domingo, 6 de febrero de 2011

La música como resistencia




Este ensayo lo publiqué en la revista electrónica La cabina invisible en abril/mayo del año recién pasado. Escrito hace cerca de cinco años, es una mera aproximación a la densa reflexión de Theodor Adorno, un pensador que, junto a Walter Benjamin, creo que siempre debe ser leído contracorriente, sobre todo en una época como la nuestra, muy bien dispuesta a administrar todo aquello que se le vuelve en contra. En lo particular, creo que a Adorno hay que considerarlo antes que nada un músico y leerlo desde ahí. Y después de leerlo, oír a Mahler, Berg y Schönberg. ¿O sería mejor al revés? En todo caso, mediada por la música, su lectura no es un quebradero de cabeza. Aunque suene irónico -y no lo es para nada- quien no tenga instinto musical y un oído bien entrenado, mejor que renuncie a desear entenderlo. Sino, tendremos otro lamentable caso de un filósofo que pocos captan, muchos citan y varios parafrasean sin siquiera saber qué diablos está diciendo.


Más que una glosa, menos que un estudio, las líneas que siguen desean centrarse como comentario al artículo El compositor dialéctico (1934) de Theodor Adorno [1]. Pero el comentario, si quiere desplegarse como posibilidad dialógica que supere su propio límite, debe entrar en contacto con la Filosofía de la nueva música (1949)[2] y establecer así su referencialidad desde una perspectiva mucho más amplia.
Dicha referencialidad no es para nada un asunto de menor interés, porque si bien la Filosofía establece una culminación reflexiva en Adorno respecto a los trabajos monográficos más importantes que efectúa en la década de los sesenta (las monografías sobre Gustav Mahler y Alban Berg) también es preciso indicar la prefiguración que el artículo de 1934 realiza de una serie de temas que la Filosofíaenfatiza, atravesada ya la experiencia de la Segunda Guerra Mundial.
Asimismo es necesario considerar dos datos que a veces escapan a primera vista en la lectura, pero que son datos imprescindibles si se quiere dar cuenta cabalmente de la referencialidad antes aludida.
El primero tiene que ver con las fechas: El compositor dialéctico es de 1934 y Filosofía de la nueva música fue escrita entre 1940-48 y publicada en 1949. El primer año nos evoca inmediatamente 1933 y la subida al poder en Alemania de Adolf Hitler; el segundo nos sitúa durante y después de la catástrofe de la guerra y permite emparentar aquel texto con la Dialéctica de la Ilustración. Esto último confluye hacia una consideración esencial para estas líneas: la música como resistencia implicaría comprenderla como Aufklärung en la medida que sea una Aufklärung consciente de sus problemas irresueltos tal como la Dialéctica de la Ilustración manifiesta de modo crítico.

Ahora bien, en segundo término, tener a Adorno como filósofo y crítico de la cultura nos hace olvidar algo fundamental: la gran mayoría de sus obras tratan de asuntos referidos a la música: los libros y monografías sobre Wagner, Berg, Mahler y Schönberg, amén de diversos textos donde reúne artículos y ensayos sobre Bach, Beethoven, Webern, Hindemith y otros varios compositores como a su vez de asuntos bastante específicos como son el uso del metrónomo, la interpretación solista, el problema de la ópera en el siglo XX y un largo etcétera, no nos deben hacer inducir que de parte de Adorno existía una mera comprensión teórica de la música: era pianista y compositor, habiendo sido discípulo en Viena, a mediados de la década del 20, de Alban Berg.[3] 
Las indagaciones filosóficas de Adorno en torno a la música nacen de una praxis artística y no sólo de un interés teórico. Esto ayuda a explicarnos el lugar que dentro de su concepción de pensamiento ocupa el arte y dentro de él, la música; y se nos hace evidente que aquel lugar no es para nada algo menor y mucho menos secundario, sino más bien es fundamental. En aquel sentido el filósofo de Frankfurt pertenece al linaje de Schopenhauer y de Nietzsche, por más que su ropaje teórico de orientación marxista desoriente o desee revelarse como un mentís.[4] Categorías de época y de premura liberadora: al parecer la única salida para articular un rescate del discurso musical de manos de una irracionalidad que tanteaba con muy poca inocencia con el nacionalsocialismo (y por ende con cualquier espíritu de reacción) era discernir la posible fuerza de opacidad ideológica que la música encerraba en sí misma. No en balde y citando a E. Tucholsky ­---“a causa del mal tiempo la revolución alemana se ha realizado en el sector de la música”—  nos encontramos con algo en extremo sugerente: de qué manera Adorno se percata ya muy pronto del fracaso político de la revolución  alemana de 1919 que abrirá con posterioridad el paso al nazismo y que ofrece un correlato de agudo cambio, ya no necesariamente en las manifestaciones literario-poéticas (reunidas en ese grueso rótulo denominado expresionismo),  sino justamente en la radical consideración de la música que, a partir y a través de Schönberg, se efectúa desde incluso antes de 1914.

El compositor dialéctico, artículo escrito para un volumen homenaje a los sesenta años de Schönberg, si bien es cierto se halla circunscrito a la exigencia del halago, es asimismo una autoafirmación y toma de posiciones si nos percatamos del descalabro político de 1933. Pero también desglosa en su particularidad el “tempo” y actitud de un compositor en tiempos de crisis. Se habla ahí de un miedo a Schönberg, no nacido necesariamente del asombro ante una paleta orquestal de sumo variada y por la sonoridad inaudita que produce el quiebre de la tonalidad; sino que ese miedo viene dado por el extremo de querer este compositor, transmitirnos una atmósfera de catástrofe. Pero esta atmósfera no se autonomiza en cuanto toma de pulso epocal (el fin de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo), sino que adquiere fuerza y razón de ser en lo que Adorno aprecia en la nueva relación entre el músico y su material sonoro: esa relación no obedece solamente a una respuesta ante un estado de emergencia, obedece también a la consecuencia natural que la música como desarrollo de sí misma en su seno lleva. Desde esta perspectiva, Adorno da a entender el afán de rigor técnico que Schönberg asume para sus composiciones, rigor que no implica transar con la tonalidad tradicional, pues ésta se muestra a estas alturas como impulso domesticado dentro de la cosificación, establecida ésta a su vez como neutralización del destino polémico que caracterizaría a la esencia de la música. Acá ya es posible apreciar un tema que la Filosofía desarrollará de modo extenso: la tensión entre tonalidad y atonalidad como fuerzas de choque del espíritu que rehusa sustraerse a la mercantilización del capitalismo tardío. Justamente esa tensión implicaría una formulación crítica desde el arte y de la música en este caso, porque daría cuenta que el acto de producción artística no se encuentra sometido por las leyes del consumo. En la tonalidad no asumida críticamente (cosa que llevaría a su autodestrucción creativa: lo atonal como lo no-resuelto) ve Adorno la derrota de la música encarnada para él en la música popular, en el jazz por ejemplo.
Como da a entender Wellmer:

