jueves, 12 de abril de 2018

Rescate de una antigua entrevista


Hace ya más de 10 años -en 2007 para ser exactos- Ernesto Gonzalez Barnet me hizo esta entrevista que posteriormente se publicó en www.letras.s5.com. Ordenando mis archivos, la encontré y después de leerla hay cosas que ahí expreso, independiente de la verguenza no asumida, que sólo develan el tiempo transcurrido. Sin embargo, creo que vale la pena traerla a circulación por mi blog quizás como testimonio de ese mismo tiempo pasado. Hoy no respondería de igual forma o haría énfasis en otras cosas y sutuaciones. Pero aún así, creo que es un texto sobre el que vale la pena volver.

¿Cómo es tu inicio literario, a qué se debe?, ¿qué lecturas que rondaban en tu cabeza?, ¿quiénes fueron parte de esos primeros acercamientos tuyos a la poesía?

- Creo que uno nunca se propone “llegar” a la poesía, sino que simplemente ésta te acoge de la manera más sorpresiva e incluso anodina y que, sin pensarlo dos veces –en ocasiones ni siquiera pensándolo-, te encuentras extrañado de ti mismo, escribiendo de modo atarantado palabras tras palabras que nunca sospechas puedan llegar a ser “poemas” ni nada que se le parezca. En mí, la experiencia inicial que me permitió apreciar o descubrir “mundos posibles” –al decir de Goodman- fue la experiencia de escuchar música alrededor de mis doce años. Y no cualquiera –después de todo, desde nuestra más tierna infancia nos encontramos expuestos a los más diversos sonidos y voces, relativamente articulados en tanto música- sino que justamente aquella música que rotulamos de “clásica”, “seria” o “docta”  -adjetivos que siempre me han parecido risibles referidos a este “tipo” de sonidos- En aquel sentido, en mi adolescencia –digamos: entre mis 13 y 17 años- la literatura y la poesía a mayor abundamiento, no representaban significativamente la posibilidad de entrever la “parte conflictiva y oscura de la existencia” , sino que ese rol era asumido, de lleno, por el reino del sonido. De esos años, sin embargo, recuerdo algunas lecturas interesantes y emotivas, pero que de ninguna manera me hacían prever el que posteriormente terminaría escribiendo versos o prosa. Lecturas como la de “Werther”, “Egmont” y “Fausto” de Goethe, “Los discípulos en Sais” de Novalis y de variados y curiosos diccionarios –pasión culpable de un adolescente reservado y sumiso- como el Corominas, el Bompiani y una versión resumida –a manera de crestomatía- del legendario Diccionario de Autoridades, amén de lo que en un colegio durante enseñanza media te hacen leer (García Márquez, Vargas Llosa, Unamuno, etc, etc). Todo eso constituía el grueso de lo que caía en mis manos. Tendría que mencionar, estando ya en tercero medio, el descubrimiento de tres lumbreras que hasta el día de hoy me dicen algo relevante: Thomas Mann, Friedrich Nietzsche y Arthur Schopenhauer. Si a eso agregamos que en mi cabeza zumbaban acordes disímiles e intensos desde Bach a Webern, creo que entre mis 16 y 17 años, no hubiera pensado nunca que la poesía fuera “mi camino de perfección”. Mis profesores pensaban que me dedicaría a la Historia, el Derecho o la Filosofía. Y sin duda, nunca he dejado –salvo la excepción del mundo de las leyes- de sentir una viva curiosidad por el país del pensamiento y la memoria. Lo irónico de esto es que quien abrió, tal vez sin pensar, mi interés creciente por la poesía fue mi profesor de Filosofía, don Luis Mardones: una persona algo mayor –ya cincuentón en mis años de adolescencia- formado en la más rancia tradición de la Universidad de Chile pre 73 y que tenía en su horizonte de perspectivas las figuras señeras de Juan Gómez Millas, Luis Oyarzún y Félix Schwartzmann. Este profesor con quien hasta el día de hoy mantengo contacto y conversación, fue el que me prestó los libros necesarios: Rilke, Hölderlin, Novalis…y también Schopenhauer, Platón y cosa extravagante en un colegio católico en plena dictadura, noticia de esos textos “raros”, “prohibidos” como eran las revistas “Cauce”, “Análisis” y análogos. Ahí empezó a gatillarse algo y cuando le pasé reverencialmente mis primeros bosquejos de emoción juvenil, con una voz que nunca olvidaré, sentenció de un modo brusco y teutónico: “éstos son poemas”. Tal vez ahí se iniciaba el adiós al protegido mundo de la adolescencia y que se veía en la renuncia que este profesor, ahora amigo, vislumbraba como algo ineludible: el abandono por parte mía a la ascesis del pensar en pos de la “música”  invisible de las palabras. Ese año egresé del colegio y me encontré tras un verano de fértil lectura, estudiando Letras en la Católica de Valparaíso. Lo que ha venido desde ahí, ya es otra historia.

- ¿Qué es hoy para ti la poesía?
- Es difícil precisarlo en una respuesta que englobe diversidad de experiencias y maneras de entender las cosas. Cuando tenía 20 años, pensaba que poesía era sinónimo de analogía: correspondencia entre los elementos de la realidad, la efusión desbordante de una vida entregada al vértigo de descubrir el amor, el placer y el vacío y la lectura entusiasmada de autores tales como Octavio Paz, Rosamel de Valle y los surrealistas…pero ahora…¿descreimiento, escepticismo, agonía?. Sin duda nuestra manera de comprender lo que somos y pensamos se muestra variable según pasa el tiempo: evidencia que somos nosotros lo pasajero, llegando a la certidumbre que entre vivir y escribir poemas hay un conflicto, una tensión de la que nace la mayor “motivación” para persistir en esto. Pienso que hoy, la poesía significa para mí la posibilidad de plantear preguntas a mi memoria personal y a mi memoria colectiva de la cual soy parte, significa además entrever la utópica –e infantil- necesidad de oír de Dios no sólo su silencio.

 - ¿Para quién escribes?
- Parafraseando a Nietzsche: “para todos y para nadie”. Para el lector futuro diría Blake, para la inmensa minoría afirmaría Juan Ramón Jiménez, para dar presencia a mis ángeles en el decir de Rilke. Quizás para mí mismo.

- Cuando escribes ¿necesitas algo a tu alrededor. Alguna cosa, haces algo, etc?
- Cada instancia de escritura es distinta. Pero diría que me basta un lugar sereno, a veces con música, otras no y con un cuaderno, un lápiz o el computador encendido, nada más.

- ¿Cómo es tu proceso escritural?, ¿cómo trabajas hasta concretar un poema?
- No existe un “método” que sea el mismo siempre. Ha ocurrido que un poema me ha salido de una sola vez y lo guardo de inmediato en una carpeta o cuaderno y lo releo hasta varios meses después y ahí lo reescribo, lo boto a la papelera o lo dejo tal cual. En otras oportunidades efectúo varias versiones de un mismo poema (hasta 10 o 15) y dejo al tiempo que decida cuál versión es la más adecuada. Otras veces me obsesiona una palabra, un ritmo, una imagen y el resultado de eso es uno o varios poemas que releo, reescribo, junto y separo infinidad de veces. Cotejo versiones anteriores con las que escribí hace minutos y de ahí voy articulando en un proceso de lentitud, avance y retroceso lo que creo es pertinente. Pero sin duda, el grueso de lo que he escrito ha ido a la papelera. Creo ser un poeta que deja mucho a un lado y poco muestra públicamente como ya “concluido”, por ende me siento autor de una “obra” breve. Y con eso tengo más que suficiente. No me interesa el “gran libro”, ni la “obra total”. Para mi carácter y mi manera de entender la poesía, aquello me parece vano y presuntuoso. Sólo restan jirones de escritura que son a su vez testimonio de la angustia, la obsesión o el vacío…y siempre con la conciencia que lo que hago no trastornará a la poesía chilena contemporánea, ni será un hito para virtuales ensayos que rastrean la “actualidad”, la “ruptura”, lo “novedoso” y el “riesgo” que a estas alturas las pienso como verdaderas palabras fetiches en el conciliábulo crítico –a veces más un monólogo que un diálogo- que existe hoy.

-¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
- Habría que matizar la pregunta, ¿comprometido con qué y para qué? , ¿comprometido con el movimiento ambientalista?, ¿comprometido con las campañas del Hogar de Cristo para superar la pobreza?, ¿con la política cultural de un grupo, de un gobierno, de una virtual disidencia?, ¿comprometido con las jóvenes adolescentes para que se les otorgue sin prejuicio el Postinor 2?
Pienso que hoy en día la fragmentación de discursos, objetivos y propuestas para hacer valer una idea o concepto de sociedad o país es reflejo del enrarecimiento de los virtuales objetivos que se planteaban como reivindicatorios en distintos grupos –políticos, culturales, intelectuales, etc- a fines de la dictadura y que ponían mucha esperanza en la renovación democrática. Pero de eso ya van 17 años y las cosas, creo, ya no se ven bajo el mismo prisma. No soy sociólogo y mucho menos adicto a los análisis socio-políticos. Apenas balbuceo opiniones como cualquiera. En ese sentido creo que aquí se entroniza el viejo mito –y como todo mito, factible de resucitar y actualizarse del modo menos pensado en cualquier momento- de la conflictiva y fecunda relación habida entre poesía y acción, entre vida y arte, entre “subversión poética” y “revolución social y política”. Pienso que esta dialéctica sigue estando presente, pero de distinta manera en una época como la nuestra, es decir, una época administrativa de todo cuanto surge de sí misma y hasta contra ella misma. El gesto rebelde de ayer, se entroniza como moda el día de hoy y se prodigará como revival estético el día de mañana. Por eso, creo que hay que ser muy cauto a la hora de plantear una disidencia. ¿Desde dónde partir? Pues para un poeta, pienso que el punto de referencia ineludible es el lenguaje. Y no hay que parafrasear al Nietzsche de la “Genealogía de la moral”  o al Paz de “El Arco y la Lira” para percatarse de la profunda reflexión que implica un camino así. Creo que para el poeta y a mayor abundamiento, para todo aquel vinculado con la escritura, no es el compromiso que ésta adopta con respecto a algo exterior a sí misma –un objetivo social o moral- lo que hace de la poesía un instrumento de oposición y subversión, sino una determinada práctica de la propia escritura: intrincada, opaca, irónica respecto a su eventual referente, juguetona con la idea del suicidio a través del silencio, descolocadora con su temperatura expresiva de cualquier idea o concepto de “comunicación” o “inmediatez” benevolente. Más que mostrar una pasión teóricamente subversiva, mostrar la forma en que es posible o dable la pasión.

 - ¿Qué poetas, escritores, artistas, o experiencias han marcado tu cocina literaria y también la propia vida?
- Vasta pregunta que necesitaría una vasta respuesta. Intentaré algo. Podría mencionar entre los autores (tanto poetas como novelistas y ensayistas) que me son caros en un orden más o menos cronológico, según han aparecido en mi vida de lector y que siempre serán un modo más o menos lícito para legitimarse. Son los siguientes: Antonio Machado, Miguel Arteche, Rainer María Rilke, Friedrich Hölderlin, Novalis, Johann W. Goethe, Thomas Mann, Jorge Luis Borges, Miguel de Unamuno, Stefan George, Hugo von Hofmannsthal, Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Octavio Paz, Rosamel del Valle, Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Hermann Broch, Robert Musil, Elías Canetti, Walter Benjamin, Joseph Roth, Ernst Robert Curtius, Karl Jaspers, Martín Cerda, Luis Oyarzún, Robert Graves, José María Valverde, T.S. Eliot, Enrique Lihn, George Steiner, Rubén Darío, Pedro Prado, Luis Antonio de Villena, Pere Gimferrer, Hans Urs von Balthasar, Romano Guardini, André Gide, José Emilio Pacheco, Paul Valery, Georg Lukács, Oscar Wilde, Jorge Teillier, Robert Walser, Marcel Schwob, Theodor Adorno, Waldo Rojas, José Gorostiza, Fernando Pessoa, Dante Gabriel Rossetti, Constantino Kavafis, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, Bruno Schulz, Jules Barbey D’ Aurevilly, Kostas Axelos y Porfirio Barba Jacob…detengo ahí mi lista, pero sin duda esto representa el viejo dictum de Borges: “estoy más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito” , ¿Razonable, no es cierto?. Sin embargo, mi “cocina” literaria se encuentra incompleta si no nombrara el placer invisible que representa la música encarnada en los siguientes nombres: Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Mahler, Reger, Richard Strauss, Pfizner, Zemlinsky, Schonberg, Berg, Webern, Messien, Sibelius, Nono, Schreker, Pendereki, Hindemith, Casella, Dallapicola, Varese, Ives, Menotti, Pärt, entre varios más que incluyen a chilenos desde Domingo Santa Cruz y Alfonso Leng hasta Guarello y Alvarado. ¿Experiencias? El recuerdo de mi abuelo, los lugares remotos de la infancia con sus imágenes, sonidos y texturas, la experiencia impresionante de atravesar el canal de Chacao en medio de una fuerte lluvia, mis fallidas clases de piano a los 15, la presencia en la memoria de varios que murieron prematuramente, la voz de mi pareja y la presencia de mi primogénito: Manuel Antonio.

-¿Qué me puedes decir de la poesía de Valparaíso actual?, ¿qué autores destacas?
Valparaíso (palabra que es una metáfora de amplio vuelo, casi una experiencia y para nada un mero lugar geográfico) siempre se ha caracterizado por la diversidad y calidad de sus poetas. Eso hoy, no se ve desmentido en absoluto. Existe aquí en la zona una cantidad, variedad y calidad de autores que no tiene que envidiarle nada a Santiago –“capital de no sé qué” como diría el viejo Rojas- y que no se visibilizan a nivel nacional, porque creo que simplemente en muchos de ellos –de nosotros- no hay una ¿capacidad, convencimiento, astucia? de gestión y promoción razonablemente madurada o porque nos convence el mito que nos dice que la “capital” está muy cerca. En ese sentido, por ejemplo, es ridículo y risible que salvo Ediciones Altazor y algunos esfuerzos espasmódicos y personales, no existan editoriales con una red de distribución y una labor permanente. Así de simple. Salvo algunos intentos aislados como han sido Tambor, Valpoesía y ahora último Antítesis y en cierto sentido Ciudad invisible, no hay revistas que den cuenta de modo crítico, ensayístico y creativo la magnitud de lo que está ocurriendo en materia poética en la zona. Aquí no hay crítica literaria en diarios y periódicos –salvo el razonado y semanal esfuerzo de Luis Riffo-. Siendo capital cultural de la nación, en Valparaíso las librerías se cuentan con los dedos de una mano –y aún sobran dedos-, no hay tiendas donde encontrar música (jazz, clásica, experimental), el apoyo estatal y universitario para el poeta –sea cual sea su edad o tendencia- depende más de una gestión personal de quienes ocupan puestos claves en la administración que de políticas claras y efectivas, etc. Y sin embargo, la poesía por acá florece en nombres, tendencias, intentos y logros. Aunque siempre existen poetas –de todas las edades- que recaerán en el Valparaíso pasatista de los ascensores y la nostalgia de una bohemia devenida hoy por hoy un kitsh para turistas y santiaguinos desaforados, pienso que las búsquedas expresivas, el diálogo con la tradición(es) poética nacional y universal es vasta, compleja y gratificantemente conflictiva. Varios de nosotros seguimos con curiosidad y humor no sólo las querellas provincianas que acontecen en Santiago, sino que también la interesante labor que ocurre en Valdivia, en San Felipe, en Buenos Aires y hasta en Europa y Estados Unidos. Amigos y contactos no faltan e Internet es un gran aliado. Una vez bromeando con mi amigo, el poeta y ensayista, Marcelo Pellegrini, manifesté que aquí en Valparaíso era la única forma de sentirse “buenos europeos” como el mejor Nietzsche o Steiner. Esa es tal vez la mayor virtud de un puerto: la salida y la entrada de diversas discursividades que no te permite quedar pegado de modo acrítico en “modas” realmente pasajeras. Si se tratara de nombres, para mí como lector, pienso en tres poetas que son fundamentales para entender la poesía nuestra a nivel nacional y que tarde o temprano harán pesar todo su peso específico como obra cuando se disipen los humos del olvido y la soberbia: me refiero a Ennio Moltedo, Rubén Jacob y Renán Ponce, referentes tanto en obra como en conducta para muchos de nosotros y que sin duda perdurarán. Pero también es posible mencionar a varios congéneres con los cuales tengo trato diverso y que considero, al menos interesantes: Luis Andrés Figueroa, Marcelo Novoa, Pablo Araya, Sergio Madrid, Alejandro Pérez, Ximena Rivera, Eduardo Correa, Catalina Lafert, etc. Otra cosa son mis estrictos contemporáneos por edad a quienes prefiero referirme en la pregunta siguiente. Por último, existe hoy por hoy, una generación de recambio de poetas jóvenes y hasta jovencísimos que me parecen mostrar esa diversidad que te mencionaba: Gonzalo Gálvez, Karen Toro, Antonio Rioseco, Daniela Giambruno, Raimundo Nenén, Rodrigo Arroyo, Marcela Parra, Francisco Vergara, Alberto Cecereu, etc.

