lunes, 31 de diciembre de 2012

Este año 2012, pasaron muchas cosas, varias de ellas inesperadas y otras, tristes y curiosas. Pero sin duda, una de las que más impacto o relevancia tuvo para mí, fue el fallecimiento en agosto, del poeta Ennio Moltedo. 
En su momento fui incapaz de escribir alguna nota o alguna palabra que tuviera algo de sentido. Su pérdida para mí y para varios, nos dejó, literalmente mudos.
Sin embargo, no deseo concluir el año, sin subir al blog, un poema que escribí hace un tiempo y que tiene al autor de Concreto Azul como protagonista...o eso creo yo al menos.
Espero que los lectores que vean esto no encuentren el poema demasiado malo. Lo irónico de esto es que me parece un texto sincero. Sea como sea, me despido de este año 2012 con este poema dedicado a Moltedo.


Elegía para Ennio Moltedo

En este derrumbado cielo de agosto, cuando la noche viene a interrumpir
al tiempo que se hallaba fuera del tiempo como un furtivo cazador de madrugada
y con esa llovizna que vuelve legible la palidez de otras tumbas
cuando en el horizonte el mar intenciona la desolación
de nuestra frágil conciencia y se hace verosímil
aquel estremecimiento que decía bien, mis ojos ahora descansan
y la incertidumbre sólo era como la humedad de la brisa
y ya no una palabra que hubiese significado en algún poema tuyo
una interrogante frente al misterio y no la pausada
pero firme aseveración pronunciada por la muerte
es entonces cuando las comparaciones se vuelven odiosas
y el eco de cualquier lamento llena el espacio como el tartamudeo del agua
que se inclina ensimismado desde la lejanía de un mar abolido.

Pero tú sabías más que todos nosotros que el mar es el misterio
que pregunta por la insuficiencia de los días,
tú podías comprender que el enigma aguarda entrar en el círculo
de las significaciones posibles como ese alcatraz que dibujaste
a mano alzada en los pliegues de tu escritura
o como esas evocaciones infantiles donde, más que inocencia,
había asombro, una sensación pasmada por ese presente eterno
en que el sabor de unas frutillas o la sombra dulce de un aromo,
eran tregua para un verano que se prolongaba más allá de la trizadura
de nuestras imágenes que, hoy, hemos perdido a sangre y miedo.
Como en una fotografía que no lo es en su claroscuro
el vaso de leche, el juego con hermanos y primos, las golosinas
otorgadas como promesa para después del Angelus
y todos esos elementos que ahora se nos han hecho imposibles,
habitan entre tus palabras, queriendo ser más que palabras:
quizás la certeza de esos años que nos atormentan por su transparencia
y que en su origen eran cosas palpables como experiencias del mundo
que no requerían explicación alguna; cosas donde la nostalgia
no tenía cabida y el lenguaje tenía pretensiones más modestas,
más sencillas, pero tan verdaderas como un apretón de manos
o la delicia de un dulce de mazapán
o las aventuras que narraban London y Salgari.

Ahora, en extraña simetría entre aquel instante y la consagración presente
este derrumbado cielo de agosto atestigua a esas nubes
como la tibieza aclaratoria de un vendaval inminente,
atestigua nuestro silencio más por impotencia que por hastío,
como si la evasión a que obliga la angustia fuera un requisito para vivir
la necesidad de un idioma que no despertara mutilado por sí mismo.

Con esta llovizna que vuelve legible la palidez de otras tumbas
toda interrogante evidencia la insuficiencia de los días
haciendo cumplir la ley inexorable que ni el mar sabe comprender.
Así, mientras quienes te debemos alguna palabra, balbuceamos inquietos
la posibilidad del error o nos encerramos en el mutismo
de una realidad desquiciada, un niño en la arena de una playa
dibuja un muelle, una manzana o una gaviota
sabiendo que este melancólico mediodía sólo será la ceniza del invierno.




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