miércoles, 1 de junio de 2016

En la lengua de Goethe

Uno no sabe en realidad las cosas que puede encontrar por internet. Navegando sin prisa encontré para grata sorpresa mía una nota sobre una reciente antología de poesía alemana traducida al castellano: El fin de la afirmación, antología de la novísima poesía alemana, recopilación efectuada por Timo Berger y Carla Imbrogno y editada por 27 pulqui, una nueva microeditorial trasandina. Este libro fue presentado en la reciente Feria del Libro de Buenos Aires, hace algunas semanas atrás. Es producto del trabajo del Taller de Traducción que viene realizando Timo Berger desde 2014 y que ciertamente es una labor interesante para atisbar algunas voces de lo que se está escribiendo en la lengua de Goethe. Mientras me agencio tal libro, comparto con los lectores de este alicaído blog, algunos poemas de estos jóvenes poetas alemanes.  



Katharin Schultens (Kirchen, Sieg, 1980) Versión: Cynthia Erica Quirós

hidden liquidity
en principio esta mesa está abierta a infinitas posibilidades
y siempre se filtra por las grietas un fluido
cuando algo no está (o no del todo) sellado. quizás
se acumula sin querer hasta que se diluye
como soledad: su carácter es gotear.
en qué momento exacto comerciar se vuelve líquido. ¿tengo que comerciar
para ser líquida? ¿son ser líquida y el comercio
lo que me sostienen?: un detalle. es –por regla– solo un
detalle el que nos separa. suspenso ineludible:
decir que necesito algo. tengo que tener: es única mirada sobre mis
botas. curva. temblar. delirio. nuestro ojo tiene
que palpar cuero imaginario sobre lo que después fijamos
lo que deseamos. importante: nunca sepas el precio
si sabés el precio se pierde la tensión. vos también jugás.
vos también gastás. vos apostás como si en esa mesa.
(estoy sentada debajo: te alcanzo las pieles de conejo)
tampoco conocemos nuestro volumen. eso se determina
al final. en qué moneda, da lo mismo. mientras uno cuente


Max Czollek (Berlín, 1987) Versión: Nicolás Cortegoso Vissio

Puente sobre el drina
durante un pase se ha
hecho otoño
en visegrad
las casas lucen
orificios de bala como pecas
campos de cruces curtidas
a la vera de las calles

recogé la siembra
quien ha quedado solo
envasa el recuerdo
en frascos al vacío sella
con cera y alambre
en los árboles las granadas
luminosos puños de niño


Lidia Daher (Berlín, 1980) Versión: Mario Caimi

Otra vez los días se van haciendo más cortos

Así como el silencio, más largo, aunque no más bello.
Como si, poco a poco, algo se hubiera terminado.
Algo que no se le puede pedir al vecino.

Falta algo importante, y falta que uno se atreva a hacer ruido.
Incluso con otras palabras esto no sería una canción que
alguien cantara para ti y contra su propio silencio.

Qué se podría decir del polvo sobre los párpados
del despilfarro de la nada, de las costas de la luz
sobre los techos oscuros. Sentados debajo,

preguntamos a las tejas por sus junturas y las tormenta
y la quietud que viene después. Por lo que
está en el aire. Tenemos que aprender este asunto

de estar solos. Como se aprende del sol, o
la lluvia, cuando la luz se refracta en las gotas como

una esperanza, balas alas de los gallos de las veletas

domingo, 15 de mayo de 2016

Poesía e identidad: breve aproximación a la poesía de Sergio Muñoz Arriagada.

Cuando nos acercamos a la poesía no es raro que busquemos en sus imágenes y palabras cosas que, creemos o intuimos, sólo ella puede otorgar. Tal vez no la seguridad de una respuesta, pero muy posiblemente una especie de orientación, alguna pista cifrada o, en el mejor de los casos, un develamiento que nos ayude a comprender quiénes somos. A veces un poema nos descubre de otra forma, permite vernos a nosotros mismos de un modo insospechado o nos deja pensativos acerca de lo que creíamos cierto y seguro. En algunas ocasiones –en casi todas más bien- el poema no es esa tierra firme que nos salvaguarda de nosotros mismos, a lo más es un puñado de signos a la deriva que, en su extraña fidelidad, nos acompaña a la intemperie. Así, las preguntas que rondan en sordina nuestra conciencia, de pronto, en virtud del poema, se materializan de manera inusitada. Indagar y preguntar sobre eso, es decir, sobre aquello que nos constituye en aquel halo que habla por nosotros y sobre nosotros para intentar apreciar, asimismo, qué hay en el nombre que nos designa y por qué aquello es así, es algo que ha fascinado –estremecimiento y horror unidos- a decenas de poetas. En su hondura y exigencia, la poesía nos invita a plantearnos frente a nuestra propia efigie ya para reconocernos, ya para iniciar una aventura que nos lleve en pos de nuestra propia búsqueda. A veces la invitación que se nos hace para aquel viaje insondable no trae pasaje de vuelta. Pero sin duda, el vértigo de esa experiencia redime de cualquier amparo. Tal vez a eso aludía Novalis cuando manifestaba que el camino misterioso siempre se dirige a nuestro interior, pues el deslumbramiento de apreciar nuestra propia intimidad con sus abismos y maravillas es, primordialmente, un punto capital para comprender el fenómeno poético en su más amplia lasitud. En el fondo, la poesía pone en escena la pregunta por nuestra identidad y los conflictos que ella posee para verse a sí misma y para rastrear su origen o ulterior despliegue.
Creo que esta sencilla reflexión es pertinente al momento de plantearnos la lectura de algunos poemas de Sergio Muñoz Arriagada (Valparaíso, 1968), poeta que a través de los años ha ido escribiendo, sin gesticulaciones llamativas, ni con gestos erráticos, una obra que me parece concienzuda y clarificadora, atenta a la evolución de su propio lenguaje y ajena a todo vendaval de exposición tan al uso y que, en su silencio, permite adivinar una visión que pone en primer plano justamente a la poesía como identidad, más bien, a la poesía como indagatoria problemática para afrontar la identidad. Pero ¿qué hace que esta poesía no haya sido abordada con el cuidado que merece?, ¿qué hace que esta poesía haya sido apenas leída, al menos en los conciliábulos críticos más sagaces?
Parece evidente que a estas alturas, donde el nuevo siglo avanza veloz, se puede apreciar que durante los años 90 del siglo pasado y durante el primer decenio de éste, una serie de libros personales, antologías y publicaciones diversas –revistas de formato y hechura disímil, nacientes páginas electrónicas- pusieron en circulación una serie de nombres y más que nada, una serie de poemas que casi al instante de su aparición, fueron rotulados con mayor o menor fortuna como “poesía de los 90”. A partir de ahí, mucha agua ha pasado bajo los puentes imaginarios de la poesía escrita entre nosotros. Y más de alguna vez esas aguas han sido turbias, opacas o demasiado veloces para calibrar su eventual transparencia o su trasiego de inverosímil heterogeneidad. Pero han pasado los años y “los de ayer, no somos los mismos”. Algunos poetas de aquellos plazos, sobrepasando ya los 40 han guardado silencio o dejaron de publicar –no sé si de escribir-. Sus apariciones mediáticas en lecturas, foros o polémicas artificiales han disminuido proporcionalmente respecto a poetas más jóvenes que van a la palestra de ese Moloch mal llamado “poesía chilena”. Otros con silencio, paciencia, tesón o escepticismo, con una singular indiferencia del medio, siguen cada cierto tiempo haciéndonos entrega de sus libros. A veces en ellos hay poemas que relucen una prestancia verbal o imaginativa que ya uno quisiera. En otras ocasiones vemos que el arco que dibujan es amplio y da para todo: se persiste en escribir de un modo idéntico a sí mismo en un gesto de fidelidad que deja pensativo o hay un afán por ver, explorar o registrar en cada libro nuevo, algún recoveco de experiencia que amerite ser enunciado. Otros se han visto a sí mismos como “escritores” y se han volcado al cultivo del género novelesco. Algunos con mayor éxito o resonancia que otros. En todo caso con mayor eco público –aparentemente- que si hubieran persistido en la fidelidad de la musa. Por otro lado, mientras una serie de comisariatos críticos y poéticos en aras de su propio posesionamiento -cosa legítima después de todo para quien, en nuestra época de “espectáculo integrado”, desea volverse velozmente canónico o académicamente rentable-, decretan y denuncian ukase tras ukase el fin, la nulidad, el vacío o el desenmascaramiento justiciero de la irresponsable impostura de conciencia cívica de todos esos poetas y sus poemas durante la postdictadura, emergen sin preámbulo y totalmente fuera de libreto por acá y por allá algunos nombres “rezagados” que nunca estuvieron en primera línea durante todos estos años y cuyos poemas son muestra inequívoca que el asunto es mucho más complejo, variado y disímil. Hay poemas que hacen tambalear decretos críticos y nos hacen leer otros poemas con una mirada más rica. Como también nos hacen olvidar lo que creíamos era valedero en alguna lectura de años atrás.
Sin duda que lo escrito por Sergio Muñoz Arriagada obedece a ese último apartado, es decir, a esas escrituras que siendo relevantes, por su misma impronta o por su gesto silente, rara vez han entrado en los procesos de circulación legitimadora que, en tantos otros casos menos felices, siempre han sido generosos hasta el hartazgo. Ni la perspicacia crítica de lectores avezados como Cristian Gómez Olivares, Marcelo Pellegrini, Carlos Henrickson o Jaime Pinos –por mencionar un puñado de nombres de poetas/críticos coetáneos a Muñoz Arriagada y cuya solvencia lectora me parece indesmentible- ni la aparición secuencial, espasmódica y hasta torrencial de revistas, antologías, lecturas, encuentros o foros, pródigas al tutti cuanti con autores de diversa procedencia, calidad o densidad, han podido o querido dar cuenta de la trama que articula lo mejor de la poesía de Muñoz Arriagada en un lapsus que va desde mediados de los años 90 hasta el presente. Si bien es tentador elaborar un mapa de preferencias, temas o motivos que se dejan entrever en la poesía de este autor porteño, lo cierto es que por ahora es pertinente leer lo que su propio escrutinio ha decidido hacer público y esperar que prontamente su numerosa obra inédita, vea la luz. En ese entendido quisiera tentar un acercamiento que es meramente aproximativo y aún provisional.