- ¿Cuál es tu relación con los poetas de tu promoción?
- Según los pretendidos ordenamientos que podemos advertir en algunos poetas dados a críticos y de críticos que gracias Dios no son poetas –al menos en público- pertenecería a la llamada generación de los 90. En parte puede ser verdad, en parte puede ser mero gesto acomodaticio. En todo caso, durante los 90, participé en varias actividades que podrían ser consideradas como “características” de ese peculiar momento histórico: lecturas, encuentros, congresos, presentaciones de libros y la tan traída y llevada charla en distintos rincones de Santiago. Hasta el día de hoy, el diálogo con varios de mis congéneres generacionales por decirlo así, se mantiene relativamente fluido. Mis vinculaciones y en algunos casos, la amistad, no ha decaído. Admiro y leo a Javier Bello, Andrés Anwandter, David Preiss, Armando Roa, Julio Carrasco, Alejandra del Río, Cristián Gómez, Antonia Torres y a varios más. Eso, de todas formas es una cosa y  tiene que ver mucho con la biografía. Otra cosa muy distinta es “teorizar” sobre un posible ordenamiento administrativo-académico-publicitario que emplea términos como “generación”, “escena”, “promoción”  y otros análogos, usando de sustento reflexivo matrices de la más variada índole (desde Ortega y Gasset, pasando por Goic, hasta Bourdieu y Lipovetsky) y ver hasta dónde “uno va ahí”. Eso último me parece como diría mi querido Alvaro Bisama “divertido” y, a mayor abundamiento, risible y causante de equívocos muy poco gratos en la conducta de poetas viejos, jóvenes y no tan jóvenes. Como lo ha pretendido mostrar Marcelo Pellegrini en sus ensayos de Confróntese con la sospecha, la manufactura de rótulos de ordenación entre los poetas de las últimas décadas es, al menos, sospechosa, manejándose tales términos con una soltura de poca seriedad que llega a dar pena, que no rabia o frustración. Como botón de muestra, por ejemplo, a mediados de los 90 en la zona de Valparaíso empleó Juan Cameron en un afán, legítimo por cierto, de entender la diversidad  de maneras y formas que aparecían en aquella escena, una terminología muy poco feliz (“poetas rockeros”, “poetas cultos”, entre las más fascinantes de una virtual “zoología fantástica”) que, más allá de lo anecdótico, muestra el torpe atolladero de tratar, sin rigor alguno, de “clasificar” lo que surge sin premeditación aparente y siempre con un anhelo, muy humano por lo demás, de administrar un espacio de fluidez, rehuyente a cualquier categorización a priori. Eso por un lado, el “contexto” de mis relaciones de promoción, ¿quién piensa eso con aquel tipo de palabras? Tendría que evocar vivencias donde el mundo universitario era sólo pretexto y donde el comentario inteligente, la lectura aguda y el intercambio de libros y datos de tal o cual autor, configuraba una experiencia a estas alturas, feliz: veo ahí a Marcelo Pellegrini y sus ciclópeos hábitos de lectura y su pasión por Pink Floyd como uno solo. También vislumbro la reserva y agudeza de Enoc Muñoz donde Edmond Jabes y las primeras lecturas de Levinas eran pan de conversación entre clase y clase. Evoco asimismo a Gonzalo Rojas Castro, lúcido y buena gente, con un sentido del humor a toda prueba, ahíto de Lihn y de su gran homónimo. Y pensar que han pasado sólo 12 años desde aquello…qué deprimente, ¿no? Con ellos hablábamos como sólo los poetas jóvenes saben hacerlo y buscando leer la poesía chilena con pasión y quizás rigor: en ese sentido las lecturas que entre 1992 y 1996 Gonzalo Rojas efectuó, bajo distintos pretextos en distintos lugares de Valparaíso, fueron no sólo actos de despliegue de un ego como el del autor de “La miseria del hombre”, significó también hallar puntos de encuentro para el intercambio, el aprendizaje y la lectura. El tiempo nos dispersó de la más diversa manera. Pero a través de los años, han surgido voces poéticas con las cuales es posible el diálogo sereno, crítico y, por qué no, cimentado en la amistad: viene a mi mente la presencia de Eduardo Jeria y su afán de transparencia verbal, Gonzalo Gálvez con una honestidad humana y poética a toda prueba y lector como pocos de esa intensa tradición que va de Hölderlin y Novalis a Rilke y Celan; Jorge Polanco y su cuidado con el lenguaje que desemboca en la paradoja de hacer el intento de decir desde el silencio; Rodrigo Arroyo y su sano escepticismo postmoderno ante los constructos demasiado evidentes que yo mismo suelo inventar para ejercitar la lectura. Ellos son mis contemporáneos directos a quienes puedo llamar por teléfono a casi cualquier hora del día y no sentir remordimiento por eso.

- ¿Cómo ves la poesía actual chilena?
- Pregunta enlazada con la anterior. Aquí, sin embargo, pretendo hablar como espectador y no como mero participante. Sólo diría una cosa: bien, a la poesía chilena actual la veo bien, opinión que matizo del siguiente modo: sin duda que desde los albores del siglo XX, la poesía chilena ha producido poemas y poéticas de envergadura que hay que entenderlas en el concierto mayor de la poesía del idioma que no de las fronteras físicas y geopolíticas. Eso creo que es de consenso crítico a estas alturas. Pero para mí como lector –y desde la dictadura al menos- la carencia de un referente crítico de rigor, salvo excepciones notables, que se configure como correlato necesario, no de orientación ni de tareas administrativas, sino como complemento en “prosa” –una especie de autoconciencia a la productividad poética propiamente tal-, se encuentra a mi parecer ausente y de ello surge a mi modesto entender, la posibilidad de la “extrañeza” entre las propias discursividades poéticas que se articulan hoy por hoy: existe el riesgo de sobredimensionar tal o cual propuesta, no por la negación de sus cualidades intrínsecas, sino por la ceguera de no leerlas en diálogo con propuestas anteriores y contemporáneas, como a su vez, está el riesgo real de olvidar tal o cual proyecto en la medida que no obedece a lo que pasa por hoy como políticamente correcto, como asimismo, “pasar de largo” tanto frente a propuestas devenidas poco visibles, pero no menos importantes, como también ante proyectos o discursividades que el eventual “canon” ha olvidado o relegado. Y si agrego que el ejercicio de escribir poemas es el más efímero que hay en el mundo, la fragilidad del “estado de cosas” de la poesía chilena no es menor. Y no me refiero en exclusiva con la palabra “fragilidad” a una más que virtual “institucionalización” que debe ser sanamente criticada y que se encuentra llevada a cabo por diversas redes de la índole que sea (Fundación Neruda, Consejo del Libro, Universidades privadas, etc) sino más bien, me refiero que esa ausencia de “discurso secundario” –que a falta de críticos informados, deberían asumirlo los poetas mismos- hace que en la triste noche de este Chile “pro-bicentenario”  todos los gatos sean pardos, es decir una virtual nivelación donde todo da lo mismo y en que instancias de poder se regodean con cuatro o cinco nombres, que no obras.

