domingo, 17 de abril de 2011

En el leer se encuentra el escribir

¿Cómo caracterizar la escritura ensayística? Quizás una forma posible sería comenzar a través del viejo modo que nos enseña la teología negativa: ilustrando lo que no es.
De aquella manera pienso que todo ensayo no pertenece a una instancia de conocimiento positivo acerca de los temas y autores que abordan y, por lo mismo, si bien algunos han rozado la frontera del mundo académico o, aún más, se han instalado en su circunscripción, nunca han pretendido adentrarse en su debate con el afán de contribuir a su esclarecimiento. Lo que uno pueda decir acerca de Novalis, Rilke, Webern, Anguita o Huidobro, por mencionar algunos protagonistas de ensayos imaginarios que me gustaría leer y escribir, creo que agrega poco o nada nuevo al voluminoso edificio babélico que Georg Steiner ha denominado alguna vez como literatura secundaria. Por ello me parece advertir que un ensayo no es un estudio en el sentido corriente del término, es decir, aquel sentido al que nos tiene acostumbrados el ámbito universitario como signo de profesionalización intelectual y que hace, precisamente, de la palabra estudio, un eslabón más en el camino hacia el tratado o la definición que se proclama certera o lúcida. Es por eso que el ensayo no quiere abrir de modo directo o indirecto el horizonte de expectativas de significado que sí sería deseable en intentos de mayor consistencia sistemática o con una apoyatura crítica al uso. Respecto a esto, Martín Cerda en La palabra quebrada aseveraba algo que considero preciso y definitivo:

El ensayo está, de este modo, siempre “atado” al objeto que lo ocasiona (libro, obra de arte, “forma de vida”), pero, a la vez, siempre lo sobrepasa sin llegar nunca a la fría perfección del sistema. El ensayo es, en otros términos, siempre ocasional, en el sentido que está regularmente ocasionado por un objeto, y, al mismo tiempo, provisorio, en el sentido que no cesa nunca de buscar la forma cerrada del sistema. Esto explica que en cada ensayo donde los demás descubren valores, verdades, ideales y certezas, el ensayista sólo encuentre problemas, incertidumbres y despistes.