“…en el arte de masas, en puridad, él (Adorno) no puede descubrir libertad alguna, sino sólo cosificación e ideología (…)
La Flauta Mágica de Mozart representa para Adorno el momento en que se logra plenamente por primera vez la coincidencia entre lo serio y lo ligero, pero al mismo tiempo, también el último.
Para Adorno la actual música ligera es sólo ideología, un muladar cultural, un producto de la industria cultural lo mismo que el cine…” [5]

No es nuestro interés entrar aquí, aceptando o  rechazando las consecuencias que Adorno deduce de la tensión tonal-atonal que desemboca en su desprecio de la música popular-ligera. Más importante es hacer a nuestro juicio un seguimiento en el artículo de 1934 a la noción de dialéctica para apreciar ahí la posibilidad de una productividad artística que configure espacio de resistencia.
La dialéctica del compositor ante un material diverso como dice Adorno no es una contradicción en el interior del artista en cuanto sujeto, sino una contradicción entre la fuerza de éste y la fuerza de la realidad ante la que se encuentra enfrentado. Esa contradicción entre el sujeto (compositor) y el objeto (material sonoro) no significa de ninguna manera dos modos de ser rígidos y separados, modos entre los cuales fuera preciso establecer una compensación: ambos se engendran de forma recíproca tal como ellos mismos están engendrados históricamente.
Este engendramiento histórico obedece a nuestro parecer a dos instantes: uno tiene que ver con el básico planteamiento de una autoconciencia subjetiva frente a y en un proceso histórico, no pasivo, sino activo y de perpetuo enfrentamiento, enmarcación del artista en su época y lector de los acontecimientos.
Aquella lectura incidiría en la toma de posición ante catástrofes inminentes que la misma autoconciencia es capaz de dilucidar más allá de la mera ingenuidad de un arte que desea alejarse de lo social: el artista como “lugarteniente”. Aquí nótese lo mencionado respecto a la fecha de aparición del artículo, que por más que trate de temas estrictamente musicales vincula a la música, representada por Schönberg, al momento de crisis dada por ese “miedo” o “espanto” ya de la época, menos de la música en sí.
Por otro lado el engendramiento histórico se vincula en el permanente conflicto de origen hegeliano entre forma y contenido, conflicto que Adorno aprecia se agudiza en la música del siglo XX; esto posee un correlato de praxis evidente: la disolución de la forma sonata, disolución que arranca desde Beethoven, pasando por Brahms y que para Schönberg significa el desafío esencial para llevar a cabo sus ideas musicales. Porque justamente la forma sonata desarrollada en un proceso de Aufklärung (su nacimiento con el clasicismo vienés sería la prueba a todas luces) se hallaría agotada para la expresividad de “emergencia” que la nueva dialéctica relacional entre sujeto-objeto que Adorno ve en Schönberg, necesita para llevar a buen término, precisamente se ha clausurado, habiendo, al parecer, llegado a su propia conclusión lógica.
La forma sonata como equilibrio de partes donde un conjunto de notas y acordes predominan sobre otros en una jerarquía necesaria para establecer la tonalidad, se hace trizas en la destrucción de esa misma jerarquía por medio de sus propios componentes en un afán de libertad igualitaria. De ahí que la consecuencia obvia de la atonalidad en Schönberg significa sistematizar aquella libertad como técnica en el dodecafonismo, donde es posible advertir el derrumbe total de la forma sonata clásica, pero abriendo nuevos problemas de soporte al contenido exclusivamente musical.
Este doble engendramiento histórico delata el conflicto entre el sujeto y el objeto, entre el compositor y la materialidad sonora. Así, la relación dialéctica está vigente en verdad desde el momento en que el material artístico adquirió frente a los hombres, la independencia de las cosas y no devino una mera consecuencia de un dominio total. En la medida en que es en el recinto de la congruencia de la técnica compositiva en donde el sujeto y el objeto están confrontados, en la medida en que es en su imbricación en donde están sometidos a control; la dialéctica misma, al decir de Adorno, se ha desasido de su ciego nivel natural y se ha vuelto practicable: la suma rigurosidad de la técnica compositiva se devela en última instancia como libertad suma, es decir como la libertad del hombre para disponer de la música.
Y es precisamente en esa libertad nacida de la confrontación dialéctica entre sujeto y objeto donde debe anidar la superación del miedo. Ahora bien, parece extremo el apuntalar en nociones tales como espanto, miedo y angustia la configuración de la música. Pero la naturaleza de ésta se encuentra impresa únicamente en los extremos y sólo ellos permiten reconocer su contenido de verdad. El dilucidar aquel “contenido de verdad” es un eslabón necesario entre el artículo que hasta ahora hemos revisado y la Filosofía de la nueva música. Por su puesto que no se trata de examinar en la presente oportunidad in-extenso la dificultosa reflexión de Adorno que ahí se expone, mas bien es preciso enmarcar adecuadamente lo que la música nueva como Aufklärung puede brindarnos para, a partir de ahí, hacer el viraje conclusivo que entronice a la música como resistencia.
El contenido de verdad es el apartarse de la objetividad obvia que en la música representa la tonalidad; por ello la atonalidad es una posición de defensa y crítica contra la mercadería artística mecanizada, tal como se señaló más arriba.
Para Adorno hacer una filosofía de la música es hacerla de la nueva música. La única defensa consiste en denunciar esa cultura oficial de aparente reconciliación ya que esa cultura por sí misma sólo sirve para fomentar la barbarie que se esfuerza en combatir. Por ello la afirmación que las obras maestras de la música contemporánea son más cerebrales y tienen menos carácter sensible, representa, según Adorno, sólo una proyección de la incapacidad de comprender. El antiintelectualismo que sustenta opiniones semejantes y que apela al “sentimiento” se alía y complementa de modo oneroso a la razón de negocio propia del capitalismo tardío, pues ve en el placer otorgado sin reflexión, un recurso de apaciguamiento a-crítico.
Es así que la música, asumida como un movimiento conceptual que anima lo inarticulado de la negatividad, se muestra como determinación específica de lo objetivo. De aquí puede desprenderse una idea fundamental para comprender el gesto de Adorno que encajona a la música, a la “nueva música”, como representación y esencia de un tiempo de crisis (recordando el contexto de  ambos textos)
Tal  idea es que la obra de arte y en particular, la obra musical, lucha contra una identidad al manifestarse como negatividad, es decir, como oposición a la equiparación niveladora del estilo. Aquí el estilo es la tonalidad secuestrada por la “ratio” comercial, sea esta tonalidad “seria” o “ligera”. Esto rompe a nuestro entender, la enmarcación despreciativa que en un primer momento es dable ver en Adorno, respecto a su rechazo de la música popular. Porque justamente el meloso gusto por una melodía de Chaikowski transmitida como apertura de un comercial radial es perfectamente equiparable a los excesos del jazz, por ejemplo.
Así puede desprenderse que en contraposición a ello, la música, en la negatividad, deba apelar a los procesos  de Aufklärung que, tradicionalmente, el Romanticismo le negó al identificarla como “pasión del corazón”. Es precisamente en la superación de esta premisa que la música debe reconocer la cuota de  Aufklärung que en sí lleva, algo que Maynard Solomon  ha observado respecto a la música de Beethoven al analizar la Novena Sinfonía como soporte de reconciliación deseada, pero desde un lenguaje que, basándose en la tonalidad, la trasciende en su propia materialidad[6]
Lo que Adorno pareciera proponer es un nuevo escenario donde perdida la tonalidad como sustento de nuestra sensibilidad e imaginación, derivemos a lo atonal que despierta en su amalgama de desorden y caos aparente, la esencia de lo que no deseamos admitir.