- ¿Qué opinión te merecen los talleres literarios, sobre todo, teniendo en cuenta tu experiencia como monitor del Taller de Poesía del centro Cultural La Sebastiana?
- Son necesarios, en la medida que acercan a distintos jóvenes sin formación literaria alguna a una idea o concepto de poesía y literatura socialmente aceptada a la cual, ojalá, si persisten, puedan revertir, criticar y replantear. En cuanto espacio de experimentación para desglosar en mentes aún no maduras una poética (a veces la del propio monitor), a través de una escenificación iconoclasta sin fundamento, me parecen irresponsables e irrelevantes. Un taller debería ser en mi anticuada opinión un lugar de aprendizaje. Pero una anécdota ejemplifica esto mejor que mis palabras: Adorno relata en uno de sus ensayos que un joven bastante capacitado para la tarea de la composición musical, llegó a la célebre clase de Schönberg pidiéndole encarecidamente que le enseñase la técnica dodecafónica que el autor del Pierrot Lunaire esbozó y decantó por décadas, convirtiéndola en el sumun de la vanguardia musical. La respuesta de Schonberg fue tajante: no me hable de eso y antes que nada tráigame para la próxima sesión 15 copias de tal canon de Bach. Soy de los que creen que por ahí va la cosa en lo que respecta a talleres.
En cuanto a mi experiencia con el Taller de Poesía que la Fundación Neruda mantiene en La Sebastiana, afortunadamente no es la única. Me explico: la manera en que se ha implementado con los años una metodología de trabajo que requiere a mi modo de ver, renunciar a mostrarse como poeta ante un puñado de jóvenes con mucho menor experiencia literaria –hay unas cuántas excepciones- es algo que requiere voluntad y tal vez hasta ascesis. Creo que si no hubiese vivido otro tipo de experiencias como tallerista y monitor en otros sitios y hacia otros públicos –adultos mayores, niños, estudiantes de colegio, profesionales varios, etc- habría cometido más errores de los que hoy acepto como vergonzosamente realizados en la difícil tarea de orientar, conversar y criticar a personas que apuestan con intensidad por su personalísima escritura. Esto para decir que el Taller de Poesía que funciona en La Sebastiana, es al menos para mí, un desafío constante, un llamado permanente para ejercitar la humildad, teniendo en mente que lo que hay que fomentar en esa decena de jóvenes es la lectura, el espíritu autocrítico y sobre todo, el intento para que aprehendan su propia manera de articular su sensibilidad y las palabras que han invocado para ello. En ese sentido, no hay ningún poema “malo” a priori para uno como lector. La tarea sería otra: que el propio tallerista descubriese los mecanismos y las instancias que le llevaron a dar solución lingüística de tal o cual modo a lo que quiso decir y si esas “soluciones” son necesarias o no para que el poema tenga valor, sentido o se ajuste del mejor modo posible al mundo interior que parece haberlo provocado. De más está decir que el que ha aprendido con creces de decenas de jóvenes en casi 10 años he sido yo.

- ¿De tu obra si tuviese que elegir un poema o fragmento, cuál?
- Ninguno. Si es por solazarme, me gustaría hacerlo con algunas páginas de Schopenhauer, unos versos de Anguita, Paz y Rilke, como con la música de Mahler o Berg. Con eso basta y ya es mucho.

- ¿Qué libros no has podido nunca terminar de leer?
- Varios, entre ellos –y sé que esto le causará gracia a mi amigo Cristian Miranda- “Esencia y formas de la simpatía” de Max Scheler; los cuatro volúmenes de “El hombre sin atributos” de Robert Musil –siempre llego a inicios del tercer tomo-; el hermoso, pero fatigante ensayo de José María Valverde sobre Azorín; el “Ulises” de Joyce, TODAS las novelas de José Donoso –a menos que me las pidan para un examen o algo así-; varias decenas de páginas de los seminarios de Lacan – que me perdonen varios amigos y conocidos: pero eso no es para pensar y decirlo en castizo castellano-; “Zurzulita” de Mariano Latorre, “Raza de bronce” de Alcides Arguedas –y mi buen Marcelo Pellegrini con una sonrisa en los labios sabrá a lo que me refiero- y las páginas críticas de Raúl Silva Castro.

-¿Cuál es para ti el gran libro olvidado de la poesía chilena?
- Creo que hay varios, pero entre esos: “No más que una rosa” de Pedro Prado.

-¿Cuál fue el último libro de poesía chilena que leíste?
- Libro de poemas de un tirón: “Jardín japonés” de Eduardo Jeria y “El sol entre dos islas” de Marcelo Pellegrini. Poemas aislados, bueno: varios de Novalis y Hölderlin por grises motivos docentes; otros más de Pedro Prado y Gabriela Mistral por los mismos latosos motivos y por mero gusto y gratuidad una plácida relectura del “Cementerio marino” de Valery.

- ¿Qué libro estás leyendo ahora?
- “Café Invierno: conversaciones con Ennio Moltedo” de Luis Andrés Figueroa, libro necesario para conocer el mundo imaginativo y vital de uno de los más relevantes poetas chilenos de los últimos 50 años. Además de eso “Parte de la oración y otros poemas” de Joseph Brodsky

-¿Cómo ves hoy por hoy, la industria editorial?, ¿Cómo autor qué soluciones le darías a este problema?
- Primero que nada: reconocer que en esto de la “industria editorial”, la poesía, por principio, tiene poco que ver. Ni siquiera nuestros autores más señeros, salvo quizás Neruda y probablemente dentro de poco, la Mistral, han tenido un lugar privilegiado en ningún ranking de “libros más vendidos” o sus obras se han promocionado con sendos afiches en cuanta librería hay o los medios se han visto en la obligación de comentarlos porque es de buena crianza, están “inn” o por mera mediocridad. Para nada.
Segundo: que el esfuerzo de editoriales “independientes” (RIL, LOM, Calabaza del diablo, Del Temple, Bauvedráis, Altazor, Mago y otras), si es que no cambia la política económica hacia el libro y las instancias que lo prohijan, seguirá siendo eso: un esfuerzo con todo el calvario que ya conocemos.
¿Soluciones? Si las supiera estaría de asesor de nuestra ministra de cultura.
No sé, tal vez reconocer por parte del estado y su aparato público de un tirón y sin complicaciones mentales o emocionales –tal vez ya se ha hecho y no me he enterado- que los grandes consorcios editoriales son lisa y llanamente empresas con todo lo que eso significa y que ofrecen productos a un consumidor. Y de ahí, reconocer que estas editoriales pequeñas y “hechas a mano” poseen el status de “micro-empresas” y que necesitan todo el apoyo técnico y financiero que el Estado, teóricamente, otorga como el apoyo que la Sra Juanita tiene para montar una tienda de ropa o don Pedro posee para exportar peras. Es quizás risible, pero todo desemboca en algo a mi ignorante parecer, muy sencillo: apoyo estatal. ¿Que acaso eso ya no existe? Tal vez sí, con la diferencia que debería ser una política constante y sin concurso, no sé: ¿cuánto podría otorgar el Estado a estas editoriales pequeñas en materias primas, por ejemplo, sólo en papel? , ¿o articulando una red de distribución nacional?.
En un país de fantasía yo sacaría el IVA al libro, inventaría una editorial nacional cuyo consejo editor fuera rotativo por razones obvias, incentivaría a otras instituciones a otorgar becas de creación y de edición (Fundación Neruda, Instituto de Chile, Universidades públicas y privadas, el propio ministerio de cultura, Gobiernos regionales, Colegios Profesionales, qué se yo), pero con el fin que la administración y el reparto de recursos del libro y para el libro no fuese instancia monopólica de una sola institucionalidad como es hoy por hoy el Consejo del Libro. Bueno, después de todo, no cuesta nada soñar.

