio, el aprendizaje y la lectura. El tiempo nos dispersó de la más diversa manera. Pero a través de los años, han surgido voces poéticas con las cuales es posible el diálogo sereno, crítico y, por qué no, cimentado en la amistad: viene a mi mente la presencia de Eduardo Jeria y su afán de transparencia verbal, Gonzalo Gálvez con una honestidad humana y poética a toda prueba y lector como pocos de esa intensa tradición que va de Hölderlin y Novalis a Rilke y Celan; Jorge Polanco y su cuidado con el lenguaje que desemboca en la paradoja de hacer el intento de decir desde el silencio; Rodrigo Arroyo y su sano escepticismo postmoderno ante los constructos demasiado evidentes que yo mismo suelo inventar para ejercitar la lectura. Ellos son mis contemporáneos directos a quienes puedo llamar por teléfono a casi cualquier hora del día y no sentir remordimiento por eso.

- ¿Cómo ves la poesía actual chilena?
- Pregunta enlazada con la anterior. Aquí, sin embargo, pretendo hablar como espectador y no como mero participante. Sólo diría una cosa: bien, a la poesía chilena actual la veo bien, opinión que matizo del siguiente modo: sin duda que desde los albores del siglo XX, la poesía chilena ha producido poemas y poéticas de envergadura que hay que entenderlas en el concierto mayor de la poesía del idioma que no de las fronteras físicas y geopolíticas. Eso creo que es de consenso crítico a estas alturas. Pero para mí como lector –y desde la dictadura al menos- la carencia de un referente crítico de rigor, salvo excepciones notables, que se configure como correlato necesario, no de orientación ni de tareas administrativas, sino como complemento en “prosa” –una especie de autoconciencia a la productividad poética propiamente tal-, se encuentra a mi parecer ausente y de ello surge a mi modesto entender, la posibilidad de la “extrañeza” entre las propias discursividades poéticas que se articulan hoy por hoy: existe el riesgo de sobredimensionar tal o cual propuesta, no por la negación de sus cualidades intrínsecas, sino por la ceguera de no leerlas en diálogo con propuestas anteriores y contemporáneas, como a su vez, está el riesgo real de olvidar tal o cual proyecto en la medida que no obedece a lo que pasa por hoy como políticamente correcto, como asimismo, “pasar de largo” tanto frente a propuestas devenidas poco visibles, pero no menos importantes, como también ante proyectos o discursividades que el eventual “canon” ha olvidado o relegado. Y si agrego que el ejercicio de escribir poemas es el más efímero que hay en el mundo, la fragilidad del “estado de cosas” de la poesía chilena no es menor. Y no me refiero en exclusiva con la palabra “fragilidad” a una más que virtual “institucionalización” que debe ser sanamente criticada y que se encuentra llevada a cabo por diversas redes de la índole que sea (Fundación Neruda, Consejo del Libro, Universidades privadas, etc) sino más bien, me refiero que esa ausencia de “discurso secundario” –que a falta de críticos informados, deberían asumirlo los poetas mismos- hace que en la triste noche de este Chile “pro-bicentenario”  todos los gatos sean pardos, es decir una virtual nivelación donde todo da lo mismo y en que instancias de poder se regodean con cuatro o cinco nombres, que no obras.

- ¿Qué opinión te merecen los talleres literarios, sobre todo, teniendo en cuenta tu experiencia como monitor del Taller de Poesía del centro Cultural La Sebastiana?
- Son necesarios, en la medida que acercan a distintos jóvenes sin formación literaria alguna a una idea o concepto de poesía y literatura socialmente aceptada a la cual, ojalá, si persisten, puedan revertir, criticar y replantear. En cuanto espacio de experimentación para desglosar en mentes aún no maduras una poética (a veces la del propio monitor), a través de una escenificación iconoclasta sin fundamento, me parecen irresponsables e irrelevantes. Un taller debería ser en mi anticuada opinión un lugar de aprendizaje. Pero una anécdota ejemplifica esto mejor que mis palabras: Adorno relata en uno de sus ensayos que un joven bastante capacitado para la tarea de la composición musical, llegó a la célebre clase de Schönberg pidiéndole encarecidamente que le enseñase la técnica dodecafónica que el autor del Pierrot Lunaire esbozó y decantó por décadas, convirtiéndola en el sumun de la vanguardia musical. La respuesta de Schonberg fue tajante: no me hable de eso y antes que nada tráigame para la próxima sesión 15 copias de tal canon de Bach. Soy de los que creen que por ahí va la cosa en lo que respecta a talleres.
En cuanto a mi experiencia con el Taller de Poesía que la Fundación Neruda mantiene en La Sebastiana, afortunadamente no es la única. Me explico: la manera en que se ha implementado con los años una metodología de trabajo que requiere a mi modo de ver, renunciar a mostrarse como poeta ante un puñado de jóvenes con mucho menor experiencia literaria –hay unas cuántas excepciones- es algo que requiere voluntad y tal vez hasta ascesis. Creo que si no hubiese vivido otro tipo de experiencias como tallerista y monitor en otros sitios y hacia otros públicos –adultos mayores, niños, estudiantes de colegio, profesionales varios, etc- habría cometido más errores de los que hoy acepto como vergonzosamente realizados en la difícil tarea de orientar, conversar y criticar a personas que apuestan con intensidad por su personalísima escritura. Esto para decir que el Taller de Poesía que funciona en La Sebastiana, es al menos para mí, un desafío constante, un llamado permanente para ejercitar la humildad, teniendo en mente que lo que hay que fomentar en esa decena de jóvenes es la lectura, el espíritu autocrítico y sobre todo, el intento para que aprehendan su propia manera de articular su sensibilidad y las palabras que han invocado para ello. En ese sentido, no hay ningún poema “malo” a priori para uno como lector. La tarea sería otra: que el propio tallerista descubriese los mecanismos y las instancias que le llevaron a dar solución lingüística de tal o cual modo a lo que quiso decir y si esas “soluciones” son necesarias o no para que el poema tenga valor, sentido o se ajuste del mejor modo posible al mundo interior que parece haberlo provocado. De más está decir que el que ha aprendido con creces de decenas de jóvenes en casi 10 años he sido yo.