                                                       II
Sergio Muñoz ha publicado hasta ahora, tres libros: Lengua muerta (1998),  27 poemas lengua en blues (2002) y Lengua ósea (2003). Libros de tiraje pequeño y en editoriales más o menos recónditas, su divulgación se ha efectuado en lecturas y conferencias o simplemente de boca en boca entre conocedores y curiosos.

Pero más allá de estos datos, Muñoz Arriagada ha ido desarrollando una visión particular y característica que instala en primer plano el acucioso y sugerente tema que referíamos: la poesía como identidad. Una aseveración como esa, directa y sin ambages, puede sin embargo, suscitar equívocos al lector desprevenido, formado aún en el romántico arquetipo que conjuga vida y obra o poesía y personalidad sin mediación alguna. Con aquellas prevenciones en mente, la lectura de esta poesía se nos abre como un decir que pregunta por el origen, que ve en el origen lo problemático de la identidad. En aquel sentido, al menos dos títulos de Muñoz Arriagada son significativos: Lengua muerta y Lengua ósea. Pues lo que mentan no sólo es la eventual originalidad de un título, sino más bien una especie de marco referencial que hace o vuelve presente una identificación primordial: la lengua poética, la poesía es equiparable a la presencia física y cultural de lo que llamamos lengua materna, idioma o lenguaje. Pero asimismo es posible advertir una variación a esta idea y que apunta a que la lengua materna tomada como sustrato en su cobijo de toda aventura inventiva es náufraga al instante de consolidarse desde el sujeto que la enuncia como muerta, sin vida. Ahí existe una contradicción sugerente que no vuelve inútil el planteamiento de la poesía como acción, sino todo lo contrario, insta a reflexionar sobre qué puede significar la carencia y la lucha para enfrentar esa misma carencia: la lengua materna (el lenguaje, la palabra) no es un refugio donde se resuelva felizmente la inseguridad de un sujeto poético a la deriva, sino todo lo contrario, es el sitio donde existe el más alto abandono por estar ausente la vida.
Es de aquel modo que el sujeto de esta poesía, entregado al nacimiento, vislumbra no la vida, sino un escenario en derrota que hace tambalear cualquier asidero obligándole a rememorar un pasado previo a sí mismo para buscar una eventual conciliación de sentido o la construcción de un linaje que responda por él a sabiendas de la imposibilidad de cualquier certeza de significado. Como veremos, desde allí es posible trazar una eventual línea interpretativa que permita orientarnos en la significación primordial del proyecto poético de Muñoz Arriagada, sin desmedro de otras posibilidades a explorar en lecturas distintas. Por ahora resta ver esa línea que atraviesa su escritura y que encarna en instantes consagratorios identificables al menos en tres ámbitos: la identidad como pregunta por el origen, la identidad como memoria prelinguística, la identidad como linaje.

                                                       III
En la poesía de Muñoz Arriagada la identidad como pregunta por el origen puede ser entendida como una virtual fusión que hace equiparable el lenguaje (comprendido como lengua materna), la muerte y la poesía. En varios textos aquello es apreciable, fundamentalmente por el cuestionamiento de la escritura como muestra de su opacidad que no revierte en modo alguno como constatación de una singularidad expresiva que comprenda a su propio referente más allá de sí mismo. Si leemos el poema “Fugaz” del libro 27 poemas lengua en blues advertiremos una demarcación significativa de aquel cuestionamiento: “(…) la sombra anexa y su caída hacia el cuchillo/ minuto que tajo a tajo engendra el vuelo/ para este idioma tosco y con olor a herida/ para esta alquimia húmeda de nuestro espejo (...)” “(…) y aunque la muerte entra en esta cicatriz/ tibias de memoria/desnudan el juego las palabras/ con su carácter y símbolo (...)”. La cicatriz (¿la escritura?) es justamente puerta de entrada para la muerte que “desnuda” como “juego” a las “palabras”; juego que al parecer posee una única salida como se nos indica en el verso final del poema: “(…) ese silencio que amenaza con silencio”.
Observamos que en esta poesía el origen se ha vuelto mudo. No otorga certeza al sujeto para que éste se identifique. Va a la deriva en el océano de las significaciones, pero sin poder atrapar su eventual sentido en la tierra firme del signo certero que esperaríamos del poema como una especie de refugio ante la intemperie vital. Por otro lado tenemos en el libro Lengua ósea algo que constituye por sí mismo una ruta ardua y compleja en torno al desprendimiento de lo que se es en pos de una búsqueda: la necesidad de asir un nuevo nombre. Ciertamente no es el momento aquí de efectuar un escrutinio acabado y en detalle de lo que en este libro de carácter antológico se propone con esa necesidad que, sin embargo, delimita las fronteras del esfuerzo poético de Muñoz Arriagada en un intento que justifica por su propia desmesura, todo afán de articular un concepto de obra nacido desde la precariedad misma de la enunciación. Esa precariedad que revierte en Lengua ósea como uno de los libros más relevantes de inicios de 2000, es sin duda un ejercicio arduo que no se reduce a la mera caracterización de su contenido. Es más bien una ruta, un desafío lector y un singular testimonio de coraje poético de lo que implica hacer poesía en una época ágrafa y donde la nominación es puesta en entredicho dados los mecanismos de ocultamiento que han sido impuestos al lenguaje en nuestra sociabilidad civil y política. No puedo aquí “leer” la densidad que trae a lugar un trabajo como éste. Sin embargo, por aquel mismo carácter no deja de ser interesante indagar en un par de ideas básicas que pueden ser subsumidas al interior de la problemática del origen y que orienta lo provisorio de esta lectura.
En Lengua ósea hay un poema que me parece decidor para mostrar lo que se viene refiriendo: ese poema se titula “Postdata” y con él se cierra el volumen. Entre sus versos más relevantes, se nos dice: “(…) voy errático al olvido que se abre en la figura de estos pétalos/ mal vestidos de ritmo y noche (...)/ ¿qué somos? ¿quiénes fuimos?/ Uno no sabe (...)/ pálido viene uno a vestir el origen/ y lo viste con dolor y con furia/ masticando mil veces/ la ironía de un tiempo que nos vence/ ¿qué somos? ¿quiénes fuimos? (…)”
Estos versos nos muestran el problema que habita esta escritura y que revierte productivamente en la retórica que invoca y hasta constituye: el misterio del lenguaje y el misterio de la poesía como identidad y oposición. Así, el lenguaje más básico, más elemental, más palpable, lleva en sí un movimiento hacia su propia realización, pero vemos de modo simultáneo el esfuerzo de ese mismo lenguaje para liberarse de sí en la metamorfosis que implica el sentido al fijar las palabras en su propia incertidumbre en tanto configuración del poema como pregunta. La poesía como tiempo de la “noche” y por ende, como cuestionamiento de toda identidad, se vuelca sin apariencia, hacia su propio vacío que se vuelve una exigencia temible: qué de cierto puede haber entre la presencia invocada y su revocación como conciencia que se desliza desde sí misma autodisolviéndose.
Por supuesto que no pretendo entregar las claves interpretativas de un libro como Lengua ósea –tarea imposible y desmesurada-, pero creo que el problema del origen en sus poemas se agudiza y hasta diría que se radicaliza más allá del estigma biográfico que es tan fácil adosarle. En este libro, Muñoz Arriagada se encuentra a sí mismo no tanto como sujeto de una biografía poético-ficcional, sino como articulador de una propuesta que no teme verse como paradoja o contradicción.