-¿Qué piensas de los premios literarios?
- Para algunos pueden ser una sana vía de ganar algo de dinero frente a la precariedad laboral a la que siempre se expone un poeta. Simbólicamente creo que hay premios que representan el “estado de cosas” de algunos sectores de la poesía chilena con los que no necesariamente puedo estar de acuerdo. Y por último, no son ni legitimadores, ni consagratorios para nadie. Sólo los que piensan los premios como triste manera de visibilidad –y los tontos que les creen a esos poetas sin haberlos siquiera leído- en pos de pasar a la inmortalidad en nuestra pequeña y melodramática sociabilidad literaria, pueden creer que son el “non plus ultra” de lo que es o sería la poesía.

-¿Quién te gustaría que recibiera el premio Nacional de Literatura?
Hay varios autores que se lo merecen o merecerán: entre los que hoy debiesen obtenerlo sin mayor cuestionamiento, está, para mí, Efraín Barquero.

- ¿Qué te parece este Chile ad portas del Bicentenario?, ¿su política cultural para con la poesía?
Que la “política cultural” de nuestro país, no es ni “política”, ni “cultural”  y que ante las puertas del Bicentenario más vale pensar con la cabeza fría que no con el entusiasmo: que yo recuerde ninguna prefiguración de fechas o años celebratorios han sido sinónimos de utopía o emancipación. Y no creo que ésta sea la excepción.

- ¿Cuáles son los 10 libros que recomiendas leer?
- Menuda tarea que te obliga a publicitar una de las cosas que más amas. En fin y haciendo la salvedad que todo listado es inocuo, acá va el mío:
1.- Una buena antología que contenga poemas de los poetas clásicos del castellano del Siglo de Oro: Garcilaso, Góngora, Herrera, fray Luis, Quevedo, conde de Salinas, Gil Vicente, Aldana, Fernando de Torre, Villamediana, etc
2.- Un volumen con una selección de relatos y/o novelas cortas de Cervantes, Sterne, Fenelon y páginas escogidas de Richardson, Alfieri, Quincy, Hazlitt y Leopardi
3.- “El mundo como voluntad y representación” junto a un añadido selecto de “Parerga y Paralipomena” de A. Schopenhauer
4.- todo Hölderlin
5.- “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch
6.-“La palabra quebrada” de Martín Cerda
7.-“Los cuatro cuartetos” de T.S. Eliot
8.-“Diario” de André Gide
9.- “El arco y la lira” de Octavio Paz
10.- “Poesía entera” de Eduardo Anguita


- ¿Qué opinas de las nuevas formas de difusión literaria por Internet como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura?
- En un desierto de palabra escrita, valdría preguntarse: Internet, ¿por qué no?

- ¿Qué cosa te quita últimamente el sueño?
- Literalmente mi hijo recién nacido, Manuel Antonio

- ¿Qué te escandaliza?
- No tanto que todo siga igual (injusticia, derroche, inmoralidad sin cuento), sino que sea de tal magnitud nuestra indiferencia o que seamos tan pusilánimes que nos convenzamos que el mundo así ha sido y así debe ser.


-Me gustaría que a ti mismo te hicieses una pregunta –que nadie más te ha hecho- y te la respondieras

P: “¿Podría ud vivir sin escribir poemas o leer algún libro?”
R: Sí, claro
P: “¿Y sin música?”
R: ¿por dónde está la puerta de salida por favor?


-¿A qué le tienes miedo?
- A perder la memoria de lo que he sido y soy, de lo que he leído y leeré, de lo que viví y sentí en mi infancia, de la gente que amo.


sábado, 31 de marzo de 2018

Recuerdo de Luis Loayza por Mario Vargas Llosa







Me interesa Luis Loayza (1934-2018)
Pronto espero escribir sobre él. Por ahora estas sentidas palabras de Vargas Llosa.  

Estuve tratando de recordar cuándo había venido al cementerio de Père-Lachaise por última vez antes de esta mañana y creo que fue en 1960, para la cremación de los restos de la viuda de Trotski, Natalia Sedova, porque quería escuchar a André Breton, que era uno de los oradores. Ahora estoy aquí para una ceremonia parecida, en la que vamos a despedir a Luis Loayza, que fue uno de mis mejores amigos. Hay cierta confusión en el crematorio, porque coinciden varios actos fúnebres y uno de ellos, masivo, convoca a muchos paquistaníes, que lloran a grito pelado. Por fin distingo entre la muchedumbre a Rachel y Daniel, la viuda y el hijo mayor de Lucho. Me apena verlos rotos por el dolor, haciendo esfuerzos denodados para no romper a llorar también. Hace cincuenta y ocho años, exactamente, por Rachel, Lucho Loayza cometió probablemente el único acto de locura de su vida del que, estoy seguro, nunca se arrepintió. Su padre le había regalado un año en París para cuando se recibiera de abogado. El año estaba por cumplirse y, si mal no recuerdo, Lucho tenía ya el pasaje de regreso. Pero, de despedida, fue al Festival de Teatro de Aviñón y allí conoció a Rachel, todavía una estudiante. Me escribió ese mismo día una carta desmedida, diciéndome que se había enamorado; ya no se iría al Perú y empezaba a buscar trabajo de inmediato en París. Poco tiempo después, se casaron en la alcaldía del Barrio Latino y yo fui su único testigo. Luego, fuimos los tres a celebrarlo a un bistrot de la esquina con una copa de vino.
La ceremonia ha comenzado, con música de Bach, en una pequeña salita que presiden los restos del difunto, en un cajón cerrado y cubierto de flores. Habla Daniel recordando a su padre, y él y la nieta mayor de Lucho leen, en francés y en español, un fragmento de El avaro, relacionado con la muerte. Cuando me toca decir unas palabras siento angustia y ganas de llorar. Pero me aguanto, sabiendo muy bien que Lucho, siempre tan parco, encontraría intolerable semejante huachafería.
Lo conocí en el año 1955, en Lima, y desde el primer día hablamos sin cesar y sin límites de literatura. Él me presentó poco después a Abelardo (lo llamábamos “El Delfín”, y ellos a mí “El sartrecillo valiente”), con el que constituimos un irrompible triunvirato. Nos veíamos a todas las horas, para hablar de libros, los que leíamos y los que íbamos a escribir cuando llegáramos a ser escritores. Para eso había que escapar de Lima e irse a París, donde hasta el aire era literatura. Mientras planeábamos el viaje, leíamos mucho y, a veces, Lucho y yo discutíamos, él defendiendo a Borges y yo a Sartre, hasta quitarnos el saludo. El sosegado Abelardo nos reconciliaba una hora o un día después. (Lucho tenía razón; todavía sigo releyendo a Borges y sé que, si tratara de releer a Sartre, el libro se me escurriría de las manos).
Al fin, a Abelardo se le complicaron las cosas y Lucho y yo partimos solos a Europa, en un barco que salía de Río y llegaba a Barcelona. En el viaje, cuando no leía, que era rara vez, Lucho se inventó un juego que llamaba “la contemplación del infinito”. En la pensión donde recalamos, en Madrid, él empezó a escribir Una piel de serpiente y yo La ciudad y los perros. A fin de año, él se fue a París, y yo unos meses más tarde. En un cuartito del Wetter Hotel, donde vivíamos, le di a Rachel sus primeras clases de español. Fue en esa época, cuando tratábamos de ganar lo que Cortázar llamaba el “derecho de ciudad” para que París nos aceptara, donde nos vimos más, casi a diario, y por carta, Abelardo participaba también de esas conversaciones, discusiones y proyectos en los que la literatura seguía siendo la estrella.
Luego Lucho, Rachel y sus dos hijos se fueron a Lima, a Nueva York, a Suiza. Desde entonces nos vimos menos y poco a poco dejamos de escribirnos. Pero la amistad y el cariño estuvieron siempre allí y, por supuesto, los recuerdos. Las espaciadas veces que nos veíamos, a veces con años de por medio, la comunicación, los sobrentendidos, las bromas, eran las de siempre. En una de aquellas veces acababa de leer su primer libro en italiano y estaba feliz: se abría frente a él un universo de nuevas lecturas.
Ahora, las personas que asisten a la ceremonia se van levantando y se acercan al cajón y lo tocan con respeto. Algunas pocas se persignan. Un señor con el que trabaja Daniel en el Odeón dice que nunca conoció a Lucho, pero, por lo que ha oído, entiende que era admirable y quiere dejar sentado su homenaje. Tengo la impresión de que todas las personas que asisten son francesas y que soy el único peruano. Cuando éramos jóvenes, era yo el que hablaba de “romper con el Perú”; al final, fue Lucho el que rompió, por lo menos físicamente. Porque en sus ensayos y relatos la presencia de lo peruano y los peruanos resulta obsesiva. Pero hace treinta años que no volvió a pisar Lima y las razones que me daba para eso nunca me convencieron del todo.
Sobrellevó su enfermedad con extraordinaria elegancia. Yo me acuerdo, hace años, cuando empezaba esa larguísima agonía de tratamientos sin fin, lo difícil que era sacarle algo al respecto. Respondía con dos o tres frases y cambiaba de tema, generalmente el libro que acababa de terminar o el que estaba empezando. Aquello que escribió Borges —“Muchas cosas he leído y pocas he vivido”— lo definía a él mejor incluso que a su autor. Era también dificilísimo arrancarle algo sobre lo que había escrito, estaba escribiendo o pensaba escribir. Tenía un pudor extremo y se negaba a convertir lo íntimo y entrañable en tema de conversación, como si ésta banalizara lo importante. Por eso, creo, casi nunca hablamos de sus ensayos y relatos, que he leído y releído muchas veces. Estoy convencido de que era un espléndido escritor, pero secreto, de lectores tan lúcidos y sensibles como él mismo, que llegó a depurar la lengua y volverla tan limpia, exacta y transparente como la de los autores que más admiraba, como el soñoliento Henry James (te estoy provocando, Lucho, ahora que no me puedes responder). Por eso nunca será “popular”, pero tendrá siempre lectores. Era un excelente traductor: a De Quincey, por ejemplo, es preferible leerlo en su versión española que en inglés, donde a menudo la prosa se enreda y oscurece, una prosa que Loayza adelgazó y volvió esbelta y clara.
La música de Bach ha cesado y el funcionario del Père-Lachaise que hace de maestro de ceremonias explica, con mucho tacto, que ésta ha terminado y que tenemos que dejar la sala, donde, me imagino, se celebrará ahora un nuevo funeral. El nuestro ha sido pulcro y discreto, como le hubiera gustado al “borgiano de Petit Thouars”. Abrazo a Rachel, a Daniel, a las dos nietas de Lucho que acabo de conocer y que ya hablan un español que siguen perfeccionando, nada menos que en Salamanca. Salgo y, aunque todavía hace frío, ha despuntado el sol. En el taxi al aeropuerto de Orly, sin hacer ruido, hago lo que he estado evitando hacer toda la mañana: me pongo a llorar.