No es necesario ampararse en tales argumentaciones o en otras para dar una eventual “precisión explicativa” a lo que es la escritura ensayística: es producto, ciertamente, de la motivación ocasional a la que hace referencia el texto recién citado, ya por la exterioridad de su origen (apuntes de clase, conferencias o solicitudes eventuales del mundo académico), ya por la motivación gratuita de la reflexión permanente. Además, ese tipo de escritura no busca la exactitud del conocimiento, sino las coordenadas deletéreas de la fugacidad lectora que anidó en nosotros y levantó su casa para quedarse más allá de sus propias expectativas.
            Por supuesto que no anhelo definir este género anfibio para justificar un tipo de escrito de extensión e interés diverso. Pienso que hace falta una dosis de fina ironía anímico-estilística para llevar a cabo tal proceder, cosa que, por lo demás, importantes y significativos autores poseyeron de modo genial e insuperable, estableciendo así las coordenadas de comprensión necesaria para esta peculiar  forma textual. De esto se deriva, por otro lado, algo a mi parecer, en extremo obvio, pero que siempre se nos escapa u olvida: pues que sería redundante enumerar a esos maestros de la escritura que, por ser tales, se muestran en una gama de opacidad y transparencia únicas y que, por lo mismo, dejan en claro la aguda percepción que implica el ejercicio lector. Sin embargo, nombrar es también un modo de agradecer y de dejar constancia de fervores asumidos en la más íntima solicitud del silencio o la soledad. Me parece que si nombrara a Georg Lukács, Theodor Adorno, Walter Benjamin y J.M. Coetzee entre los europeos y a Martín Cerda, Luis Oyarzún y Clarence Finlayson entre nosotros, aquel agradecimiento, incompleto, sería el atisbo de una felicidad de rara factura, una felicidad que no teme desdeñar la alegría y muy afecta al deslumbramiento. Se hace evidente que aquel deslumbramiento es una vivencia (Erlebnis) que va unida a esos instantes que –no me cabe ninguna duda, imposible son de calibrar racionalmente- hacen posible la transfiguración del sentido, la exploración abismante de la subjetividad o el esclarecimiento de un orden al cual no habíamos arribado aún en nuestro ejercicio perceptivo. La única analogía de relativa concordancia podría ser aquella que brinda el oír por vez primera música absoluta (es decir, sin la intervención de la voz humana o de algún sonido de la naturaleza). Pero tan certera, como a la vez pobre comparación, se nutre de esa tragedia secreta que adivinamos al sólo plantearnos la posibilidad de llevarla a cabo: la lectura siempre será un volver atrás, siempre será un zigzagueo de nuestros ojos en la letra, siempre solicitará nuestra atención como concentrada disposición y, por lo tanto, mostrará su vulnerabilidad al instante de evidenciarnos poco fieles hacia su requerimiento.
            En cambio la música intervendrá intensa y única en la continuidad que le hace ser ella misma y que nos enrostra nuestra pertenencia al tiempo. En el oír música no existen segundas oportunidades para intentar descubrir el sentido, es siempre un devenir instaurado como ritmo, melodía y fugacidad, cosa que la convierte en algo irrepetible y, en gran medida, ausente al mismo segundo de ser enunciada. Pero en esta dicotomía entre el leer y el oír, más allá de atisbar una profunda perplejidad entre la tragedia del instante y la permanencia de la letra, creo que es posible rastrear un ejercicio de traducción que no se reduce a una antinomia irresuelta, ejercicio que se expande como consideración fecunda del trasvasije imaginativo-existencial de las producciones del arte y de la vida que llevan en su más profunda interioridad aquella marca ineludible: la lectura como traducción, pero no cualquiera, sino del modo en que lo manifestaba un poeta como Novalis, es decir, como Verändernd, en otros términos, como traducción transformante. ¿Qué querría decir esto? Pues que en el oír y en el leer, despegados de todo contenido que certifique su individualidad, de todo contexto histórico o psicológico e, incluso, de toda constricción formal, se eleva el objeto de la meditación al estado de símbolo, en otras palabras, a una imagen pura de sí mismo, imagen que conlleva procesos de identificación, rechazo, complemento y comentario. Es de aquel modo que en la fluidez del narrar, el talento poético se trasforma en la melodía del alma, en la visibilidad del ritmo que la música manifiesta como autoconciencia invisible de sí. Quizás por ello, pienso entonces, que a la escritura ensayística es posible remitirla, en la diversidad de su índole y origen, a un tema común, obvio y explícito: al tema que hace de ella ejercicio de entendimiento para captar al lenguaje y a su sombra, el silencio, teniendo evidentemente a la música como el bajo ostinato que subyace ondulante en su despliegue. ¿Una POÉTICA? En la medida que manifiesten las mismas obsesiones que los hermanan con los poemas que nos han sido dables leer  de cientos, de miles de poetas de todas las latitudes y tiempos imaginables, pues es muy probable.
            En algún lugar de aquel libro maravilloso que es El alma y las formas, el joven Georg Lukács decía que hay vivencias que no podrían ser expresadas por ningún gesto y que, sin embargo, ansían expresión, vivencias que hacen de la conceptualidad algo sentimental (al modo de Schiller), es decir, como realidad inmediata, como principio espontáneo de existencia. ¿No estaba refiriéndose acaso el pensador de Budapest a ese ejercicio transformante y transformativo que nos hiere amorosamente, como a Santa Teresa, y que se devela en el leer-oír? Escribir como agradecimiento del leer-oír es, sin duda, una especie de Verändernd.
Ahora, en esta tarde de otoño, serena y plácida, mientras oigo tras la mampara los acordes iniciales de la Cuarta Sinfonía de J. Brahms, viene a mí el recuerdo de esos encuentros infinitos de fervor lector que incitaron en desmedida ingenuidad, una respuesta. Todo ensayo lo es y ciertamente la impresión que aquella vivencia trae a lugar sólo la puedo decir con un cultismo que encierra de modo opaco lo que la música de Brahms expresa muchísimo mejor: melancolía.



                                                                                             









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