Porque la música muestra, conmovida, por el proceso de Aufklärung que tiene, su propia conciencia de progreso. Y esa conciencia es la de una conciencia angustiada del oyente y de lo objetivo, conciencia que se encuentra en la nueva música con las puertas cerradas, a través de las cuales se esperaba huir, porque en la música y en el arte, refleja sin concesiones su más absoluta negatividad y saca a superficie todo lo que se querría olvidar. Por eso la nueva música se enfrenta a la ingenua rutina cultural sin ninguna consideración y se convierte en su antítesis chocante: explota la memoria de lo negado como supresión y lo trae a presencia en el sonido, un sonido que es como el sujeto que la enuncia: desgarrada, malherida, en protesta aguda dentro de la época y viento en contra al manifestarse cualquier tipo de reconciliación aparente. Así, pareciera deducirse un valor “ético” de la nueva música, pues muestra como un espejo la fealdad socio-espiritual que la modernidad desearía maquillar bajo velos más amables.
Este proceso de “aclaración” que la música lleva es porque se reconoce como Aufklärung en el misterio de la más alta lucidez. Por ello es dable ver en ella un espacio de resistencia de lo otro, un espacio donde no sólo se resguarda la memoria de lo excluido, sino también se despliega como “obra” esa misma exclusión. Es así que en la música puede anidar el esfuerzo permanente de la negatividad ante la totalidad de la “ratio” comercial que neutraliza cada uno de sus componentes. Para concluir, sólo podríamos agregar que esa nueva música, encarnada en el compositor dialéctico, en Schönberg, es la más alta exigencia musical: todo el material auditivo se vuelve fiero, chocante, porque pareciera replegarse sin concesiones. No es el mundo de sonidos tradicionales con los cuales nos solazamos a diario el que nos presenta esta música.
Es otro mundo, un mundo que nos es enrostrado, surgido de las ruinas de lo diario que, en apariencia, es conciliatorio. Es una música exigente porque ella nos solicita a nosotros y no nosotros a ella. Ella se basta a sí misma (la autonomía de material)  en la concatenación que bordea lo inexpresable. No otorga el placer que anhelamos por ejemplo al oír a Beethoven, sino en la medida que busquemos o encontremos una amplia solicitud hacia ella, solicitud que puede traducirse en atención, concentración, audición despierta con todos los sentidos. Y eso es “trabajo” es decir, laborar para encontrar.
Su placer no es de este mundo, porque propone su placer en los extremos del mundo, allí donde nos encontramos despojados y anhelamos el goce del instante, placer que en los extremos nos invita, atrevidamente, a buscar en una ultraconcentración el desgarro que, como sujetos, poseemos.



                                                   











[1] Adorno, T: El compositor dialéctico en Impromptus: artículos musicales. Primera edición alemana 1968, ed en español, 1985, Laia, Barcelona, traducción de Andrés Sánchez Pascual.
[2] Adorno, T: Filosofía de la nueva música. Primera edición alemana 1949, ed en español, 1966, Sur, Buenos Aires, traducción de Alberto Luis Bixio.
[3] “Las composiciones musicales de Adorno han sido publicadas, en dos volúmenes por la Editorial “Text und Kritik” de Munich. La edición ha estado al cuidado de Heinz-Klaus Metzger y Rainer Riehn. El tomo I (1980) contiene los ciclos de canciones para voz y piano. El tomo II (1983), la música de cámara, las obras para coro y las obras para orquesta (...) Existen además otras composiciones musicales de Adorno (un trío para cuerda, un cuarteto, diversas piezas para piano) que su autor no dio por definitivas y que por ello no han sido incluidas en la mencionada edición.” Andrés Sánchez Pascual en una nota a su traducción de Impromptus ed cit, pp226-227. Acerca del aprendizaje de Adorno con el autor de Wozzeck vid el capítulo titulado “Recuerdo” de la monografía de Adorno Alban Berg; el maestro de la transición ínfima, Alianza, Madrid, 1990, pp19-43.
[4] Al respecto es posible consultar el ensayo “Verdad, apariencia, reconciliación. La salvación estética de la Modernidad según Adorno” de Albrecht Wellmer en Sobre dialéctica de modernidad y postmodernidad: la crítica de la razón después de Adorno, Visor, Madrid, 1993, pp 13-50.
[5] Wellmer, A: Sobre la dialéctica de modernidad y postmodernidad: la crítica de la razón después de Adorno. ed cit, pp 46-47.
[6] Solomon, M: Beethoven , J.C. Vergara  editor, Barcelona, 1982

viernes, 4 de febrero de 2011

La producción desde el fracaso: notas sobre Chilean Poetry de Rodrigo Arroyo

En unas semanas más, se cumplirán tres años de la publicación de Chilean Poetry , el primer libro de Rodrigo Arroyo. Sin temor a dudarlo, creo que ha sido uno de los más notables libros de poesía publicados en mucho tiempo: su ascetismo, su desencanto, su pasion, su lucidez, su capacidad para no transar con lo que se comercia hoy por hoy en el mundillo literario. Aunque muy distante en su propuesta a mis particulares gustos poéticos, sigo viendo en este libro de Arroyo un impulso critico a toda prueba y que creo ha pasado la ordalía propia del "primer libro" de cualquier autor. Me gustaría subir más adelante algunos poemas de Chilean Poetry , por el momento amigo lector, dejo aquí la presentacion que escribí y leí en marzo de 2008.


