lunes, 5 de marzo de 2012

Sobre la novela


Nunca fui, ni he sido, un lector asiduo de novelas. Desde mi época escolar, hasta llegar a la época universitaria y la hora actual, salvo contadas excepciones, muy de mi gusto, o por las necesidades inexorables que el medio educativo imponía y sigue imponiendo –después de todo, me gano la vida haciendo clases-, mis expectativas de lector siempre se han dirigido, primero hacia la poesía y luego hacia ese tipo de prosa llamado ensayo. Incluso, durante mucho tiempo, (mal) influenciado por esas lecturas juveniles de los poetas simbolistas franceses, intentaba huir como de la peste de todo aquello que se asomase a la posibilidad misma de ser, llamarse o pretender vivir dentro de la circunscripción autodenominada como “novela”. Entre leer, por caso, Cien años de soledad o Altazor, mis predilecciones iban siempre por la fantástica construcción verbal de Huidobro que por los devaneos imaginativos de García Márquez. O entre leer, por caso Ulises o El arco y la lira, las especulaciones de Octavio Paz siempre me atraían con esa prosa envolvente, entre taxativa y meditabunda, entre la certeza de la opinión bien dada y segura de sí y la incertidumbre de sus convicciones puesta a prueba por su propia enunciación.
Ahora que menciono todo esto, me parece una tremenda ironía el que tenga como propósito durante este año 2012, ir subiendo al blog las impresiones, los apuntes y las observaciones que me han causado un puñado de novelas después de varios años de lecturas. Pero no se piense que esas impresiones, apuntes y observaciones constituyen un atisbo de crítica literaria o que dan cuenta de un repertorio amplio y “representativo” de un supuesto “lector avezado”. En absoluto, pues en primer término, porque tal como se practica, hoy por hoy, la crítica literaria en nuestro país, en la mayoría de sus manifestaciones, tanto en medios académicos como periodísticos, me parece, por lo suave, una broma de mal gusto en una fiesta de desequilibrados que se prolonga sin atisbo de terminar nunca y, en segundo término, porque mi repertorio de novelas leídas es escaso y muy puntual. Jamás me compararía a ese tipo de lector al modo de mis amigos Álvaro Bisama, Lorena Amaro o Gerardo Balverde que, Dios mío, manejan un abanico de lecturas en torno a autores, obras y tendencias, realmente impresionantes y ante los cuales, yo, simplemente, palidezco como un mero aprendiz. Por ello sería equivocado atribuirme opiniones “representativas” acerca de, digamos, novelistas actuales, tanto chilenos como hispanoamericanos, hasta europeos y norteamericanos. Nunca he deseado escribir acerca de lo que desconozco, sino más bien siempre he pretendido escribir acerca de lo que me atrae y conozco y, en ese sentido, si mis lecturas son muy específicas, excéntricas o evidentes, pues la idea no es hacer una “historia o reseña de la novela actual” vía blog. Para nada: se trata de algo tan simple como de ir apuntalando mis impresiones en torno a ese puñado de novelas que me han marcado en la constitución imaginativa de mi propia escritura, como en la idea que me he ido haciendo acerca de lo que creo debe ser o no una especie de texto tan traído y llevado como es, justamente, la novela. Pues en esto, pienso que no hay dogma, sino simples lineamientos para intentar entrever un “algo” -¿el sentido, la paradoja, la realidad?- que nos avasalla, nos hiere o nos deja meditativos.
Librados, además, de todo prejuicio “vanguardista”, “apocalíptico” o “postmoderno” que ha delirado ya tantas veces con el fin del arte, el fin de la modernidad, el fin de la novela, el fin de las formas y el fin de los relatos…pues no queda sino la sonrisa irónica o el silencio de la vergüenza ajena. Por carácter y formación, prefiero lo segundo y, en ese sentido, lo que uno pudiese decir o escribir es un grano de sal que, de todos modos, no niega el placer de rebuscar en los pasillos laberínticos de las obras que son de su fruición, esa llamémosla así, “iluminación” que hace tambalear por un instante la seguridad de nuestras intuiciones o certezas. Como diría el viejo Bloom: esas lecturas nos enrostran la experiencia de la extrañeza radical. Y si es que va quedando algo de experiencia, algo que aún pueda ser vivenciado como experiencia, pues pienso que la lectura es una de esas cosas y, sobre todo, si es de alguna de aquellas novelas sobre las cuales pretendo garabatear unas cuantas palabras durante este año. 
Como manifestaba líneas más arriba, mi repertorio es limitado, aún más, muy específico y circunscrito a experiencias varias que tienen que ver con la psicología profunda que cada uno de nosotros posee en su interioridad, así, ¿por qué tal o cual novela y no otra?, ¿qué criterios avalan la elección misma de todo este material? Adelanto que no hay respuesta satisfactoria para esas interrogantes, a menos que elevemos el placer a categoría analítica y suspendamos el juicio. Simplemente es lo que me ha tocado leer, lo que me ha asombrado, conmovido, enajenado o que también me ha hecho sonreír y mirar melancólicamente nuestra incapacidad de conocer y el heroísmo cruel que hay detrás de eso.
Un repertorio muy circunscrito: manera de relativa elegancia para referirse a obras que marcan obsesiones y tendencias. De aquel modo no puedo dejar de pensar que buena parte de las novelas que son mi obsesión, representan una instancia imaginativa de difícil aprehensión. Por un lado son testimonio de ese mundo llamado alguna vez Mitteleuropa y que hace tema de su escritura el ascenso y la caída de una sensibilidad arraigada en la vieja tradición del Sacro Imperio Romano Germánico –algo mucho más amplio y vasto que Alemania o Austria- y que fue, ciertamente, una especie de laboratorio espiritual de todos los logros y también desastres de la cultura occidental en el transcurso del siglo XX: ahí se dan cita la erudición y la vulgaridad, la sofisticación y la barbarie, el más sutil espíritu científico y el más pasional fanatismo, la enfermedad de la razón y el peligro iluso de su recuperación, la nostalgia más decadente con el desprecio más vigoroso a  lo que se llamara  futuro, el desdén aristocrático por la vida y el anhelo irracional por vivirlo todo. Por otro lado, idea que me fascina y que hallo capital a la hora de las elecciones afectivas, el bajo ostinato de toda esa amalgama de cosas, es el espíritu de la música que flota invisible o manifiesto entre las mejores páginas de todas esas novelas, otorgando un marco de referencia ineludible a toda una sensibilidad epocal de la que, sin duda, aún hay entre nosotros, manifestaciones y guiños, por más ocultos que estos estén.