Publicado en El País: 






Elegía para Ximena Rivera







En esta noche oscura,
cuando nuestro aliento se ve confundido
se anuncia un cielo arrasado:
tu escritura que devela, finalmente,
un lenguaje que se nombra más allá de la derrota
para cumplir la fidelidad de su promesa;
aquel regreso siempre otro desde allí abajo,
en que lo monstruoso emerge convertido
en el rostro del amante desdichado,
en el quejido del animal que sacude al aire
con la plenitud de su música vacía
y donde la fugacidad de una imagen soñada –un árbol,
una piedrecilla, una sonrisa de cruel inocencia-
es la marca del asombro que vuelve una y otra vez
para mostrarnos su fragilidad insoportable.

Es en esa noche donde te veo habitar con tus palabras,
esas mismas que eran un puñado de gestos alucinantes
que recorrían el laberinto de la infancia
con un ánimo de extravío que para ti era casi la felicidad;
esas palabras que eran el aprendizaje sigiloso del dolor
como también la espesura del cuerpo tras el mudo cansancio de la vida;
palabras que, paciente, convertías en tarea secreta
que convocaste de la única forma con que es posible intentar
el ejercicio de la imaginación: el poema, su vacío, su derrumbe.

En esa noche te veo en una soledad insoportable
-¿trascendencia?, ¿amor?, ¿Dios?- con la mirada despejada,
insegura de ti misma en el ademán de unir videncia y escritura,
convencida al máximo y sin retribución por responder
la acuciante exigencia que no permite dobleces o excusas;
esa exigencia que no podemos evitar en el poema
donde se vuelve imposible cualquier consuelo inmediato,
cualquier satisfacción duradera.

Tú entendías que el poeta no sabe que es poeta
porque no sabe si la poesía realmente es,
porque aquella herida trae desde lejos
un sentido aleatorio y seductor, pero terrible y voraz
con que el lenguaje se presta a sí mismo
en la orfandad de su propia memoria.
Tú entendías que afirmar cualquier posibilidad
era volverse experiencia y despojamiento
para conjurar al doble del espejo que amenaza con afiebrada lucidez.

Por ello entendías el valor de la ausencia
con tu sonrisa pensativa y ese cigarro entre tus labios
como una red que se distribuye en un santuario
que irradia esa luz que le robaste al desconsuelo:
fascinación que no teme la destrucción ni la pobreza,
que no teme la enfermedad ni la necesidad de acudir
a los indicios con que a todo vidente se le promete protección
contra el desamparo de su propio ardor verbal,
contra la incomprensión de su propia imaginación de fuego.

Tú sabías que en la noche más oscura,
no es pecado lo que hay que expiar en la purificación de la llama,
sino la interrogante que sacude cada fibra de nuestro ser
y que tus palabras dibujaron cuando se consumieron a sí mismas:
ese destello que ahora puede iluminar intacto
el esquivo beso con que aguardamos el regreso del verano.