                                                         IV
Si la poesía articulada como lenguaje resulta ser una lengua muerta al instante de enunciarse, ¿dónde buscar la identidad que sea plena? Responder esto al interior de los poemas de Muñoz Arriagada pareciera que significara emprender una indagatoria audaz a través de una memoria que se manifiesta allende las palabras. No obstante,  sabemos que eso es imposible, que nuestro requerimiento exige evidencias palpables –palabras- más allá de la desaparición del sentido. Por tal motivo me parece que en esta poesía, la escritura se convierte en evidencia fragmentaria de una identidad buscada a pesar de sí misma y que necesita “pruebas” que validen su naturaleza.
Por eso sale a luz una de las experiencias más decidoras de esta poesía: el encuentro con el otro y el desgarro del sujeto en relación a ese otro. En el trabajo de Muñoz Arriagada esa experiencia se materializa en poemas que efectúan una indagación a un misterio vivencial de difícil articulación y que por lo mismo, al manifestarse poéticamente como escritura, adquiere rasgos enigmáticos y dolidos: la experiencia de la hermana muerta al nacer. Ahí hay un tema fecundo y de hondura casi fantasmal, el que se despliega en los rincones más sinuosos de esta poesía y que ciertamente posibilita su acceso de comprensión. Pues el tema de la hermana muerta al nacer evidencia una concepción especialísima del problema de la identidad: la concepción del doble, es decir, la idea de un sujeto dividido que recuerda en la nostalgia su “otra mitad” ya inexistente. En la literatura universal este tema ha obsesionado a los artistas y creadores de modo afiebradamente productivo desde Antígona de Sófocles hasta las fascinantes indagaciones de ensueño y pesadilla de poetas románticos como Tieck y Hoffmann. Contemporáneamente el tema se hace presente de modo variado en numerosos artistas y poetas para quienes el problema del doble y de la virtual identidad dislocada son tema preferencial y hasta capital: Artaud, Apollinaire, Lawrence y entre nosotros, sin duda poetas como Eduardo Anguita, Omar Cáceres y hasta cierto Huidobro que podría ser leído desde aquella perspectiva contribuyen con su personal indagatoria al esclarecimiento estremecedor de esto.

Lo capital viene a ser, según nuestro parecer, lo siguiente: que en la poesía de Muñoz Arriagada la experiencia de la hermana muerta al nacer muestra una concepción del doble peculiar y diferenciadora: es la incomunicación, pues la poesía como lenguaje, como palabra, como habla implica en sí misma la muerte y por ende, entrega sólo rastrojos de evidencia. Ello está en contraste con algo de difícil comprensión y que tiene que ver, probablemente, con la fluidez del contacto originario en el útero materno en donde la armonía perfecta de un eventual sujeto andrógino no necesita o no le es dable el lenguaje para constatar su identidad. Por ello ésta, en tanto plenitud, es eso sólo en la medida que sea una identidad prelinguística y por ende no decible sino como palabra de finitud. Y como eso, al menos lógicamente es imposible, pues permite aseverar un modo de entender la poesía como la precariedad de un desgarro que no puede ser cauterizado por más que todos sus recursos léxicos, metafóricos e imaginarios, se presten para otorgar del mejor modo una rememoración que se vuelve casi inexpresable. Ahora bien, esto último es paradojal, pero poéticamente productivo y es posible apreciar que se enraíza en varios poemas muy bien logrados de 27 poemas, entre ellos “Placenta”: “(…) ese remoto afán con que persigo/aquel río irreal de maravilla/ que riega exactitud en lo que digo”; “Fugaz”: “(…) la sombra anexa y su caída hacia el cuchillo//minuto que tajo a tajo engendra el vuelo/para este idioma tosco y con olor a herida (…)” y “Jadis”: “(…) antes mucho antes de ser/ antes de hablar de esa mitad de uno/ que anda suelta que se hunde hasta el cuello/ del festín fetal del arrullo” (...). En estos poemas, como en otros, la misteriosa experiencia del doble, de su desgarro y de la poesía como “evidencia imposible”, hacen que lo planteado en la obra de Muñoz Arriagada sea un movimiento que se despliega más allá de sus motivos aparentes de cariz biográfico hacia una concepción acaso cierta de verbalizar lo improbable de toda experiencia.
             
                                                         V
Lo hasta aquí escrito muestra un ejercicio poético que hace presente una paradoja: la poesía en tanto lenguaje es una lengua muerta pues impide dar cuenta acabada de la identidad del sujeto que recuerda su pertenencia a un instante en que junto a otro(a) era uno en la vivencia de la armonía perfecta brindada por el silencio. Pero si esta poesía se plantea como imposibilidad (invitando acaso por ese gesto al mismo silencio a que la corone ya no como plenitud sino como mudez) cabe preguntar entonces si concluye en este límite. Mi lectura responde negativamente a esto. Ello en virtud de algo especial que anida, sino en la totalidad, al menos en varios poemas que revelan otro tema personal o biográfico: el tema de la descendencia, del hijo. Y acá hay que ser en extremo cuidadoso, pues una lectura apresurada de esta poesía nos podría llevar a lugares inadecuados que imposibiliten su propia comprensión, aquella idea expresada al inicio de estas líneas y que se refería a lo “personal” de los planteamientos de este discurso. En aquel sentido, los poemas de Muñoz Arriagada no son meros poemas celebratorios al nacimiento de un hijo por más que encontremos gratos y dulces sus eventuales intenciones. Eso sería errar estrepitosamente el paso. Es posible ver esos poemas en donde este tema se desarrolla más como un complemento ideal a la noción de identidad que sólo como testimonio biográfico.
En el poema que se inicia con el verso Tu llanto es literal...y que se encuentra en la sección “Alumbramiento” del libro Lengua muerta se puede advertir esto de manera ejemplificadora: “(...) se invierte en luz la penumbra/y envuelve cada vez la rota imagen/ que yo mismo rasgo en tiniebla.”
En aquellos versos, en ese poema en particular –síntesis de una sección relevante del primer libro de Muñoz Arriagada- volvemos a encontrar al sujeto desgarrado entre la memoria de una oscuridad prelingüística (realidad al fin y al cabo indecible, pero no menos significativa y lacerante) y el presente que apuesta a un desarrollo en pos de una luz que debiese reivindicar el azoramiento del sujeto que habita una rota imagen. Pero en este bello poema se introduce un matiz, el tema de la luz que deriva hacia la articulación del día como nacimiento del hijo el cual, según mi lectura, encarna o asume la nostalgia que llega desde una plenitud experienciada sólo como recuerdo y que él puede vivenciar sin fractura: “(…) no es tu voz la que triza el silencio del mundo/es la voz temblorosa de la especie y del tiempo/que yace escondida en medio de nosotros (…)/tu voz relampaguea como un aullido sin fin (…)”
Queda abierta sin embargo la pregunta por el linaje, por la descendencia que no sabemos dónde pueda enraizar adecuadamente. En este sentido la poesía de Muñoz Arriagada, al menos en los poemas de su libro final Lengua ósea (última publicación cronológica del autor), se retrotrae al cuestionamiento del nombre como posibilidad de abrir una brecha en el mundo de las significaciones y poder inaugurar así un espacio poético habitable en que la identidad sea otra.