Hay cosas que no podemos olvidar –aunque quisiéramos- De esa forma, por ejemplo, el siglo XX nos enseñó que la poesía puede ser partícipe de la utopía como lo muestran Eluard, Neruda y tantos otros, contribuyendo a solicitar su presencia como realización histórica. Pero también la poesía ha mostrado ser la articuladora del desencanto o la negación cuando las expectativas soñadas o inventadas se difuminan, alejan o aniquilan. Aquí, mencionar nombres que subrayen tal tendencia sería redundante, pero basta sólo con pensar en Celan o Vallejo para que tengamos una idea aproximativa de lo que deseo manifestar. Ese es quizás uno de los sinos de la poesía en el transcurso del siglo recién pasado: saberse histórica queriendo acompañar, negar o contradecir la historia. En una época como la nuestra, antiutópica, descreída y espectacular –en la estela de Debord-, dispuesta al secuestro rentabilizador de cualquier discursividad que temerariamente no sólo se le oponga, sino que también pretenda darse el lujo de ignorarla, la poesía pareciese ser que acendra su actitud vigilante no sólo respecto a sus eventuales referentes –inventados o reales- sino de sí misma en tanto discurso que asimilado a la cultura concluye en su propio mutismo que, por supuesto, es una versión más de su cariz crítico. Lo que se ha desmantelado y deslegitimado en mi modesta opinión, es sobre todo la manera en que ese cariz crítico que le es inherente, se ve monumentalizado como gesto, como autocomplacencia endogámica en el contexto de nuestra precaria sociabilidad literaria.
            En el caso de la poesía chilena actual, aquella que podemos circunscribir cronológicamente escrita desde los 90 hasta acá, puede decirse que muestra una invitación a un especie de revival de lo explorado en el siglo XX, pero con la conciencia de una biblioteca, donde la gestualidad desemboca en pretensiones de administración discursiva: maneras, modos, estilos y formas de asumir la escritura se vuelven no tan sólo la búsqueda de una eventual legitimación en diálogo conflictivo con una “tradición” de lo que es o sería la poesía chilena, sino también una manera de entender la rotura de la comprensión lingüística de lo que ha sido un concepto de poema. Ahora bien, sin lugar a dudas, esa manera ha devenido una especie de “ejercicio administrativo” de un imaginario semántico que otorga o niega parabienes de reconocimiento tácito en la justificación discursiva de cualquier poema. A falta de una preclara crítica literaria que sea solvente en su lectura y esclarecedora de los sentidos posibles de tales productos, esa más que virtual “administración” se devela en usos de lenguaje que fetichizan ciertas palabras -novedad, ruptura, riesgo, originalidad, destino al decir de algunos neocríticos que más parecen una mala versión de Joaquín de Fiore como puede ser el caso de Felipe Ruiz V, por ejemplo- volviendo en verdadero idiolecto su dispositivo semántico y, por supuesto, desterrando cualquier anhelo de cambio, cualquier anhelo de subversión y que se cristaliza en moda, esa palabra que no es más que el rostro de la muerte tal como nos advertía Leopardi desde el ya lejano Romanticismo. Tal vez la poesía sea una tentativa por abolir significaciones porque ella misma se presiente como un significado último: destrucción y creación del lenguaje, pero también palabra que busca la palabra.

Creo que el libro Chilean Poetry – Ed Fuga, Valparaíso, 2008- de Rodrigo Arroyo, publicado en marzo de este año en Valparaíso, se inscribe en esa trama que he intentado describir malamente y que en su inscripción lleva con creces la semilla de su propia superación. Intentaré en lo posible de clarificar las razones de ello en estas notas.
En primer término, el gesto tautológico que posee la escritura de Chilean Poetry, gesto que me hace venir a la memoria nombres y proyectos aledaños y que pueden ser vistos como filiaciones: Lihn, Millán, Martínez –el título y hechura del libro ya lo muestran con una ironía maestra en alusión tanto a La nueva novela como a La poesía chilena del poeta viñamarino, pero también en relación a lo que llamaría la pasión objetual del lenguaje en relación directa a Millán y el esfuerzo de transparentar los significados en la factura del poema, cosa ésta que de inmediato a cualquier lector atento le remite asimismo a varios instantes de la escritura lihneana en su carácter “situado”, ya no tanto de las circunstancias de lo real, sino también y sobre todo, en relación a una toma de postura ante una idea o noción de tradición de la cual cualquier discursividad poética pretende tomar distancia, cercanía y densidad-  Ahora bien, lo que me interesa de Chilean Poetry es justamente esa toma de conciencia de aquella “tradición” por llamarla así y que convierte la reflexión acerca de las posibilidades de existencia de la poesía, en una de sus características primordiales, conciencia que muestra no sólo un afán de continuidad u homenaje, sino lo que denominaría como una especie de intento por dilucidar o esclarecer una advertencia que nos dice, que nos cuestiona de verso a verso, de poema en poema y que podría ser formulada más o menos del siguiente modo: ¿es posible, ya no la poesía en sí, sino más bien la inscripción que se niega al decirse? Y si eso acaso es posible, ¿cómo no ver en la tachadura un recurso retórico – es decir, historizado y por ende legitimado desde La Nueva Novela- que se volatiliza a pesar suyo, volviéndose superfluo en la emergencia que muestra esta escritura? La eventual respuesta a estas preguntas cargadas de retoricidad circunstancial no deben ocultar lo que desean zaherir: la existencia de la posibilidad en tanto ella misma se entronice, abolida la convención que estima lo que es o no es poético. Tal vez radique ahí la emergencia de Chilean Poetry, su estimulante desafío, su adusta presencia que habilita una verdad irresoluble, problemática y estimulante: los lenguajes nacen y mueren, todos los significados un día dejarán de tener significados. Crisis del poema. Crisis de la opacidad del poema. Y Rodrigo Arroyo, en una actitud, al menos para mí lúcida y escéptica, no transita el camino de la gestualidad corporal, o de la experimentación formal con el lenguaje, ni el de la poesía sonora, ni objetual, ni nada que se le parezca. Distancia, que no prudencia. Más bien mirada crítica, desembozada y con recursos enmarcados en una tonalidad que no rebasa su propia ansia de significación. La conclusión lógica de aquello debería ser el silencio. Sin embargo, y lejos de todo misticismo, se nos antoja un silencio disonante y perplejo, un silencio a lo Edvard Munch: como grito que al enunciarse ensordece.
            Todo esto nos lleva en segundo término a considerar otra cosa: cómo en Chilean Poetry se visualiza un sano distanciamiento crítico de cualquier retórica redentorista –de clase, margen o poéticamente correcta- en donde el escepticismo frente al lenguaje que se manifiesta en la desconfianza referida a cualquier representación, no es asumida en ningún caso como un “optimismo” cómplice de un estado de cosas de todos conocido: ya sea de una inventada vanguardia, postvanguardia o lo que sea que pretendió la administración de una escena –precaria, densa y compleja por lo demás- totemizando experiencias en vez de logros de obra, como también desconfianza de ver en el poema una instancia de conciliación a nuestra contradicción histórica. Para Arroyo, me da la impresión, el poema no se agota como documento histórico –es decir, datable y confiable en tanto otorga información sobre una visión epocal-. Se trataría tal vez, de apreciarlo como receptáculo de una herida que erige en su reversión de sentido, su propia significación o su mero hecho de existir, donde ese hecho se gana o se pierde al renunciar a toda pretensión de representatividad generacional. Esta actitud, por llamarla así, articula un desideratum que enunciaría del siguiente modo: el poema –asumido como fracaso- no se adelanta a su época, sino que siempre llega tarde y en esa llegada no puede, ni desea aprehender ni mucho menos administrar la utopía, sino más bien advertir que cualquier discursividad que se pretenda salvadora o emancipadora de lo que sea es ya un acto que violenta su posibilidad misma, una traición a su autoconciencia intrascendente. Pensar y decir el poema así, muestra en mi modesta opinión no sólo una honestidad poética –si es que existe algo por el estilo-, sino también un modo de comprender a la poesía, a la poesía escrita en castellano en nuestro país como una instancia que ha arribado a su consumación.

