Como un reiterado comenzar, avanza veloz, nuevamente, este año 2012. Pero no sé diferenciar entre este febrero y el anterior: el mismo calor estival, las siempre imperiosas tareas inconclusas que desesperan en su inacabamiento, los dulces momentos familiares para huir de las responsabilidades, la permanente elaboración de proyectos siempre ilusos, el anhelo –una y otra vez interrumpido- de dormir hasta el hartazgo, el lujo ocioso de ver apetecibles programas canadienses y británicos de cocina por el cable, el convencimiento a nivel de dogma de la basura en que se ha convertido la televisión chilena.

En el hermoso e informado prólogo de Xavier Farré a la antología Tierra inalcanzable que ha sido motivo de mi reencuentro con Milosz, hallo una especial referencia al poeta lituano-francés Oscar Vladislas de Lubicz-Milosz. ¿Por qué especial? No tanto por el detalle biográfico de ser primo de Milosz y haber ejercido una notable influencia en su formación como poeta en los años 30, en el París de entreguerras, ni tanto, solamente, por esa curiosa dedicación que nos seduce de ese tipo de poetas raros, excéntricos, de expresión francesa, notables y cosmopolitas, al modo de un Jean Moreas, un conde de Lautréamont o un Juan Larrea. Sino porque no pude dejar de pensar con una involuntaria sonrisa melancólica, en el venerable y desaparecido poeta quilpueíno Rubén Jacob: la primera y única vez que fui a su casa y me adentré en su mítica biblioteca, me deleitó a mí y a mis ocasionales acompañantes, de una deliciosa lectura de algunos poemas de Lubicz-Milosz, añadiendo, si no mal recuerdo, graciosos comentarios de aparente gravedad que volvían cercano, muy cercano –casi como si se tratara de un vecino con el cual Rubén tenía una querella por el pago injustificado de la cuenta del agua o el teléfono- al para mí en ese momento, casi desconocido poeta lituano-francés. He buscado por Internet datos biográficos y poemas de Lubicz-Milosz y he encontrado algo de información y varios poemas. Evocarlo y leerlo, me transporta a esa otra tarde de febrero donde tan bien sintonizaba mi curiosidad, la risa flemática del poeta del The Boston Evening Transcript y la certeza de esos poetas que, por azar o destino, escriben en una lengua que no es la materna.
Escribir en una lengua que no sea la materna: sin quererlo, cito de modo inconsciente, uno de los más famosos dictum de Huidobro y que, ciertamente, muchos poetas chilenos e hispanoamericanos han convertido en parte fundamental de su aprendizaje y trabajo. Es justamente en ese campo de las asociaciones libres provocado por esa línea de Huidobro lo que me motivó a buscar –de una manera un tanto desordenada- a esos poetas que cumplen aquel exilio lingüístico de modo inmejorable y que tienen el don de habitar dos mundos simultáneamente: guiado por unas lecturas que estaba haciendo del poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, es que caí, otra vez de bruces, ante la enigmática y mítica figura de César Moro (1903-1956).

Tras estos fantasmagóricos datos, se esconde, sin lugar a dudas, uno de los más notables poetas secretos latinoamericanos: su obra, escasa, es también de poca difusión, rareza que se acrecienta con la elección del poeta de escribir, fundamentalmente, en francés: Le chateau de grisou (1943), Lettre d´amour (1944) y Trafalgar Square (1954), son lo medular de su obra, razón también por lo que es muy difícil encontrarla, pero es a través de sus poemas en castellano y las traducciones de Westphalen, Guillermo Sucre, Carlos Germán Belli, André Coyné y César Vallejo que se puede descubrir el delirio que ilumina su escritura. En castellano, al parecer, reunió un puñado de poemas escritos en México entre 1934 y 1939, bajo el título de La Tortuga Ecuestre y que, por falta de fondos, no vio la luz en vida del poeta, siendo publicados, recién en 1976.

Deseo finalizar este breve texto con la transcripción de un recuerdo de 1958 de Mario Vargas Llosa acerca de nuestro poeta: como futuro modelo del profesor que sale vilipendiado en la novela La ciudad y los perros, para Vargas Llosa, Moro es el símbolo del enigma, de lo que no puede ser asimilado, sino despreciado por incomprensión: "recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio".
Para un poeta como Moro, el escribir y vivir en otra lengua no era, como se ve, un acto gratuito de vanidad: era una estrategia de identidad y sobrevivencia.
La lengua extranjera puede ser también una metáfora de la lectura: entrar en un lugar extraño y no saber cómo sujetarse, o si hay que sujetarse siquiera. Pero al mismo tiempo estar volviendo a casa, y siguiendo nuestras propias pistas.
ResponderEliminarGracias por seguir compartiendo tus lecturas.
Abrazo.
Hola Marcela:
ResponderEliminarGracias por pasar por aquí, ¿cómo andas?, ¿muy terribles los fríos de Madrid?
Y bueno...César Moro es el poeta peruano más "extranjero" que conozco. Y claro, me imagino que para él, la lectura era inseparable de su "lengua", su lengua-otra. Incluso, por lo que he averiaguado, no lo he visto incluido en las clásicas antologías de poesía hispnoamericna...en fin, tal vez me equivoque, pero tengo entendido eso.
Un abrazo Marcela y nos comunicamos
Ismael
Ojalá tuviéramos el tiempo veraniego los profes de castellano para leer y releer en los tiempos de clases. Algo que se añora, pero con tus aportes siempre es bueno reencantarse. Lo difícil está en atrapar estos libros. Me estoy organizando para hacer un tour por las librerías de viejo en Valparaíso y Viña. Quedan algunas todavía?
ResponderEliminarUn abrazo, Pato Tapia.