- ¿De tu obra si tuviese que elegir un poema o fragmento, cuál?
- Ninguno. Si es por solazarme, me gustaría hacerlo con algunas páginas de Schopenhauer, unos versos de Anguita, Paz y Rilke, como con la música de Mahler o Berg. Con eso basta y ya es mucho.

- ¿Qué libros no has podido nunca terminar de leer?
- Varios, entre ellos –y sé que esto le causará gracia a mi amigo Cristian Miranda- “Esencia y formas de la simpatía” de Max Scheler; los cuatro volúmenes de “El hombre sin atributos” de Robert Musil –siempre llego a inicios del tercer tomo-; el hermoso, pero fatigante ensayo de José María Valverde sobre Azorín; el “Ulises” de Joyce, TODAS las novelas de José Donoso –a menos que me las pidan para un examen o algo así-; varias decenas de páginas de los seminarios de Lacan – que me perdonen varios amigos y conocidos: pero eso no es para pensar y decirlo en castizo castellano-; “Zurzulita” de Mariano Latorre, “Raza de bronce” de Alcides Arguedas –y mi buen Marcelo Pellegrini con una sonrisa en los labios sabrá a lo que me refiero- y las páginas críticas de Raúl Silva Castro.

-¿Cuál es para ti el gran libro olvidado de la poesía chilena?
- Creo que hay varios, pero entre esos: “No más que una rosa” de Pedro Prado.

-¿Cuál fue el último libro de poesía chilena que leíste?
- Libro de poemas de un tirón: “Jardín japonés” de Eduardo Jeria y “El sol entre dos islas” de Marcelo Pellegrini. Poemas aislados, bueno: varios de Novalis y Hölderlin por grises motivos docentes; otros más de Pedro Prado y Gabriela Mistral por los mismos latosos motivos y por mero gusto y gratuidad una plácida relectura del “Cementerio marino” de Valery.

- ¿Qué libro estás leyendo ahora?
- “Café Invierno: conversaciones con Ennio Moltedo” de Luis Andrés Figueroa, libro necesario para conocer el mundo imaginativo y vital de uno de los más relevantes poetas chilenos de los últimos 50 años. Además de eso “Parte de la oración y otros poemas” de Joseph Brodsky

-¿Cómo ves hoy por hoy, la industria editorial?, ¿Cómo autor qué soluciones le darías a este problema?
- Primero que nada: reconocer que en esto de la “industria editorial”, la poesía, por principio, tiene poco que ver. Ni siquiera nuestros autores más señeros, salvo quizás Neruda y probablemente dentro de poco, la Mistral, han tenido un lugar privilegiado en ningún ranking de “libros más vendidos” o sus obras se han promocionado con sendos afiches en cuanta librería hay o los medios se han visto en la obligación de comentarlos porque es de buena crianza, están “inn” o por mera mediocridad. Para nada.
Segundo: que el esfuerzo de editoriales “independientes” (RIL, LOM, Calabaza del diablo, Del Temple, Bauvedráis, Altazor, Mago y otras), si es que no cambia la política económica hacia el libro y las instancias que lo prohijan, seguirá siendo eso: un esfuerzo con todo el calvario que ya conocemos.
¿Soluciones? Si las supiera estaría de asesor de nuestra ministra de cultura.
No sé, tal vez reconocer por parte del estado y su aparato público de un tirón y sin complicaciones mentales o emocionales –tal vez ya se ha hecho y no me he enterado- que los grandes consorcios editoriales son lisa y llanamente empresas con todo lo que eso significa y que ofrecen productos a un consumidor. Y de ahí, reconocer que estas editoriales pequeñas y “hechas a mano” poseen el status de “micro-empresas” y que necesitan todo el apoyo técnico y financiero que el Estado, teóricamente, otorga como el apoyo que la Sra Juanita tiene para montar una tienda de ropa o don Pedro posee para exportar peras. Es quizás risible, pero todo desemboca en algo a mi ignorante parecer, muy sencillo: apoyo estatal. ¿Que acaso eso ya no existe? Tal vez sí, con la diferencia que debería ser una política constante y sin concurso, no sé: ¿cuánto podría otorgar el Estado a estas editoriales pequeñas en materias primas, por ejemplo, sólo en papel? , ¿o articulando una red de distribución nacional?.
En un país de fantasía yo sacaría el IVA al libro, inventaría una editorial nacional cuyo consejo editor fuera rotativo por razones obvias, incentivaría a otras instituciones a otorgar becas de creación y de edición (Fundación Neruda, Instituto de Chile, Universidades públicas y privadas, el propio ministerio de cultura, Gobiernos regionales, Colegios Profesionales, qué se yo), pero con el fin que la administración y el reparto de recursos del libro y para el libro no fuese instancia monopólica de una sola institucionalidad como es hoy por hoy el Consejo del Libro. Bueno, después de todo, no cuesta nada soñar.