Tal vez para algunos eso suene a palabrería decadente a la luz de un aparente estado de buena salud que tendría la poesía chilena reciente, estado que se manifiesta en diversas publicaciones, revistas, conversatorios, encuentros varios, lecturas infinitas en bares o plazas de pueblos olvidados, antologías u otras instancias análogas. Eso, por supuesto puede otorgarse. Y sin embargo, Chilean Poetry plantea la duda, la duda necesaria que toda poesía, asumida como discurso inalienable de su propia vigilancia, articula y sufre. Pienso que no se trata de convertirse en una especie de sociólogo de tercera categoría jugando con un puñado de posibilidades. No lo sé, creo sin embargo que vivir en una hiperfragmentación que es antesala del abismo del significado, en nuestra época, en nuestra sociedad actual, no es menos estimulante que vivir en épocas de pretendidas actitudes resolutivas que llaman a la acción, la calle o lo que sea. No hay contradicción asumida como mala conciencia. Hay cautela de parte de Arroyo, cautela que simplemente implica no comprarse el cuento…ni siquiera el cuento de la poesía y mucho menos de su flatulento glamour, parodia narcisista de ese glamour de tercera propio de nuestra enternecedora farándula televisiva. El llamado de Chilean Poetry es más distante y cáustico, desalentador incluso, pero no menos perentorio, una admonición para que advirtamos lo efímero de nuestros ejercicios imaginativos y lo conflictivo que implica hoy escribir un poema. En ese conflicto radica la productividad de sentido que nos enseña Chilean Poetry. Una productividad que no teme vérselas con la nostalgia, la crítica, el desdén y la conciencia del fracaso de tantos proyectos estéticos que al devenir políticos mostraron y muestran su propia fragilidad. Por eso hemos llegado demasiado tarde, por eso escribir un poema ya es un acto rebelde más allá de una eventual estética de maquillaje postmoderno.
            En tercer término, esto lleva a plantear algo no menos dificultoso y de difícil resolución: ¿cuál es la posibilidad, entonces hoy en día de una poesía política? Ciertamente, una pregunta que de ninguna forma es extemporánea y hoy más que nunca. Pero aún reconociendo su necesidad perentoria, parece ser que resolutivamente es una pregunta que para vérselas con su respuesta debe realizar una serie de circunvalaciones que no son aclaratorias de inmediato. Porque una escritura como la de Chilean Poetry, pone en cuestionamiento la épica que tradicionalmente se asocia a una escritura comprometida en su necesidad de inmediatez y en su tentación de rectora conductual de lo sujetos que hacen o llevan acabo la gestión de lo político. Pero más allá de eso, Chilean Poetry evidencia el cansancio de articular al discurso como instancia real  -como creencia- de transformación o cambio o mejor dicho que a través o por medio del discurso poético no  pasa ni se lleva a cabo esa transformación.
Por todo eso creo, sin temor a equivocarme, que Chilean Poetry es uno de los libros más intensos, desolados y necesarios que se han escrito en la poesía chilena de los últimos años y que ciertamente reinventa una idea o noción de lo poético y de lo político como una tentadora salida al impasse al que ha visto reducida su resonancia cualquier discurso artístico actual que pretenda hacer del lenguaje fundamento de emancipación.


                                                                               



sábado, 29 de enero de 2011

1916: las constricciones del lenguaje

Realidad y lenguaje han establecido siempre una relación tensa, contradictoria y productiva. No es para menos, ya que el lenguaje constituye la esencia misma de nuestra naturaleza humana. El siguiente ensayo fue publicado en http://www.letrasenlinea.com/ a mediados del año recién pasado. Acá va sin mayor preámbulo
                                                                                                                   
I

             A mediados de la Primera Guerra Mundial, en febrero de 1916, el alto mando del ejército alemán a cargo de Erich von Falkenhayn emprendió una ofensiva en el noroeste de Francia, en la Champaña, con la esperanza de romper el frente de trincheras y forzar así una retirada de las tropas anglo-francesas hacia la región del Marne, tal como sucedió al inicio de la guerra en agosto de 1914. El principal objetivo era tomar la ciudad fortificada de Verdún, llave estratégica de toda esa zona. Aunque la ofensiva alemana, desarrollada en pleno invierno, fue una sorpresa para el mando aliado, las huestes de Falkenhayn no pudieron doblegar la resistencia enemiga. Ambos ejércitos no lograron hacer retroceder al otro y la larga y extenuante batalla de Verdún se convirtió en punto neutro sin ningún resultado efectivo. De aquel modo hasta la primavera de 1916 las bajas eran cuantiosas: unos 450 mil muertos y heridos franceses e ingleses y unos 300 mil alemanes.
            Avanzado el año, en el verano de 1916, el alto mando del ejército inglés a cargo de sir Douglas Haig quiso articular una contraofensiva, emprendiendo un ataque en el noroeste de Francia, en el Somme, con la misma esperanza de romper el frente de trincheras y obligar así un retiro del ejército alemán, tanto de ese sector, como del suroccidente de Bélgica. Aunque Haig contaba con el efecto de la sorpresa y con un recurso técnico bélico hasta ese instante desconocido (los tanques), el ataque se mostró catastrófico desde el primer día: cerca de 20 mil muertos y heridos y un número indeterminado de desaparecidos. Durante una semana aproximadamente la intensidad del ataque no arreció, para, con posterioridad, estancarse cerca de dos meses, al final de los cuales, el terreno ganado por las tropas inglesas no superaba los diez kilómetros cuadrados. El balance: cerca de 300 mil muertos y heridos ante unas 250 mil bajas alemanas.
            Así, a fines de 1916 habían caído en el frente occidental cerca de un millón y medio de hombres, entre ellos el pintor Franz Marc, uno de los fundadores del grupo Blaue Reiter junto a W. Kandinsky en 1911 y el joven filólogo alemán Norbert von Hellingrath, descubridor y primer editor de la, hasta ese instante, desconocida poesía de Friedrich Hölderlin. En el transcurso de esa guerra caerían entre otros, los poetas ingleses Edward Thomas  en 1917 y Wilfred Owen  en 1918.
            Estas verdaderas carnicerías son la representación de lo que se ha denominado batallas de material, cuyo objetivo era el desgaste del enemigo en oleadas sucesivas de hombres, cañones y gases asfixiantes. Pronto, en el transcurso final de aquella contienda, tanto en Cambrai como en Ypres, se demostraría con esta nueva concepción de batalla la fidelidad hacia el insaciable Moloch de la guerra.
            De ese modo en Verdún y en el Somme quedó en evidencia durante el transcurso de 1916, la lógica suprema de la inteligencia humana para organizar industrialmente la muerte de millones de seres: los contraataques sucedían a los ataques en una espiral de ciega obstinación, espiral calculada con minuciosidad gracias a un despliegue de planificación que en su orden supremo bordeaba la locura racional.
            Tal desideratum de muerte y destrucción iba acompañado por un desgaste más subterráneo y quizás primordial: el vaciamiento del lenguaje que había convocado a esas mismas fuerzas destructoras. Después de Verdún y del Somme pocos eran los que creían en palabras tales como patria, heroicidad y honor y, por ende, en el sustrato invisible que sostenía la ficción de una guerra justa, alegre y sana, términos que el periodismo belicista de agosto de 1914 había empleado para enardecer aún más, el temple bélico incitado por las testas coronadas de la vieja Europa. Robert Graves, Thomas Mann, Stefan Zweig y sobretodo el insobornable Karl Kraus se percataron muy pronto de ello, sin embargo ya era demasiado tarde para detener la matanza y más aún para intentar establecer un nuevo pacto entre el lenguaje depreciado por la locura colectiva y la intimidad humana que aún sobrevivía. Quizás la única salida era replantearse todo nuevamente, quemando las naves de un lenguaje caduco.