Con lo hasta aquí expuesto, puede apreciarse que esta poesía es un work in progress y por tanto habrá que aguardar otras manifestaciones para apreciar cabalmente un proyecto de suyo atractivo e interesante que, justamente, en el lugar geográfico y político más autoconsciente del país (zarandeado con un discurso de fuerte identidad y autorreconocimiento vacuo: patrimonio, capital cultural, etc) propone desde una hondura existencial poco común, una serie de dudas casi fantasmagóricas en torno a quién se es y si ese sujeto cuestionador y caviloso posee asidero de raigambre real.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Dos notas de lectura: sobre Tala y Lagar de Gabriela Mistral

I
La triste y célebre frase de Pedro Prado sobre Gabriela Mistral –“madre y virgen”- y la lectura que de ella habían hecho críticos literarios chilenos como Alone y Silva Castro, nos la mostraba como madre, mujer altruista y sacrificada, como pedagoga infinita que se entrega a la renuncia y la soledad. Esa es la idea que se tiene de Mistral y su poesía en la década del 20 y hasta mediados de los años 30. Sin embargo, lo primordial no está en esas coordenadas, ni en la efigie que se desprende desde ahí a modo de monumento incontestable. La publicación del libro Tala, de 1938, en Ediciones Sur de Buenos Aires, desmienten férreamente esa imagen y establece lo primordial de esta poesía, fundando en este magistral libro un verdadero lenguaje mistraliano –otra cosa es ver hasta qué punto una y otra cosa –la efigie de la poeta y su poesía- se confunden en nuestro imaginario y aún si es posible separarlas. De todos modos, lo fundamental de ese “lenguaje” es un afán por intentar caracterizar lo que es lo “americano” y por otro lado y muy unido a ello, el ejercicio por cartografiar las cosas y el mundo como si fueran contemplados por primera vez. Tenemos que estar atentos a eso: en Tala se vislumbran esas virtudes para nada secundarias de la poesía de Mistral, aquellas que, ciertamente, encarnan ese ideal de despojamiento verbal y entrega fiel a la materialidad de las cosas contempladas y que, de modo muy agudo, habían ya advertido lectores privilegiados de Mistral como fueron los poetas Pablo Neruda y Gonzalo Rojas. Sobre los poemas de este libro, otro lector agudo de la primera hora mistraliana, el también poeta y ensayista chileno Luis Oyarzún, establece una línea de interpretación fecunda y decidora: la materia en la poesía de Gabriela Mistral tiene alma e idioma y habla con el lenguaje de la infancia o con el verbo de la pasión. Así, las diversas esferas de realidad están en Tala bien delimitadas, pero, aún sin fundirse, se abrazan mutuamente las cosas y el alma, y ésta, en expansión creadora, se derrama desde su centro y envuelve a las cosas minerales y vivas, palpándolas hasta sentirse a sí misma en ellas, sin deformarlas ni desnaturalizarlas, descubriéndose en ese ser extraño, como en las pruebas de cognición extrasensorial provocada
Ese acto como vemos implica hacer aparecer ante nuestra percepción las cosas tal como son, en una prístina manera de acercarnos a su naturaleza intrínseca. De aquel modo la poesía de Tala responde a esa necesidad casi genésica de reconocer las diversas materialidades que conforman las capas de lo real en niveles cada vez más sutiles y por, ende, misteriosos. Es como si en Mistral el descubrimiento notable de una aproximación ante las entidades del mundo para mostrárnoslas en su prestancia única, fuera la instancia que al parecer sólo la poesía puede lograr.
El gesto de lectura que se adivina en Tala nos insta a leer la poesía de Mistral como un discurso que hay que ir deshojando paulatinamente para admirar su intimidad más oculta como si en la desnudez de su lenguaje las cosas se nos revelaran en su propia particularidad: nada de artificios, ideas accesorias, ni malabares barrocos o neobarrocos, ni menos apología de tal o cual discurso de ocasión. Pareciera ser que en Tala las palabras que Mistral convoca para tejer su escritura, son una especie de sutil mecanismo de develación. Sin espacio para la culpa, ni menos viendo a la poesía como salvación de no sabemos qué cosa, ni menos como compensación de algo aproximado al pecado, la poesía de la Mistral se nos otorga como el discurso más apto para entender ese ejercicio de percepción paciente, solitario y callado, pero no menos severo en su economía y sobriedad, para hacernos palpable de una vez por todas que lo que llamamos “realidad” no se fundamenta trascendiendo al mundo, sino que es su pura presencia inmanente.


                                                       II
La publicación de Lagar en 1954, nos pone a los lectores de Gabriela Mistral ante una de las obras poéticas más portentosas del idioma en lo que fue el siglo XX. No tanto por el cariz experimental de su propuesta, ni tampoco por el temple transgresor evidente que se habría esperado de una obra lírica que convivió con las más diversas manifestaciones vanguardistas. En absoluto, en Lagar lo que es dable de rastrear con asombro y maravilla es el modo en que esta poesía, asumiéndose como un lenguaje tallado en la roca multiforme del idioma, se nos muestra siempre como una cordillera viva que ha enseñado ser la piedra fundadora de la imaginación terráquea. Hay en Lagar una manera de establecer vínculos hacia una sensibilidad oracular que entiende en su matriz una serie de elementos básicos, cuasi arcaicos, decidores en la búsqueda de su constitución poética: ahí se advierte la crudeza del sol cordillerano, los ojos de la poeta que se ve a sí misma como habitante animal de una temperatura ardiente expuesta en las latitudes rocosas de las alturas cordilleranas y que oficia un rito de purificación. La cordillera es madre, pero también cuerpo arisco de poseer y la poeta, tropezando, pero admirando y poseyendo las diversas texturas pétreas que le salen al camino, lleva a cabo una verdadera procesión para hacer suya esa energía elemental de las cosas que se manifiestan en su modo rústico, casi ajeno al lenguaje, pero que sólo tiene al lenguaje como forma de designarse en su errancia.
Mistral en Lagar es una piedra, en tanto acendrada por un rostro esparcido por multitud de espacios, como por ser la presencia que dispone en su prestancia “cordillerana” de vigor, soledad y piel caldeada ante el sol implacable de la naturaleza y del lenguaje, un punto de referencia ineludible para configurar su propia razón de ser, para asimilarse a esa identidad que hace de todo poeta y su escritura, uno solo en su amplitud física, en su amplitud material, donde cada palabra, y cada vocablo es una presencia granítica de logro y maravilla.
Ahora bien, siempre se ha hecho alusión en el mundo crítico a la “religiosidad” mistraliana: una mezcla muy belle epoque de teosofía, judaísmo, espiritismo, cristianismo católico y un vago orientalismo en sintonía con esa sensibilidad modernista de cambio de siglo que Amado Nervo y cierto Rubén Darío encarnan a la perfección, pero que tienen también en Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig sus cultores más eximios. Tal vez hay ahí igualmente esa predilección epocal, más allá de temas, por el agnosticismo que se aprecia, asimismo, en la mejor poesía de Pedro Prado, característica de un muy peculiar “espiritualismo laico” que busca, en los restos del simbolismo francés y del modernismo hispanoamericano, un modo de establecer un discurso alterno tanto a la ortodoxia cristiana como a la ideología positivista que hizo verdaderos estragos en la sensibilidad intelectual de principios de siglo. En fin, referirse a la sensibilidad metafísica y/o religiosa de nuestros poetas de 1900, es una tarea ardua y aún en ciernes. De todo ese mundo aún tan poco conocido por nosotros, lo que me importa acá es sólo insinuar que en ese contexto, Mistral adopta en Lagar un temple, una actitud que, a falta de mejor nombre, se le ha llamado como “budista”: una contemplación enraizada en sí misma que renuncia a las cosas en el instante mismo de aprehenderlas al constatar en ellas, en doble paradoja, puras apariencias y, por ende, engaños metafísicos, pero a su vez, una invitación a desentrañar la quintaesencia de ese vacío fundante que implica la contemplación de esas mismas cosas en su más intrínseca naturaleza. Creo que Luis Oyarzún intuyó eso de modo muy pertinente al referirse a la “experiencia espiritual de las cosas físicas” que se desprende de la lectura de los poemas de Mistral. A mi entender, será ahí donde se puede vislumbrar un vínculo no menor entre esa admiración que se tiene por aquel lenguaje tan mistraliano que se desea a sí mismo en su concentración pasmada y esa nada –vía Sartre, y Heidegger, pero también, probablemente vía Blanchot- que nuestra propia experiencia cultural y epocal ha asumido como parte primordial de su constitución contemporánea.
Es así que un libro como Lagar, nos conecta en un presente donde es muy probable que Mistral nos muestre la experiencia primordial de establecer en la paradoja de la aprehensión de las cosas –los referentes- un vacío que sólo puede constatarse como lenguaje: palabras que son fantasmas, efigies amadas que son sombras. Esa nada que llama hacia la disolución del sentido y que es quizás para Mistral fuente de sosiego y reposo.





miércoles, 6 de abril de 2016

La vida y el afán de forma. Sobre Pequeñas cosas de Gladys González.