jueves, 22 de marzo de 2018

La sonrisa del hombre invisible: Rubén Jacob y su Poesía Completa


Nunca pensé que en noviembre de 2009, invitado a dar una lectura en la Universidad Viña del Mar, sería la última vez que vería y hablaría con Rubén Jacob. En Youtube hay un registro de parte de aquella lectura de Rubén, tal vez con un audio poco feliz, pero donde se puede distinguir su voz, algo apurada, leyendo poemas de The Boston Evening Trancript y de Granjerías infames. Tal vez por el calor de fin de año, quizás por lo inhóspito de la sala, tal vez por un atraso excesivamente largo que hizo que esa lectura comenzara muy a destiempo, el asunto es que Rubén después de leer, andaba de no muy buen humor. Su ironía lo demostraba a quien se le acercase, pero de todas formas, nunca manifestó su incomodidad de modo explícito. Lo importante era estar con los amigos. Después de todo, con un gesto muy de él, esa ironía se desplazó hacia sí mismo y tuvo como objeto sus propios poemas: ante el desfase de la edición de Granjerías infames que estaba bajo el cuidado del editor Patricio González de Altazor, Rubén de un modo muy característico, empezó una curiosa perorata, un monólogo más bien, donde se preguntaba cuán problemático sería editar sus poemas completos, quién tendría el valor de llevar a cabo semejante tarea y qué dificultades esperaban a tan avezado como improbable filólogo. Meses después de aquella conversación -que jamás sospechamos sería la última- Rubén Jacob fallecía en el invierno de 2010.
Con el correr de los meses y de los años, quienes de una u otra manera rodeamos amicalmente al poeta de Llave de sol, sabíamos que su obra, tarde o temprano, ampliaría el conocimiento de los iniciados o de los curiosos atraídos por excentricidades. Por lo demás, dar cuenta de los implicados en la difusión, comentario y valoración de la poesía de Jacob, sería dar cuenta de varias generaciones de lectores cuya principal característica sería la fidelidad y el asombro. Hay un primer círculo de lectores de Jacob, aquellos que desde el principio supieron de sus afanes con la escritura y que contribuyeron con su palabra, consejo, opinión y sugerencias a validar lo que se podría haber creído un capricho de abogado semi-retirado. Entre ellos y de los primeros, Juan Luis Martínez. Pero también, algunos menos conocidos como Luis Bork, Luis Mardones, Carlos León, Jorge González Mancilla, Antonio Pedrals. Luego vendrían algunos poetas y editores “jóvenes” que a fines de los años 80 y principios de los 90 contribuyeron a que esta poesía ampliara su ámbito de circulación: Marcelo Novoa, Luis Andrés Figueroa, Sergio Madrid. Fue precisamente el poeta y editor Marcelo Novoa quien gestionó la primera edición de The Boston Evening Transcript en 1993 cuya publicación catapultó a la poesía de Jacob a ese indefinido, pero atractivo reino del así llamado “secreto a voces”: sus lectores se acrecentaron en espacio y geografía. Desde EEUU, Pedro Lastra y Miguel Gomes acusaron recibo de tan peculiar libro. A su vez, el Boston -como era llamado coloquialmente entre los amigos el libro de Rubén- ganó entre nosotros, lectores diversos y expectantes: Marcelo Pellegrini, Cristian Gómez Olivares, Cristian Cruz, Eduardo Jeria, Carlos Henrickson, Jorge Polanco, Alejandro Cerda, Luis Riffo, Sergio Muñoz Arriagada.
Si la publicación en 1993 de The Boston Evening Transcript fue un descubrimiento, la posterior publicación de Llave de sol en 1996 y de Granjerías infames en 2009 fueron la confirmación de un poeta que pasaba de ser secreto para un puñado de amigos a convertirse en una especie de patrimonio intangible de nuestra imaginación porteña y en una referencia ética acerca de cómo asumir la escritura respecto al poder, respecto de la insidiosa farándula del siempre tentador posicionamiento y las implicancias de la memoria en nuestro devenir como seres humanos. Así, a fines de los 90 y durante la primera década de 2000, lo asombroso -para mí al menos- no era tanto la eventual recepción -o más bien el pertinaz mutismo- acerca de la poesía de Jacob por parte del establishment académico/literario, cosa que a Rubén le tenía muy sin cuidado y para lo cual no se guardaba ironías, sino la curiosidad, entusiasmo y posterior fervor -en ese orden- que iba provocando en varios jóvenes como Gonzalo Gálvez, Diego Alfaro, Rodrigo Arroyo, Francisco Vergara, Antonio Rioseco, Mariela Trujillo o Enrique Winter, por ejemplo y que desde siempre ha constituido la mejor toma de pulso y prueba de fuego respecto de cualquier obra literaria: su lectura inteligente por parte de los creadores jóvenes. Creo que en ese gesto, entre otros, anida la eventual perdurabilidad de una obra.
Perdonará el lector estas rememorizaciones traídas a colación en estos párrafos. Pero creo imprescindible dar cuenta de estos nombres -y de varios otros que omito por fallas en mi memoria y conocimiento- y de esas anécdotas como un marco dentro del cual es posible entender la aparición de la Poesía completa de Rubén Jacob bajo el sello editorial de la Universidad de Valparaíso. Con un esclarecedor prólogo de Marcelo Pellegrini y un pertinente epílogo de Jorge Polanco, esta publicación ha sido, probablemente, uno de los principales hitos editoriales, en lo que refiere a poesía, acontecidos el año recién pasado. Con esta publicación, lo que era un secreto a voces ha explotado en una edición cuidada y de distribución nacional: ya nadie podría decir desconocer esta poesía o negar su existencia como mero mito. Los poemas de Jacob están ahí, circulando entre lectores que tal vez él jamás imaginó y donde la aventura de ese “orden sigiloso” que rememora cada una de sus palabras ya no es un laberinto inaccesible, sino un camino por recorrer.
¿Qué hay en esta poesía que la vuelve cercana y entrañable para quien accede a sus palabras?, ¿cuál es su poder de seducción para quien desee ser seducido? Más allá de la calidad humana de Rubén Jacob que se nos presentó a varios como una presencia cálida y cercana en su humanidad reservada, irónica, de un temperamental y sugestivo humor, a veces negro y pesimista y otras cargado de un infantil requiebre de risueñas alusiones escatológicas, se advierte para cualquier lector atento que sus poemas no reflejan ni se definen por su biografía -algo oscura, provinciana y sin ningún pathos o glamour relevante- cosa que puede tal vez dejar a alguien entre perplejo y callado. Pero eso no ayuda mucho a esclarecer estas preguntas. Partiendo por lo más obvio -que no es necesariamente algo que sea prioritario para un lector- sin duda que el lenguaje de la poesía de Jacob es un lenguaje culto, adiestrado en un humanismo de estirpe clásica -la literatura, la historia, el derecho-, pero sin caer en afectaciones estilísticas de manierismos superficiales o efectistas. Tampoco es un lenguaje que se preste para experimentos o transgresiones formales. A lo sumo es posible apreciar un pertinaz equilibrio entre ciertos hábitos lingüísticos traídos a colación desde la oralidad cotidiana, peros sin el afán de desfondar al poema como una red zurcida a la fuerza. Se hace inevitable apreciar que en esta poesía existen algunos giros heredados del habla -gerundios, frase hechas, cierta retórica conversacional que vuelve al poema una especie de registro narrativo de experiencias-, pero todo ello no llega, ni menos se aproxima, a los extremos de una poesía que haga del coloquialismo o de la articulación de un repertorio naturalista del habla, su fuerza principal. Por lo demás, ese lenguaje culto, se resguarda y distancia de sí mismo cuando se autoironiza, es decir, en tanto incluye no solo un descomunal imaginario de “alta cultura” respecto a alusiones filosóficas, literarias y musicales, sino también en lo referido a incluir una serie de imágenes, efectos, personajes y situaciones que podríamos llamar de la “cultura pop”: esas instancias donde Borges y Obdulio Varela se dan la mano al interior del poema, donde el ajedrez y el fútbol, por ejemplo, no van a la zaga de las más sofisticadas alusiones a Alban Berg o a Walter Benjamin. Pero mas allá de constatar estas “condiciones materiales” de la poesía de Jacob, es pertinente, a partir de esto mismo, dar cuenta de otras cosas, quizás más sutiles, pero no menos significativas y que, me parece, son necesarias para poder entender el por qué de esta entrañable cercanía con la que esta poesía nos invita y seduce. Es así que, en otro sentido, el lenguaje de la poesía de Jacob se traduce en un peculiar modo de asumir el ritmo. Bajo esta idea en los poemas de Jacob tampoco se nos seduce por la musicalidad, eufonía o llaneza rítmica proveniente de la ondulación sensual de la sinestesia o por la gimnasia verbal de la estructuración sintáctica de los versos. En esto, Jacob está a las antípodas de un poeta como Gonzalo Rojas, por ejemplo. Su “respiración verbal”, por decirlo así, no es la de un cantor o de un asmático que lucha para encontrar la expresión: es más bien un fluir prosaico que ve en ese mismo fluir su “expresión”. Por eso, nada más alejado en esta poesía que la necesidad de incitar por los sentidos. Al contrario: el ritmo de estos poemas es un requiebre adusto de toda musicalidad, es un ritmo que alude más a la prosa que a la música, no sólo por el efecto otorgado por el uso tan peculiar en Jacob de la “música de la conversación” en referencia a Eliot o a Parra, sino por lo tajante, imprecatorio y disgregador de su discurso. Esta es una poesía que se pone frente tuyo y te dice: “conversemos”. Y en aquel gesto hay una intencionalidad de hacernos reflexionar por el cauce material de las palabras que se van dando en una secuencia que no tiene la pretensión de hacernos sentir fuera del mundo. Para nada: como pocas, la poesía de Jacob nos adentra en el mundo. Un mundo en falta, lacerante y lacerado, herido, un mundo dolido por la violencia y el sin sentido, por el olvido y la desmemoria. De eso no cabe duda e iluso sería pensar lo contrario. Pero lo curioso de todo esto, es que esta poesía lo hace como solo la buena poesía es capaz de hacerlo: sugiriendo, matizando, poniéndonos contra la pared del sentido, pero sin el gesto estrafalario de la metaforizacion excesiva, ni tampoco utilizando un lenguaje destruido en sus desgarros incomunicativos, ni menos exigiéndonos algo con ese tono perentorio que es tan característico de nuestra época. No, esta poesía invita a conversar y a través de eso, a reconocernos. Por eso, tal vez, su atractivo radica en el gesto entrañable de establecer una comunicación que se aleja del mundanal ruido, pero que no nos hace abandonar la mirada de reojo tras la puerta del bar en donde, por la calle, pasa la violencia desquiciada que nos hace palidecer. Esta poesía invita a conversar. Primero y ante todo, con nosotros mismos. Quizás por ello, en cierto sentido, buena parte de los poemas de Jacob puede ser vistos como una especie de monólogos que nos incitan a adentrarnos en los laberintos de nuestra conciencia y en las fantasmagorías de nuestra memoria. Si fuera así, estos poemas esperan el click mágico de la lectura para que se pongan ante nosotros para apurarnos no tanto a que los escuchemos en su adusta soledad, sino para que respondamos a sus requerimientos, alusiones e incitaciones, quizás con una sonrisa, quizás con una mirada pensativa. Pero donde siempre sabremos que desde el otro lado, Jacob nos estará mirando con su sonrisa invisible.