       
                                                                    II

Una cultura milenaria se desintegra. Ya no quedan pilares ni puntales, ni siquiera cimientos; se han derrumbado(...)El mundo ha perdido su sentido. Estas palabras de Hugo Ball, enunciadas en el contexto de una conferencia acerca de la pintura de Wasily Kandinsky en 1917, muestran el temple de toda una época, una época que vivía  de modo permanente con una pistola a la sien. Ball cuya vida surge de modo impresionante entre las pasiones y contradicciones de la sociedad europea de principios del siglo XX, era un escritor de teatro expresionista, periodista de izquierda, pianista de ocasión en cabarets y teatros de variedades, ferviente admirador de las novelas de Hermann Hesse y estudioso de Nietzsche y Bakunin, pero ante todo un artista de integridad moral a toda prueba.
            Un año antes, en 1916, Ball se encontraba en Zurich, verdadero oasis de recalada para desertores, objetores de conciencia, espías franceses y alemanes, como también para una juventud artística que contemplaba el impasible autoaniquilamiento de Europa. Su estadía lo haría testigo y partícipe de uno de los movimientos más relevantes de las vanguardias del siglo XX: el dadaísmo. Precisamente, en febrero de 1916, mientras la muerte se convertía en el comentario al bombardeo de Verdún, la leyenda dice que en una reunión entre varios personajes de desolado destino, Hugo Ball y Tristán Tzara bautizaron con el nombre de Dadá sus aspiraciones de disidencia. Al evocar esta palabra se nos vienen a la mente como por ensalmo una serie de asociaciones e imágenes que han quedado retenidas en el inconsciente cultural contemporáneo: actos de intensa provocación, manifiestos de deslumbrante belleza iconoclasta, anécdotas de enfrentamiento público entre los miembros del grupo y la gente asistente a sus manifestaciones, etc. Sin embargo, como acertadamente apunta Paul Auster, la seriedad con que Ball asume las premisas que él y sus amigos van haciendo mientras Dadá se consolida en la burguesa Zurich, permite apreciar con otros ojos lo que a primera vista parecería el altisonante desvarío de un grupo de jóvenes como una especie de premeditada extravagancia a la manera de los hermanos Marx.
             En esa seria intensidad, sobretodo de Ball, puede rastrearse un acontecimiento capital que, más que un logro efectivo de praxis artística, derivaría hacia una toma de conciencia que un poeta como él haría suya hasta el final de sus breves días: que cualquier anhelo de transformación real de las cosas del mundo debe partir primero con la despiadada crítica del lenguaje que sustenta el anquilosamiento de la sociedad. Ya Nietzsche en La genealogía de la moral había efectuado la demolición del edificio lingüístico en el que se amparaba el mundo occidental devenido en decadencia y que para el solitario de Sils María significaba básicamente nihilismo. Transvalorización de todos los valores había declarado en distintos lugares de su obra, cosa que implica necesariamente vérselas con el lenguaje y las posibilidades de transformación y por ende de depuración que aún podía poseer. Para Ball y los dadaístas ello significaba asimismo tabula rasa: frente al lenguaje corroído por la falacia nacionalista y la guerra promovida por los valores burgueses, era necesario un esfuerzo máximo de limpieza. Acá no se trataba de la siempre cierta lucha del poeta por la expresividad, ni tampoco del silencio asumido como metáfora en el esfuerzo por asir lo inefable. Se trataba de algo distinto, de un gesto nacido en la conciencia de una desesperación ante el vaciamiento del significado, pero sin el patetismo de los expresionistas ni con los avatares grandilocuentes propios de la poesía de un Werfel o un Toller. Tabula rasa: una destrucción para comenzar de nuevo. De aquel modo es posible entender la subversión del lenguaje con miras a demoler su intrínseca apariencia en pos de su fundamento primigenio: su materialidad sonora. Así, mientras en el verano de 1916 se daba inicio a la batalla del Somme, en Zurich, el 23 de junio, Hugo Ball, oculto su rostro con una máscara confeccionada por Hans Arp y ante la perplejidad, indignación y asombro del público, recitó en el cabaret Voltaire, un poema fonético hecho de sílabas y voces sin sentido, donde no era posible reconocer ninguna palabra en el concepto tradicional del término. Como señala Octavio Paz, la experiencia de Ball colindó con el trance religioso, pues era dable identificar tal acto como la de un conjuro mágico: con esos poemas hechos de sonidos renunciamos totalmente al lenguaje corrompido y vuelto inusable por el periodismo. Volvimos a la alquimia profunda de la palabra, más allá de los vocablos, preservando así a la poesía en su último dominio sagrado. De estas afirmaciones de Ball puede desprenderse una infinita nostalgia por un lenguaje anterior al lenguaje como utilidad, pero también una extrema conciencia de hacer presente la violenta destrucción que es propia de la inocencia: el gesto neoadánico de nombrar nuevamente todo.