En la convulsa, fragmentada y esquiva escena poética chilena de principios de siglo, cuando irrumpe intensa y polémica una generación de jóvenes autores que concibe como suya la vieja y novedosa exigencia de aunar vida y poesía –donde al parecer no basta el poema como condensación experiencial, sino como una explosión de lenguaje que pretende dejar caduca toda forma en aras de una singularidad vivencial- se hace imperioso invocar el instante y su rebelión contra todo aquello que huela a sistematización, categorización o equilibrio. La poesía como discurso juvenil, rupturista y disconforme. Menos una poesía de la experiencia que de una protesta por poseerla.
En esta escena la figura de Gladys González (Santiago, 1981) aparece con un vigor retórico e imaginativo personalísimo, siendo ella misma desde el principio: una efigie y una manera de mostrar la poesía en un maridaje indistinto que vuelve, en apariencia, difícil separar una de la otra. Sin duda que todo ejercicio poético que se precie, al menos desde que el poeta moderno posee autoconciencia en tanto sujeto adscrito a una construcción simbólica de sí mismo en la debacle de su contexto, inventa o al menos posibilita la construcción de su propio mito, de su propio relato mítico bajo las premisas epocales que le subyugan o provocan, no tanto para complacer o quedar en paz con esas mismas premisas, sino para criticarlas, subvertirlas o simplemente padecerlas en protesta por la ausencia destructiva de lo que la memoria guarda fragmentaria, ya como pérdida paradisiaca, ya como nostalgia infernal. Si pensamos que ese relato mítico es una elaboración figurada, de cariz alegórico alrededor de algún acontecimiento o asimismo un sujeto que aglutina tanto elementos originarios de la realidad como otros procedentes del imaginario colectivo, puede tal vez comprenderse la poesía de Gladys González –como lo ha señalado la crítica de Cristian Gómez, Lorena Amaro y Martina Bortignon cuyos trabajos, a mi parecer, son lo más perspicaz que se ha escrito respecto de esta poeta- como una sugerente elaboración de un mito personal que combina elementos biográficos, ficticios e imaginados en una densa trama textual que hace del personae de sus poemas, un sugestivo protagonista que, de alguna manera, se adjudica registros de malditismo y una sensibilidad urbana muy característica.
Es así que, en una primera lectura, aquella personae sin duda establece concordancias temáticas, espaciales y hasta verbales con buena parte de lo escrito por los poetas de su misma hornada. En este sentido la poesía de Gladys González, como la de sus congéneres, pone el foco de su atención en el descalabro del paisaje urbano en tanto analogía del descalabro personal, obteniendo así lo mejor de sus logros expresivos. Y si bien aquello es rastreable para cualquier lector que efectúe un ejercicio antológico de los poemas habidos entre 2000 y 2010 -por poner un marco temporal arbitrario, pero reconocible-, esa aseveración podría haberse dicho de muchos/as jóvenes poetas de aquellos plazos sin mayor distinción y menos con alguna especial diferenciación. ¿Leemos entonces para constatar un sentir epocal –el Chile de principios del siglo XXI-?, ¿acaso como prematuro adiestramiento arqueológico de una pretendida sociología juvenil devenida, hoy por hoy, mera documentación, “fuente”, “texto etnográfico” y, por ello, pasto para análisis culturalistas o sociológicos? ¿Cómo volver entonces a leer la poesía de un instante que registra a ese mismo instante sin hacer caducar sus referencias? Creo que la singularidad de la escritura de González, con el correr de los años, en vez de difuminarse, se ha consolidado de manera tal que mencionar su nombre y sus poemas, implica por antonomasia, referirse menos a esa personae que habita lo mejor de su escritura que a un estilo, a una forma, a un modo de aprehender el lenguaje y hacerlo brillar en la opacidad de las tragedias íntimas y hasta mínimas que hacen del cotidiano una ordalía de sobrevivencia en esta poesía.
Es por eso que la publicación en 2015 de Pequeñas cosas bajo el sello Libros del Cardo, viene a ser no tanto una recopilación total de los poemas de Gladys González –sus collected poems- ni tampoco una simple reedición de Vidrio Molido, volumen que en 2011 nos otorgó una primera recopilación de sus poemas, sino un acontecimiento significativo para la bibliografía de González y por añadidura, para su aprehensión lectora que nos ha permitido apreciarla en sus particulares matices de sentido. En Pequeñas cosas no sólo se reúnen los poemas de Gran Avenida (2005), Aire Quemado (2009) y Hospicio (2011), sino también se agrega el último breve volumen publicado en 2014, Calamina. Dada la escasez casi secreta de Vidrio Molido, la presente edición era más que necesaria: se volvía urgente.
Recorrer las páginas de Pequeñas cosas es recorrer por un lado, una especie de biografía ficcional de una personae enmarcada en una estética de la precariedad que nos insta a contemplar espacios, acciones y, sobre todo, peculiaridades de un sentir que no podemos identificar sin más como “urbano” o “citadino” entre avenidas alumbradas con luces de neón, bares extraviados, veloces e inciertos viajes de madrugada en taxis casi fantasmales o viejos wurtlizers como mudos y anacrónicos testigos de un abandono cruel y melancólico: espacios, seres y enseres que dibujan una trama lacerante y juvenil, pero también de cierto esteticismo décadent que a ratos evoca una herencia simbolista o aún modernista a lo Paul Verlaine o Pedro Antonio González, pero sin aquel glamour del prestigio arrumbado de querer saberse a sí mismo un discurso literario. En los poemas de Pequeñas cosas la realidad, al menos en sus manifestaciones más álgidas, quebradas o afligidas se ha vuelto fiera y no desea, paradójicamente, ser identificada como ficcional, sino que, por el hecho mismo de plasmar los crueles recovecos de lo real, desea mostrársenos como una experiencia de primera mano donde el abandono, la soledad, el dolor y la muerte se convierten en un gesto que nos indica lo brutal de la vida que atrapa, pero que también engolosina con su vértigo. Poemas como “Trozos de mercurio”, “La chica más linda”, “Pavimento”, “Manual de instrucciones”, “Vidrio molido” entre un puñado de textos tomados al azar, muestran ese vaivén que poseen los espacios de la noche como ángeles tutelares de la desolación, donde al parecer toda inocencia ha caducado, todo arraigo se ha desvanecido y donde la personae que habla, transita y padece, muestra un pertinaz espíritu autorreferente en su asunción sacrificial del dolor propio y ajeno. Una buena parte de la crítica que ha abordado la poesía de Gladys González ha hecho énfasis en algunos de los aspectos recién enumerados. Y ciertamente el vigor de su plasmación verbal, ha hecho también que esta poesía sea admirada, leída y vista como una referencia relevante de lo escrito en los últimos quince años en nuestra escena poética nacional. Tal es su poder evocador y la sugestión de su retórica, tan privativa.
Pero por otro lado y de forma simultánea a todo esto, pocas veces nos detenemos como lectores a apreciar las cualidades no sólo evocadoras de significados posibles que esta poesía nos propone. Me refiero especialmente al modo en que somos capaces de desentrañar, aún en mínima medida, la configuración material con que esta poesía logra sus triunfos expresivos más relevantes. Es indudable que al leer lo mejor de Pequeñas cosas asistimos al acto en que esa misma biografía ficcional que tanto nos atrae con su empatía, avatares y vivencias se articula feliz de poema en poema y de palabra en palabra, encarnando un lenguaje que se acera sutil en estocadas cada vez más punzantes con un delgado, pero filoso arsenal lingüístico que no sólo representa a esa estética de la precariedad antes enunciada y que, ciertamente, anhela mentar como experiencia, sino que se manifiesta como tal en un manejo de lenguaje que posee una sabiduría rara vez vista en la poesía chilena actual.