-¿Qué piensas de los premios literarios?
- Para algunos pueden ser una sana vía de ganar algo de dinero frente a la precariedad laboral a la que siempre se expone un poeta. Simbólicamente creo que hay premios que representan el “estado de cosas” de algunos sectores de la poesía chilena con los que no necesariamente puedo estar de acuerdo. Y por último, no son ni legitimadores, ni consagratorios para nadie. Sólo los que piensan los premios como triste manera de visibilidad –y los tontos que les creen a esos poetas sin haberlos siquiera leído- en pos de pasar a la inmortalidad en nuestra pequeña y melodramática sociabilidad literaria, pueden creer que son el “non plus ultra” de lo que es o sería la poesía.

-¿Quién te gustaría que recibiera el premio Nacional de Literatura?
Hay varios autores que se lo merecen o merecerán: entre los que hoy debiesen obtenerlo sin mayor cuestionamiento, está, para mí, Efraín Barquero.

- ¿Qué te parece este Chile ad portas del Bicentenario?, ¿su política cultural para con la poesía?
Que la “política cultural” de nuestro país, no es ni “política”, ni “cultural”  y que ante las puertas del Bicentenario más vale pensar con la cabeza fría que no con el entusiasmo: que yo recuerde ninguna prefiguración de fechas o años celebratorios han sido sinónimos de utopía o emancipación. Y no creo que ésta sea la excepción.

- ¿Cuáles son los 10 libros que recomiendas leer?
- Menuda tarea que te obliga a publicitar una de las cosas que más amas. En fin y haciendo la salvedad que todo listado es inocuo, acá va el mío:
1.- Una buena antología que contenga poemas de los poetas clásicos del castellano del Siglo de Oro: Garcilaso, Góngora, Herrera, fray Luis, Quevedo, conde de Salinas, Gil Vicente, Aldana, Fernando de Torre, Villamediana, etc
2.- Un volumen con una selección de relatos y/o novelas cortas de Cervantes, Sterne, Fenelon y páginas escogidas de Richardson, Alfieri, Quincy, Hazlitt y Leopardi
3.- “El mundo como voluntad y representación” junto a un añadido selecto de “Parerga y Paralipomena” de A. Schopenhauer
4.- todo Hölderlin
5.- “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch
6.-“La palabra quebrada” de Martín Cerda
7.-“Los cuatro cuartetos” de T.S. Eliot
8.-“Diario” de André Gide
9.- “El arco y la lira” de Octavio Paz
10.- “Poesía entera” de Eduardo Anguita


- ¿Qué opinas de las nuevas formas de difusión literaria por Internet como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura?
- En un desierto de palabra escrita, valdría preguntarse: Internet, ¿por qué no?

- ¿Qué cosa te quita últimamente el sueño?
- Literalmente mi hijo recién nacido, Manuel Antonio

- ¿Qué te escandaliza?
- No tanto que todo siga igual (injusticia, derroche, inmoralidad sin cuento), sino que sea de tal magnitud nuestra indiferencia o que seamos tan pusilánimes que nos convenzamos que el mundo así ha sido y así debe ser.


-Me gustaría que a ti mismo te hicieses una pregunta –que nadie más te ha hecho- y te la respondieras

P: “¿Podría ud vivir sin escribir poemas o leer algún libro?”
R: Sí, claro
P: “¿Y sin música?”
R: ¿por dónde está la puerta de salida por favor?


-¿A qué le tienes miedo?
- A perder la memoria de lo que he sido y soy, de lo que he leído y leeré, de lo que viví y sentí en mi infancia, de la gente que amo.