                                                                  III
Munich: ciudad aristocrática, sensual y nacionalista, escenario wagneriano no sólo de una embriaguez espiritual (mis antípodas viven en Munich, declaraba Nietzsche en Ecce Homo), sino de una embriaguez mucho más mundana donde todo se teñía con un evidente matiz de tradición y monumentalidad. Munich, ciudad eje para comprender la tragedia de Adrián Leverkhun, el singular personaje de Doctor Faustus de Thomas Mann. Munich, ciudad sibarita y despreocupada donde la música de Richard Strauss era el telón de fondo perfecto. Ciudad donde el arte de vanguardia se habría anquilosado sin la recia personalidad de un extranjero: Wasily Kandinsky. Munich, bastión del nacionalismo alemán personificado en la lealtad hacia la dinastía reinante en Baviera; los Wittelsbach. Munich, ciudad a la que arribó Walter Benjamin desde Berlín en el invierno de 1916.
Eximido por un año de sus deberes militares, el joven e inquieto pensador, coleccionista de libros raros y amante de la poesía de Hölderlin, llegaba a la capital del sur de Alemania, entre otras cosas, para seguir estudios de filosofía y literatura, para ver la posibilidad de entrevistarse con Ludwig Klages, sobre cuyos escritos de grafología se sentía fuertemente atraído, como para ver de qué modo su noviazgo con Grete Radt se disolvía y para dar cuenta del nacimiento de su relación con su futura esposa, Dora Pollak. Asimismo, Munich era el escenario que veía consolidar paulatinamente su amistad con Gershom Scholem, suscitándose entre ambos jóvenes animadísimos debates y conversaciones en torno a Kant, el judaísmo, los movimientos juveniles y la adhesión o crítica acerca de los profesores que frecuentaban: Ernst Cassirer, Gottlob Frege, Ernst Lewy.
Y sería justamente de una de estas conversaciones de donde surgiría uno de los textos fundamentales de Benjamin, fundamental no sólo para comprender la eventual evolución de su pensamiento, sino que también como genial afán de salir del atolladero lingüístico-imaginativo al que la guerra había reducido el lenguaje: Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los humanos.
            Aquí se encuentra in nuce la teoría lingüística de Benjamin, teoría que se origina de una concepción idealista del acto de nombrar, identificado de modo explícito con el gesto adánico de la creación del mundo como asimismo con una manera de concebir al lenguaje como medium de una experiencia mimética de la realidad cosa que permite a Benjamin definir esto en tanto comunicación universal de los seres espirituales. En aquel sentido se puede comprender que el lenguaje, de modo intrínseco, es idéntico al ser espiritual y por ende se plantea un rechazo a entenderlo instrumentalmente. Según Benjamin hablamos en el lenguaje, no a través de él. Por ello, éste no es en absoluto un aparato de signos que se encuentre a las afueras del ser humano y de las cosas, sino todo lo contrario: es precisamente el lenguaje el espacio en que el hombre ha sido creado con las cosas, donde simultáneamente ha sido creado a su vez como creador en el lenguaje. Esto supone que la inmediatez del ser humano como poseedor de una vinculación espiritual con las palabras, implica una participación mágica con el ser íntimo de todas las cosas. Con esto desaparece el abismo entre el significado, el significante y el sujeto a favor de una concepción creadora del lenguaje, acontecer que Benjamin sintetiza de modo magistral: en el nombre, la entidad espiritual de los hombres comunica a Dios a sí misma.
            El pathos que se desprende de este alucinante texto es evidente: es la apuesta por retrotraerse al instante primigenio de la Creación, al instante donde el lenguaje aún es el fundamento privilegiado del ser, tanto como posibilidad de conocimiento, como por base necesaria de la experiencia, pero no para huir del derrumbe de una sociedad herida de muerte, sino como contrapunto de serena desesperación ante la destrucción y del lenguaje usufructuado por la vaciedad nacionalista que tenía en Munich un símbolo wagneriano de autoafirmación.
            En diciembre de 1916, cuando millón y medio de hombres habían muerto en el frente Occidental, enviaba Benjamin a Gershom Scholem el manuscrito de este texto. A la distancia, es posible ver a ambos amigos, enfrascados en la intensidad de sus conversaciones de alto vuelo intelectual, como los dos jóvenes aristócratas chinos que describe el lied Von der Jungend de Gustav Mahler en La Canción de la tierra: intercambian impresiones en torno a su caligrafía bajo un pabellón engalanado de seda con seriedad y cortesía, viendo sus reflejos en el bello lago del jardín, mientras a su alrededor se presiente de modo inminente, el mortífero y amenazante eco de los bárbaros.

                                                   
       IV
Nadie es profeta en su tierra y mucho menos un poeta: después de varios meses de navegación y de hacer una breve escala en Buenos Aires, llegaba a París a fines de 1916, el poeta chileno Vicente Huidobro. De inmediato se vinculó con lo más granado de la escena de avanzada poética francesa (Reverdy, Apollinaire, Dermée, Max Jacob), trabando amistad asimismo con los pintores Pablo Picasso y Juan Gris, con el escultor Jacques Lipchitz y en los dos años siguientes con una serie variada de artistas y animadores de la vanguardia europea (Picabia, Miró, Cendrars, etc). A su arribo a la ciudad luz (bastante restringida con el racionamiento y presa de una ansiedad propia de la guerra), llevaba, según la historia, la primera edición de su pequeño libro El espejo de agua publicado en Buenos Aires a mediados del mismo año y del que se haría célebre el poema Arte Poética; texto breve, bastante convencional en su lenguaje, pero del que es posible apreciar un par de versos significativos:

                            “Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra.
                             El adjetivo cuando no da vida mata.”