Vida y lenguaje son inseparables: uno es al otro como el cuerpo al espíritu, como la voz a la boca, como el sonido a los oídos. En poesía aquello es de Perogrullo, pero a veces olvidamos aquel lugar común tan redundante y sin embargo primordial. Como nos recuerda Wittgenstein “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”. Y las formas de vida, imaginadas en Pequeñas cosas, son posibles en tanto el lenguaje con que aparecen, adquiere densidad y configuración por la propia virtud de su enunciado. Si leemos sólo a nivel léxico, por ejemplo, los poemas de este libro reflejan una austeridad como pocas. Rara vez aparecen sustantivos imaginarios o abstractos, por el contrario la primacía son aquellos sustantivos que muestran una materialidad explícita y convincente: botellas, cenizas, agua, cama, calle, vidrio, acera, huesos, escarcha, ampolleta, mesas, noche, llave, navaja, calamina, papel, etc. Por otro lado las eventuales familias semánticas que pueden rastrearse en los poemas permiten deducir ámbitos de cierta inmediatez documental, sin duda, pero también una pasión por los objetos, por los pequeños objetos cotidianos que forman parte sustancial de la peculiaridad del poema según el caso. Una especie de minimalismo si se desea, pero no con el afán de mostrar al objeto en sus coordenadas como una preciosista naturaleza muerta. En absoluto. Esto permite, asimismo, apreciar una diferenciación radical respecto a los usos que una poeta como Gladys Gonzalez hace del lenguaje: su proceder se encuentra a las antípodas de cualquier redentorismo o anhelo mesiánico. Las grandes palabras –aquellas cargadas por la historia y el deseo- se muestran esquivas en esta poesía. La grandilocuencia extática es ajena a los procedimientos que vuelven únicos a los poemas de Pequeñas cosas. Más aún en esta poesía las cosas, los enseres cotidianos mentados en lo sustancial de palabras conocidas y tenues, tienen como fin mostrar una humanidad cercana y asequible en su dolor, humanidad que nunca se halla ajena a un sentir derivativo y mucho menos autónomo: en estos poemas la expresión verbal no se regodea en sí misma, está siempre acompañando, circunscribiendo, señalando o indicando los límites de la experiencia, permitiendo más bien que ella se plasme como real, pues no existiría fuera de las palabras. Ahora bien, esto, desde otra perspectiva, evidencia algo muy llamativo: la maestría de la adjetivación que nunca exalta hacia horizontes irreales al referente al que caracteriza. Esto me parece singular, pues esta poesía hace de la economía metafórica una de sus riquezas expresivas más certeras: la vida puede ser “tranquila”, el espejo puede estar “empañado”, el temblor de la piel ser “intermitente”, la habitación estar “vacía”, el rostro humano ser “brillante”, la cama estar “tiznada”, etc. Estamos lejos de la afectación verbal que atraviesa a una parte no menor de nuestra poesía en su afán de mostrar en su patetismo, el fantasma de la verosimilitud. De aquel modo, Pequeñas cosas carece de una retórica estentórea que se habría tentado con gestos altisonantes si hubiese deseado hacer de una sintaxis abultada o resquebrajada su expresión primordial. Acá, menos es más como en toda poesía genuina y de hábil fuerza vital.
Sin duda a nivel léxico, semántico y adjetival, la poesía de Gladys González trabaja con conciencia fina y puntillosa: su forma de verbalizar también asume como consecuencia una elección cuidadosa de las acciones que configuran su mundo. En el mundo de Pequeñas cosas, lo que acontece es muy puntual, donde los verbos que se reiteran una y otra vez, indican, la mayoría de las ocasiones, una acción contemplativa, pero para nada pasiva en su accionar: “observo”, “sentada”, “espero”, “respiro”, “dibujo”, “veo”, “busco”, “escondo”, “oigo”, “deseo”, “pienso”. Por un lado, son verbos adscritos a un sujeto que habita por lo general el poema como su protagonista. En otras ocasiones advertimos verbos que personalizan la materialidad de los espacios. Así hay “habitaciones”, “bares”, “patios”, “casas” o áreas interiores indefinidas donde la acción descansa en la caracterización de esos mismos espacios atribuyéndoles dinamismo o expectación.
Me parece que todo lo anterior es relevante para un lector que desea navegar en la interioridad de los poemas que lee. Pero no se trata de hacer meras enumeraciones a nivel morfológico. Aquello es puro pretexto para indagar con un poco más de fundamento la voluntad constructiva de estos poemas. Y cuando me refiero a eso, pienso, sobre todo en la versificación que articula Pequeñas cosas, pues el material con que trabaja, nos permite apreciar el tipo de verso que elabora: un verso breve que rara vez supera el endecasílabo, donde tenemos una alternancia interesante entre versos solitarios en frases autónomas con un sentido completo, como a su vez, el uso reiterado del encabalgamiento, cosa ésta que permite hilar un ritmo que se desenvuelve llano, incluso pulcro, con pocos ripios y que seduce con su música conversacional para nada fatigosa y carente de pretensiones naturalistas –la tentatio de reproducir el “habla” para marcar énfasis que muy rara vez es un procedimiento eficaz- . Acá no encontraremos nunca voces tomadas del natural: todo lo contrario, hay una artesanía versicular que, si bien es cierto, no rememora la tradición más convencional del verso medido, hace del ritmo natural de la voz su flujo sinuoso, donde cada palabra y cada adjetivo posee una tarea específica, una función rítmica y alusiva. Esa misma función permite apreciar que en buena parte de estos poemas, nada sobra o muy escasamente, por omisión, pero nunca por el error fatal de la expresión desmedida. Leer en voz alta los poemas de Pequeñas cosas es un ejercicio que se vuelve fundamental. Cada verso en su cesura, pone sus propios límites, sus propias fronteras no sólo léxicas, sino también de sentido y eso contribuye a no asfixiarse con la carencia de signos de puntuación. Lo que en la métrica tradicional es la sílaba y el acento, en poemas de verso “libre” como éstos es la peculiaridad rítmica de las palabras en su concatenación del fraseo junto a su orden acentual. En esto, debemos aprender a conocer lo importante de la enseñanza del blues en la poesía de Gladys González, pues no es un añadido gratuito o de mero marco “cultural”: es más bien una parte fundamental de sus recursos para entender los recovecos menos evidentes de su escritura. Por ello, oír a Ella Fitzgerald o a Billie Holliday nos indicarían el camino hacia la comprensión del significante de esta poesía. Su materialidad fónica de aquel modo no es mera reproducción: es una reminiscencia de atmósferas y de ese sentir tan caro a una sensibilidad melancólica – es decir pensativa y sufriente- que los alemanes tan magistralmente denominaron como sehnsucht.
Creo que lo más valioso de la poesía de Gladys González es que aborda esto como sólo ella sabe hacerlo: en sordina, como un sutil bosquejo, pero con detenimiento y maestría. Así, una poesía como ésta no es relevante por solo evocar una situación epocal que se explicita gracias a sus referentes, sean estos históricos, sociales o circunstanciales, sino también es significativa por su propio modo de decir, por su peculiar modo de enunciar. En esto, como quería Lukács, la vida es forma en tanto se quiere como arte. Así la poesía de Gladys González es forma en grado sumo, voluntad constructiva, pero también evocativa. Y eso, sin duda, la diferencia, enhorabuena, de parte relevante de su generación.