Quilpué, verano de 2018.


Este texto se publicó en:  https://www.lacallepassy061.cl/2018/03/la-sonrisa-del-hombre-invisible-ruben.html

domingo, 18 de marzo de 2018

Dos elegías


 



 
Elegía para Eduardo Anguita

En este esfuerzo de nada para nada,
tu nombre recorre mi voz como fuego a la ceniza.
Palabras que van a dar a otras palabras
y cuyo tintineo espectral es una galería destruída,
el chasquido de un espejo roto,
una siniestra mañana de agosto.

Tu nombre recorre mi voz como fuego a la ceniza
y el cumplimiento de su vieja promesa
vuelve taciturno todo deseo de espera o anhelo de retribución:
palabras arrancadas de cuajo en medio del aire nocturno
como si un mago hubiese fracasado en su triste sortilegio
como si la escritura celeste que formaba parte de ti mismo
hubiese sido transcrita en el pedernal gastado de un silencio indecible.

Pero ya no está dentro de nosotros reconocer ese lugar,
ni ningún otro, apenas el mapa de un gesto insulso
que sueña con la escritura de lo efímero
o del polvo restregando esquirlas de la historia
en la sacudida que implica vivir en el olvido
tras el olvido de toda nuestra memoria.

Sí, hay muchas esperanzas,
pero ninguna es para nosotros:
¿acaso el trazo de lo impredecible
cuando renunciamos a la exigencia de lo bello?
¿acaso recortes de periódico, anunciando
una nueva guerra, una revolución más,
el recuerdo de un pasado, ahora imposible?
Ninguna esperanza es para nosotros
donde el silencio es fugacidad de un cuerpo que ignoramos.

Cuerpo atravesado por tu extraña misericordia:
¿no era hambre de infinito tu deseo?
¿sed de eternidad el regocijo estival de pechos y muslos?
Placer donde no existe la búsqueda del placer
sino el afán del conocimiento: maldición de los poetas
que confunden pureza con sabiduría,
la forma con la vida, su deseo con los misterios del lenguaje.

Ninguna esperanza es para nosotros,
ninguna promesa válida, consuelo a nuestra indolencia.

En este esfuerzo de nada para nada,
tal vez ser redimidos del fuego por el fuego
es la palabra que Orfeo no pudo oír y que trajo su catástrofe.
Para nosotros, quizás, es la certidumbre de saber callarnos
en medio del bosque inútil del lenguaje
cuando la claridad de los ojos de la muerte
nos hace creer esa bella ficción que es el beso de Eurídice.









Elegía para Ennio Moltedo

En este alicaído cielo de agosto,
cuando la noche viene a interrumpir al tiempo
que se halla fuera de sí mismo como furtivo cazador de madrugada
y con esa llovizna que vuelve legible la palidez de otras tumbas,
cuando en el horizonte el mar intenciona la desolación
de nuestra frágil conciencia y se hace creíble
aquel temblor que decía bien, mis ojos ahora descansan
y la incertidumbre sólo era la humedad de la brisa
y no una palabra que hubiese significado en algún poema tuyo
una interrogante frente al misterio,
es entonces cuando las comparaciones se vuelven odiosas
y el eco de cualquier lamento llena el espacio como la caída del agua
que se inclina ensimismada desde la distancia de un mar abolido.

Pero tú sabías más que todos nosotros que ese mar es la pregunta
que enrostra la insuficiencia de los días,
que es el enigma que aguarda entrar en el círculo de las significaciones
como ese alcatraz que dibujaste a mano alzada
en los pliegues de tu escritura o como esas evocaciones infantiles
donde, más que inocencia, había asombro, una sensación pasmada
por aquel presente eterno en que el sabor de unas frutillas
o la sombra dulce de un aromo, eran tregua para un verano
que se prolongaba más allá del hundimiento de nuestras imágenes.
Como en una vieja fotografía
el vaso de leche, el juego con hermanos y primos, las golosinas
otorgadas como promesa para después del Angelus
y todos esos elementos que ahora se nos han hecho imposibles,
habitan entre tus palabras, queriendo ser más que palabras:
quizás la certeza de los años que nos inquieta por su transparencia
y que en su origen era algo palpable como experiencias del mundo
que no requerían ninguna explicación; cosas donde la nostalgia
no tenía cabida y el lenguaje tenía pretensiones más modestas,
más sencillas, pero tan verdaderas como un apretón de manos
o la delicia de un dulce de mazapán
o las aventuras que narraba un cuento de Jack London.

Ahora, en extraña simetría
entre aquel instante y la consagración presente
este derrumbado cielo de agosto atestigua a esas nubes
como la tibieza aclaratoria de un vendaval inminente,
atestigua nuestro silencio más por impotencia que por hastío,
como si la evasión a que obliga la angustia
fuera un requisito para vivir la necesidad
de un idioma que no despertara mutilado por sí mismo.

Con esta llovizna que vuelve legible la palidez de otras tumbas
toda interrogante evidencia la insuficiencia de los días
haciendo cumplir la ley inexorable que nadie sabe comprender.
Así, mientras quienes te debemos alguna palabra,
balbuceamos inquietos la posibilidad del error
o nos encerramos en el mutismo de una realidad desquiciada,
un niño en la arena de una playa dibuja un muelle, una manzana o una gaviota,
sabiendo que este melancólico mediodía sólo será la ceniza del invierno.

jueves, 1 de marzo de 2018

Dos poemas








*
Todo vuelve en estos días,
la desnudez de la que soy parte,
el abandono de Dios,
el olvido que origina lo invisible,
el animal de fondo
con sus pétalos de noche,
la claridad vacía
del fuego entre mis manos.

Todo vuelve
de sombra a piel
de voz a sangre
de humedad a derrota
de precariedad a respiración entrecortada.

Todo retorna en el desvanecimiento,
en la nostalgia de la fruta veraniega
como sonrisa núbil del agua insumisa,
en la fragilidad del tacto
que nos repuso de un tiempo sin tiempo.

Todo inicia en estos días;
el beso que nos fue concedido
aquella noche tan culpable
cuando dijeron nuestros nombres,
cuando nos expulsaron del viejo paraíso.



 
*
Un lenguaje
que tome piedra por piedra,
inocencia por relámpago,
padre por hijo,
tristeza por desierto.

Un lenguaje
que no diga lo ya dicho
esperando que signifique lo ilusorio,
que adivine el orden
del pulso y de la sed,
que camine sin hablar
hacia la soledad de su mirada
como despedida fugaz del llanto.

Un lenguaje
sin palabras que entregue su piedad
con la cosecha del cielo
para hacer visible
lo que dice lo invisible
pronunciando lo ajeno de todas sus vocales.

Un lenguaje
como la mujer de Lot,
sereno ante el horror de su blasfemia
y que al caer la noche
sepa que enmudecer
no es el dolor de saberse sal.

lunes, 12 de febrero de 2018

Repetir las palabras


*

Repetir las palabras
las mismas palabras
la humedad continua de la respiración.

Repetir la llovizna
sobre el cristal,
la danza de los días
bajo el mismo insomnio.

Repetir desolación y presencia,
el secreto uniforme del silencio
la efusión limitada de la intensidad,
el mismo juego del viento
y la esquirla del amor.

Las mismas palabras,
la espiral que no sacude
su propio cansancio,
la claridad que comienza de nuevo
su enigma permanente.

Repetir las mismas palabras
por estas largas vías despobladas.

Y respirar bajo el cielo
como una vieja piedra muda.