Estas novelas y sus autores respectivos, dibujan un espacio imaginativo repleto de claroscuros, llenos de tics de abolengo cosmopolita en el más amplio sentido del término, intentando aglutinar una herencia cristiana, judía e ilustrada. Un espacio imaginativo moroso y donde no es posible, más bien, imposible, la lectura unilateral, donde la moralidad es puesta a prueba con esa curiosidad que posee no sólo el espíritu científico, tan propio de la modernidad centroeuropea desde fines del siglo XVIII, sino también la aguda mirada de sospecha que dentro de sí lleva la pasión por el arte y la belleza. Aquella pasión, a veces música, otras ensueño, otras intensidad vital, es la que marca la diferencia entre una y otra novela a mi modesto parecer. Pero sería un error buscar en ellas esas leyes causales que nos explican en una sociología barata motivaciones de una densidad psicológica y existencial que son difíciles de aprehender. Lo irónico es que para eso, estas novelas son la mejor forma de aprehensión posible de una sensibilidad multiforme y que marcan con sus diversas experiencias los límites de la comprensión.  
A fines del siglo XX y principios del siglo XXI, novelistas como Thomas Bernhard y Milan Kundera, ensayistas como Claudio Magris y cineastas como István Szabó, entre otros, han mantenido vivo en sus respectivas obras ese espíritu que mal he dado en describir.
Y bien, los autores y novelas sobre las cuales iré paulatinamente subiendo esos apuntes y notas son Elías Canetti y su novela Auto de fe; Hermann Broch y La muerte de Virgilio; Robert Musil y El hombre sin atributos; Franz Kafka y El proceso; Joseph Roth y La marcha Radetzky; Hermann Hesse y El juego de los abalorios; Thomas Mann y Doktor Faustus y Robert Walser y Los hermanos Tanner, sin olvidar, por supuesto, la prosa de Bruno Schulz.
Trataremos de ser fieles a esto: quizás agregue otra novela u otros autores o quizás hasta haga alguna variación sobre este tema, escribiendo, a lo mejor, sobre esas novelas raras o excéntricas que sólo los poetas nos pueden brindar: Rilke y Los cuadernos de Malte Lauridds Brigge, Pasternak y Doctor Zhivago, por ejemplo. En fin, el asunto está trazado y veremos cómo va pasando.

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