                                                                                         Quilpué, otoño de 2016

miércoles, 30 de marzo de 2016

La torrencialidad del fuego: breve nota sobre Pablo de Rokha

Licantén es un pequeño pueblo rural del centro de Chile en la provincia de Curicó a escasos kilómetros de la costa. Muy poco lo diferencia de otros pueblos aledaños: Iloca, Curepto, Duao. Entre los diversos significados toponímicos de Licantén, hay uno que es decidor: “lugar de la piedra”. Será en este pueblo donde en octubre de 1894, nacerá Carlos Díaz Loyola quien, con el correr de los años, se convertirá en el poeta Pablo de Rokha nombre que revela, entre otras cosas, un homenaje a su tierra con especial fidelidad hacia su origen campesino. Seguir los pasos de la biografía de De Rokha es seguir el ir y venir de un poeta que se resuelve de modo intenso y trágico contra las barreras que la sociedad, el estado, la religión, la política y el establishment cultural y literario chilenos anteponen a la fuerza y furia de uno de sus hijos más personales en lo que ha sido la poesía chilena del siglo XX.
 En De Roka, poesía y biografía se confunden, no en el sentido trivial de ver en una el reflejo de la otra en un tono contemplativo o pasatista, sino en lo que implica el dramatismo de una época y su crisis a lo largo y ancho de todo un siglo: la utopía de imaginar una nueva sociedad, inventando y develando sus mitos primordiales. Así, lo mejor de la poesía de Pablo de Rokha es un intento desmesurado por otorgar a la naciente sociedad chilena sus relatos esenciales, su impronta épica e imaginaria donde se fundieran de modo intenso lo popular y la alta cultura, la ruralidad telúrica del ancestro campesino y la más sofisticada modernidad en el gesto vanguardista aprendido en la poesía de Lautreamont, Rimbaud y el los diversos “ismos” contemporáneos.
Hay en la poesía de De Rokha una violencia genésica que se trasluce en un lenguaje que pretende abarcarlo todo: desde la experiencia nimia de la cotidianidad, hasta el ímpetu épico de los grandes trastornos sociales del mundo. Ahí está, en el cuerpo principal de su poesía, el fervor político que va desde un juvenil anarquismo de carácter satírico contra la sociedad burguesa que se declara perpleja ante la singularidad de sus manifestaciones –tal como sucede en sus intensos poemas de Los gemidos de 1922– hasta el quehacer poético comprometido con una militancia partidista no libre de desilusiones, exigencias y dolores y que hacen palpable a De Rokha como un poeta que desafía toda convención como puede verse en los poemas de Idioma del mundo y Genio del pueblo. Está también el afán de sentir e imaginar en una serie de personae singularísimos los avatares de un decir que se apropie de su propia lengua, una lengua entre profética y adivinatoria, entre épica y lírica, entre crítica e increpadora. Así, sus poemas Satanás, Escritura de Raimundo Contreras, Jesucristo, Moisés, Morfología del espanto y varios más, deslindan no una voz, sino un puñado coral de voces que intentan aunar lo íntimo y lo público, lo mágico y lo sobrecogedor, lo elevado y lo más sangrante de la realidad común. Una poesía que es apoteosis de un gesto que resume de modo irreductible lo sagrado y lo profano, de una manera que hace recordar tanto el canto de trinchera como el himno consagratorio de las materias del mundo.
Con la torrencialidad del fuego, la poesía de De Rokha, como muy bien ha indicado su mejor estudioso, Naín Nómez, nos habla de una leyenda desgarrada entre Ulises y Prometeo, de un bárbaro constructor de lenguajes barrocos, del creador de una lírica social que se transforma en épica, de un poeta maldecido por la crítica oficial de Chile y desconocido por la crítica internacional.
Errante de una ciudad a otra para sustentarse en trabajos y labores efímeras y circunstanciales, patriarca de una numerosa familia donde el arte y la poesía fueron pródigos, pero no exentos de carencia material y sacrificios indecibles –como el suicidio de sus hijos, los también poetas Carlos de Rokha y Pablo de Rokha jr–, luchador incansable de sus ideales de transformación social e incaudicable en sus actividades literarias como ensayista, polemista y director de la revista Multitud, el otorgamiento que se le hizo en 1965 del Premio Nacional de Literatura, vino a ser un reconocimiento sin duda más que merecido, pero que llegaba tarde para apaciguar su creciente desencanto con su circunstancia vital y social. Tras la muerte en 1951 de su esposa, Winett de Rokha y la muerte sucesiva de sus hijos, el desengaño hace mella profunda en su existencia de modo paulatino. Enfermo y entreviendo una vejez imposible para sí mismo y fiel a su rebeldía cultivada desde joven, Pablo de Rokha se suicida el 10 de septiembre de 1968.


sábado, 13 de febrero de 2016

En el deshojado corazón del hombre. Notas a la poesía de Rubén Jacob

Pocas veces un lugar hace de correlato tan certero como lo es respecto de la poesía de Rubén Jacob: como entre las calles de Quilpué, en los versos de Jacob experimentamos un misterio: la vivencia casi física del transcurso del tiempo que anida en el desplazamiento entre real e imaginario de calles y palabras como prueba única de la imposibilidad de mensurar algo tan evanescente. Esa vivencia hace que nuestros pies se encadenen al asfalto y se dejen llevar a modo de un flaneur que no sabe de sí mismo o que se asemejen a esa niña que juega con el aro en la pintura de Giorgio de Chirico Melancolía y misterio de una calle tan cara a Jacob como símbolo y síntesis de sus libros y que, andando y jugando, atisba en cada esquina un gesto, una sombra o un fantasma: ese rostro sin rostro que adquiere el tiempo no como duración, sino como transcurrir y que nos embebe entre asombrados e indistintos. En un poema de su último libro Granjerías infames, titulado “Caminata”, Jacob hace alusión a ese desplazamiento que es más que un mero recorrido físico en los espacios palpables de una ciudad de provincia. El viaje involucra a modo de aventura, el horizonte desconocido de esos lugares sospechados por una memoria que se ve asediada: (…) He de partir pronto/viajaré con rumbo desconocido/Me iré bordeando la avenida principal/ en la vaga claridad del ocaso/ hasta encontrar los gastados andenes/ de la estación ferroviaria (…). Pero también atisbamos que ese desplazamiento alude de una u otra forma a un viaje imaginado, más como melancolía que como impotencia: así, las calles de la ciudad recorrida por Jacob son como las calles de Lisboa para Pessoa o las de Alejandría para Kavafis: rutas secretas y fantasiosas para dar cuenta de una peculiar experiencia de desarraigo que no sale de su misma circularidad rutinaria. En la segunda mitad de la “Variación XIX” de The Boston Evening Transcript, se nos dice: (…) Yo soñé mucho con partir/Y arribar al suave olor de los jardines/ En una ciudad extranjera sin equipaje/ solo y desprovisto de todo/ Hubiera vivido quizás cuánto tiempo/ Con humildad en un hotel modesto/ En las afueras casi pobremente/Dejando las futilidades de la vida diaria/ Viviendo muchas vidas secretas/ En espera de volver (…). Esa naturaleza de viandante solitario que aparece en lugares estratégicos de los poemas de Jacob, es una naturaleza cargada con referencias, libros, citas, autores y notas: es su paráfrasis imaginaria, pero también vivencial por los caminos secretos de la literatura –viandantes literarios al decir de Latcham- que se vuelven en nuestro autor parte de él mismo. ¿Cómo experienciar el tiempo si no es acaso como desplazamiento, ya no sólo por calles reales o ficticias de una ciudad provinciana, sino también como un ir y venir entre los textos –visuales, musicales y letrados- que aparecen en la memoria como ante una gigantesca pantalla blanca de un antiguo cinematógrafo? Tal vez porque Jacob sabía que la respuesta a esa interrogante quedaría siempre inconclusa es que sólo la música puede ayudarnos a entender aquel misterio, pero sin la certeza de saber su anhelada e imposible resolución. 
     Llave de sol, el segundo libro de Jacob, es menos un libro que reúne poemas sobre música que poemas que tratan sobre la experiencia de oír música. Hay ahí una radical diferencia que hace de aquella ligazón invisible, el animus de buena parte de sus poemas: la música, ya como forma, ya como reminiscencia infinita de una experiencia que se asume como la poesía misma…¿acaso su pérdida o su evocación? Ya diremos algo sobre esto. Pero lo que en Llave de sol aparece evidente –la experiencia de oír música como se muestra en poemas como “Variaciones Sinfónicas”: (…) Las Variaciones Sinfónicas / de César Frank/ Son un lamento callado que escucho (…) o “Septiembre”: (…) Estoy solo confinado/ En la cabaña de un balneario invernal/Y ahí escucho Septiembre/ Ese tema indefinible de Ricardo Strauss (…)-  es en sus otros poemas algo que subyace ondulante entre sus presupuestos más recónditos o fundamentales. Aquello tiene nombre: circularidad, recursividad, acaso eterno retorno de lo mismo. Sea como sea, es una disposición en el poema que la linealidad de su decir se quiebre y no progrese, volviéndose de aquel modo un aspecto fundamental de esta poesía: vuelve sobre sí misma una y otra vez, ya como reiteración temática, ya como repetición de imágenes o palabras. Entre otros ejemplos pienso en la tan traída y llevada imagen de la calle cubierta de hojas otoñales: menos que una innovación metafórica a estas alturas imposible, lo que la poesía de Jacob realiza con esas imágenes y palabras sancionadas una y mil veces por el uso y una vasta tradición lírica, es la necesidad de fijar a modo de leitmotiv ciertos instantes, ciertos gestos, ciertas señas de identificación, rememorización o simple evocación en una recurrencia digamos “estructural” que organiza la experiencia del transcurrir del tiempo en puntos de referencia a ser tomados por nosotros, en tanto lectores, para asir esa misma evanescencia que se intenta mentar. Así ese verdadero símbolo que es la calle como un ir y venir entre la verticalidad de la experiencia y la horizontalidad del devenir del tiempo, se ve no sólo en The Boston Evening Transcript como su símbolo articulatorio, sino que en sus otros poemas de Llave de solGranjerías infames, vemos aparecer ese mismo símbolo ya cubierto con añosas hojas otoñales, ya con muertas buganvilias, ya con las sombras irreconocibles de los muertos, ya entre las noches pasadas en claro en la meditación vagabunda o de las cosas exiliadas en una infancia irrecuperable. Habría que volver sobre una serie de poemas en The Boston Evening Transcript como son las Variaciones XIII, XVII, XIX, XXIV, entre otras, y a poemas como “Canciones sin palabras”, “Septiminio”, “Variaciones sinfónicas”, “Septiembre”, “Quinteto” de Llave de sol y “Otoño”, “Caminata”, “Fantasma”, “Evocación” de Granjerías infames, entre otros, para poder apreciar esto con detalle Un volver que implicaría leer, con distintas palabras, el mismo poema. Pero que siempre es otro poema. 
      Esa capacidad de Jacob, su “voluntad formal” para hacer del poema no tanto el registro del transcurrir del tiempo, sino su recreación experiencial, se nos hace innegable por la necesidad que esta poesía tiene de la música: en The Boston Evening Transcript como asunción de la forma “variación” que lo estructura y define, en Granjerías infames y Llave de sol la recursividad y reiteración de ciertas imágenes, palabras y símbolos. En una poesía cuyo asunto fundamental e imposible es plasmar verbalmente la vivencia del transcurso del tiempo, la música no es algo añadido ni menos mera retórica vana: es algo esencial, es su non plus ultra como necesidad exploratoria de un “contenido” teórico para sus articulaciones de sentido. No tanto porque la poesía de Jacob busque un verso de sonora semblanza o sabia armonía: todo lo contrario, creo que la organización formal de su versificación rehúye tanto la “música de la conversación” en el sentido de Eliot -o de Parra entre nosotros- como también la más melodiosa búsqueda de analogías sugerentes y sensoriales al modo de los simbolistas -incluido Darío- o Gonzalo Rojas, por ejemplo. En Jacob oímos otra cosa: un ritmo duro, recio, meditativo, ajeno a evocaciones de sensual eufonía, un ritmo constituido por vestigios de un prosaísmo que muestran la nostalgia por una discursividad más antigua, más añeja y amplia, propia del discurrir hablado con cierta solemnidad verbal y que tiene a la buena prosa de su parte –ya llegará el día en que leeremos en la poesía de Jacob sus referencias a Balzac, a Dostoievski, a Borges, a Cortázar, a Nicomedes Guzmán, a Cadwell, a Proust, a Bacon, a Montaigne, a La Rochefoucauld-   Así, la poesía de Jacob no es “prosaica” en el sentido banal del término, más bien la pienso y leo como ampliamente “discursiva”, pero asumiendo, la mayoría de las veces, un verso corto y hasta cortante, -rara vez supera en su versificación el endecasílabo como cesura natural de su ritmo- , pero que siempre nos hace evocar lo ido, lo fugaz, lo que no puede asirse. Analogía. Su poesía no es música ni musical, pero tiende hacia la experiencia de hacernos sentir como lectores lo evanescente de las presencias que huyen, tal como lo hace la música. Su irrupción es la interrupción del continuum. ¿Acaso una cesura ante la muerte?                                       
En la bella y melancólica película de Alain Corneau Todas las mañanas del mundo, hay una escena hacia el final que siempre me ha parecido decisiva para comprender la poesía de Rubén Jacob: en un diálogo entre Marin Marais ávido y desesperado por encontrar el sentido o razón de ser de su arte, avidez que lo ha llevado a buscar en la fama y el reconocimiento una fallida respuesta y su antiguo maestro el Señor de Sainte-Colombe, éste le manifiesta que la música no tiene que ver con esa búsqueda ni con el honor, ni tampoco con la expresión de los sentimientos por más hermosos y nobles que éstos sean. Ante el requerimiento angustioso de Marais, Sainte-Colombe responde con total serenidad: la razón de ser de la música es traer a presencia a los muertos, ni más ni menos. La música, el arte, la poesía son invocación. Con estas palabras quedan dichas muchas cosas, resueltos, quizás, muchos enigmas. Si pensamos que tras las palabras de Sainte-Colombe están muy probablemente las ideas y reflexiones de Pascal Quignard, -el autor de cuya novela Corneau tomó lo fundamental para su película- lo que tenemos ante nosotros es menos una reflexión estética que una filosofía de vida –o de un “buen morir” más bien- y, por ende, menos una doctrina que una profunda y personal reflexión que no es identificable de inmediato con la ética o un imperativo categórico, sino más bien, con un sentir que se interroga acerca de su propia mortalidad. Tener conciencia de aquello es también tener conciencia del acontecer del tiempo: su violencia avasalladora, ya como mero transcurrir, ya como asunción de acciones diversas encarnadas como historia.
Si en el decir de Sainte-Colombe la música trae a presencia a los muertos, ¿no hay acaso en la poesía de Jacob idéntica razón para justificarse a sí misma? Porque la de Jacob es una poesía que está una y otra vez invocando a los muertos, llamándolos, pidiéndoles presencia, añorándolos, interrogándolos, preguntándoles por su partida y guardando por unos segundos, en las palabras, una imagen cristalizada de un instante que define señeramente el gesto con que esos muertos nos han quedado grabados en la memoria. En ello se vuelca la reflexión que sobre sí misma efectúa esta poesía en tanto se desea ver en el opaco espejo de la imposibilidad como metapoesía. Pero en ningún caso poesía fúnebre o de pretensiones teóricas o experimentales tan al uso. Para nada, en absoluto. Y si bien en algunos pasajes de sus poemas hay una intensidad que bordea el abismo de la desesperación como un aliento trágico –pienso sobre todo en la maravillosa y terrible “Variación” XVIII de The Boston Evening Transcript o en poemas como “Suite lírica” de Llave de sol o “Plagio” de Granjerías infames por recordar un puñado de ejemplos- lo cierto es que la invocación que hace la poesía de Jacob es vasta y plural, abarcando en diversos círculos de amplitud desbordante desde la intimidad de los seres amados –el padre, el hermano, la amada, Eduardo Muñoz Alid el amigo muerto en la violencia dictatorial-, pasando por los anónimos detenidos desaparecidos que sucumbieron bajo la dictadura de Pinochet, los muertos por la violencia de la historia como Robespierre, Marat, Walter Benjamin, Rosa Luxemburg y Bakunin y esos personajes literarios y de la cultura popular, tan caros para Jacob como Ungaretti, Borges, Kant, Rulfo, Lovecraft, Amiel, Eliot y Beckett o Schubert Gambetta y Obdulio, para llegar finalmente a quienes murieron por la violencia inútil de los errores de guerras y revoluciones: los anónimos soldados masacrados en Dieppe, Anzio, Stalingrado, El Ebro, La Concepción, el Chaco. Las referencias son enormes, pero signadas bajo la violencia que implica el paso del tiempo como inmisericorde aplastamiento de la memoria que se desvanece con el signo de su propio avatar bajo el nombre de “olvido”. Muy pocas veces la poesía entre nosotros, en nuestro medio insistió con tal fuerza, con tal insistencia en contra del olvido, en contra de la anulación. Pocas veces en nuestra poesía se ha dado el caso de la necesidad de la redención de todos y todas, de los inocentes y los culpables, de los ignorados y los famosos, de los simples y las celebridades, de los que murieron bajo el imperio del desquicio de la necesidad histórica como los que se opusieron contra esa misma cruel necesidad. Tal como Vallejo –que tiene aquí con Jacob puntos de encuentro secretos y brillantes-, nos hallamos ante una poesía que hace de la redención su carácter más significativo, más allá incluso de lo conjetural que implica asumirse como un discurso efímero y marginal.

De alguna forma, es dable en Jacob una manera muy peculiar de entender su poesía como poesía política Sin duda eso es deseable y espera una lectura detenida e informada. Pero creo que en Jacob no hay una poesía política propiamente tal, más bien hay una reflexión en torno a la herida con que la memoria se ve abierta y profundizada, legitimando la reflexión aguda en torno a la violencia para que ésta intente, sino ser conjurada, al menos comprendida en  accionar, accionar que se traduce en la desaparición de cuerpos, destitución de nombres, olvido de situaciones y perplejidad ante cualquier posibilidad de redención. Hay creo en la poesía de Jacob, una especie de temple melancólico trasuntado en la experiencia de ver en la poesía la rotura de esa misma experiencia y que hace de la comprensión de la temporalidad uno de los abismos vivenciales más certeros, lúcidos y dolorosos de lo humano. Porque esa comprensión de la temporalidad, implica intentar entender la pérdida y la ausencia y cuando éstas se ven reflejadas en el espejo de lo histórico, pues se vuelve inevitable verlas como puntadas de un quiebre social y político. 
La poesía de Rubén Jacob es un puñado de palabras entretejidas con sapiencia, sin apuro, sin necesidad de llamar la atención de nada y de nadie, palabras enmarcadas bajo ese ropaje culterano de las preguntas siempre fundamentales acerca de lo finito, la experiencia del tiempo y la desesperación y aquel sentir que los alemanes –tan caros a él- rotulan como sehnsucht. Para nosotros, convertidos ahora sólo en lectores, eso es tal vez lo que nos queda: una fidelidad en la restitución que la lectura efectúa de la efigie de un poeta que no temió volverse invisible y que nos observa con su gesto otoñal desde un punto que aún no conocemos.