            Estos versos hablan de lo capital: de la invención de un mundo nuevo por la palabra. El gesto adánico se hace presente igual que en Ball y Benjamin y trae una serie de consecuencias: ¿es necesario plantear al poema como entidad autónoma de lo real? Sin embargo, cabe preguntar con mayor precisión, ¿cuál es el motivo que incita al poeta el inventar un mundo nuevo? Acaso éste, donde nos desenvolvemos no baste. ¿Y por qué? Pues ha sido degradado en su simbología primordial. Tal como Hugo Ball en el cabaret Voltaire y Walter Benjamin en la vieja Munich, vieron y comprendieron, el lenguaje ya no era lo que fue: se había convertido en un fantasma vacío que ejecutaba las órdenes de la muerte. Recordando a Nietzsche, podía apreciarse que lo primero que se corrompe en una sociedad, en donde comienza su degeneración valórica y existencial, es en el lenguaje, en las palabras: todo mundo o sociedad con un lenguaje corrupto está al borde de su extinción o al menos de su enajenación histórica y sensible. Si como recordaba Benjamin, el mundo ha sido creado por un acto de habla, el de Dios en el Génesis, entonces nosotros, herederos de ese gesto olvidado en la raíz del tiempo, no somos dignos de custodiarlo. Corrupción del lenguaje significa olvidarse de la primigenia refulgencia de las palabras como creación y existencia. De ahí que el poeta que inventa un mundo nuevo en la palabra no lo hace por mero esteticismo o un narcisismo patológico; lo hace porque en él se articula una fe sobreviviente del lenguaje corroído, de la palabrería sin sentido que dispone a su merced del escenario de la modernidad al haberse olvidado todo pacto entre lenguaje y divinidad. Por ello, el poema de Huidobro añade “y cuida tu palabra”, pues se hace clara la ingerencia de responsabilidad ética que le atañe al poeta como custodio de ese nuevo mundo que debe inventar para ponerlo como contraimagen al maltrecho del que proviene.
            El poeta cuida la palabra. Y eso significa no sólo entrar en conflicto desde esa eventual autonomía del objeto de arte con lo real (o lo social dirían otros), sino también se entra en conflicto con el valor de la representación de este mundo, sus imágenes, y por ende con el sentido interpretativo que implica como producción al competir con la Naturaleza en el plano de la Creación. Si el poeta debe inventar un mundo nuevo ya que el real se ha mostrado corroído en su esencia lingüística, debe entonces, a ese mundo nuevo, cuidarlo en la palabra, custodiarlo, pero no como mera teorización allende las nubes, sino como toma de conciencia del valor o peso de las palabras mismas, dentro de las cuales, el adjetivo significa otorgar o negar sentido, altura, profundidad y también condenación. Una palabra mal empleada, un adjetivo arbitrariamente puesto en cualquier sitio no devela tan sólo una falla o error estilístico, devela un error de existencia, un destino malogrado o la destrucción de ese mundo que se anhela plantear frente al mundo ya corrupto en sus costumbres de habla vacía (la ficción en agosto de 1914 de una guerra justa, alegre y sana)
            Al final del poema de Huidobro se dice que el poeta es un pequeño Dios. ¿Cuál habrá sido entonces el abismal derrotero de nuestro ser y de lo real si Dios en el Génesis hubiese errado su decir, si Dios en la Creación se hubiese equivocado por un exceso lingüístico? Peor aún, ¿y si Dios hubiese bromeado consigo mismo en el acto de decir la Creación? Pues el resultado sería una de las bromas más crueles y terribles. Un eventual Dios bromista nos hace comprender con mayor claridad a un Nietzsche embelesado y desesperado ante el espectáculo de esa “broma” en el escenario que llamamos Historia. Por su puesto que no es posible responder aquí a esas preguntas con responsabilidad. Sólo se puede atisbar que tanto para Ball, Benjamin y Huidobro, 1916 asume la significancia suprema de volver a comenzar, pues la confianza en el lenguaje, habiéndose traducido en enajenación y muerte, no implica transparencia y autenticidad, sino, la mayoría de las veces, concentrada desesperación para enunciar lo que al parecer aún podía ser posible: un Adán de inocencia destructiva que fundara un nuevo pacto entre las cosas, los hombres, lo divino y el lenguaje.

                                                                                                                     

martes, 25 de enero de 2011

Apariciones y desapariciones de Hugo Zambelli (1926-2002)

Estamos rodeados de voces que nunca conocimos. Sin saberlo, ellas nos configuran, ellas nos dicen, ellas nos plantean la pregunta para entrar en la encrucijada del sentido o del tiempo. Hugo Zambelli es una de esas voces. Nunca será una voz que balbucee la mayoría: su nombre irá a ratos inquietando a unos y a otros, a esos pocos que leen bajo el agua en búsqueda de ese extrañamiento que no se vocifera ni se proclama, ese extrañamiento que nos hace percatarnos cuán anónimos somos en este espacio como un pequeño grano de sal, ajeno a toda presunción u orgullo pasajero. Vaya aquí este breve texto sobre Hugo Zambelli y un puñado de poemas. Espero que no te defraude amigo lector.

Ser uno en la obra. Volverse ella misma en sus pasadizos opalinos, en sus claroscuros que fungen de modo casi perfecto una ausencia al parecer siempre deseada. Convertirse en cada una de las palabras acogidas con la precisión abrumadora que significa el despojamiento: el de la vida, el del rostro, el de la biografía. Y saber que después de todo vendaval, de toda historia quedan jirones, escombros, restos de escritura diseminados en la inmensidad de una memoria maltrecha, en páginas de olvido, en alusiones secretas que alimentan una presencia que se adelanta a toda conjetura.
En los poetas de Valparaíso parece que se cumple este designio que no teme el maridaje con el silenciamiento biográfico y cuya actitud fundamental es una entrega a la escritura con una pasión poco común: Juan Luis Martínez, Ennio Moltedo, Rubén Jacob, Eduardo Correa, Ximena Rivera son quizás jalones de una urdimbre que articula un sentido que no proviene del reconocimiento otorgado por el establishment literario, sino por una actitud ante el lenguaje, ante las palabras, ante las cosas, ante la página en blanco. Para nosotros, lectores –simples lectores- se nos vuelven desconocidos sus noches afiebradas, sus sacrificios interiores, sus secretas epifanías. Pues en aquel desconocimiento toda una poética silente se dibuja en el despojamiento biográfico y todo un universo de imágenes y palabras se trasluce de sus poemas, de sus tejidos inhallables de voz e incertidumbre.
Ciertamente Hugo Zambelli es parte de esta cofradía que se arma década tras década, año tras año, sin publicidad, sin premios, sin nada., sólo con la necesidad imperiosa de buscar  una promesa que se difumina en su mismo decir. Poeta de una obra breve –no más de cinco libros en cerca de 40 años, hoy por hoy, inexistentes- y espaciada en su geografía y en su temporalidad, logra apariciones breves, casi fantasmales en antologías, en remembranzas fugaces, en escrituras de otros o sobre otros. Su antología 13 poetas chilenos de 1948, sin duda es uno de esos ejemplos que se vuelcan irónicos, pero no menos productivos en torno suyo. Porque esa antología que reúne poemas de un también fantasmal Gustavo Ossorio, como asimismo los primeros antipoemas de Nicanor Parra antes que éste publicara su referencial libro de 1954 o la primera edición de Definición y pérdida de la persona de Eduardo Anguita, marca época, apunta vigoroso a un horizonte que se desplegará inexorable y se convierte en un testimonio más de la pasión por la poesía, menos del encumbramiento personal.
Alumno y posterior amigo de Gonzalo Rojas y Alfredo Lefebvre en el Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso, Zambelli lee, escribe, corrige, traduce, vive. Sus viajes a Europa en los años 50 e inicios de los años 60 le entregan conocimiento, pero también experiencia, lecturas imprescindibles –Quasimodo, Ungaretti, Eliot, Valverde- y la conciencia de ser poeta ajeno a cualquier grandilocuencia, ajeno a toda tempestad de fácil enaltecimiento. La lectura de Dante lo convence: renuncia al verso libre y se entrega a endecasílabos y heptasílabos: difícil tarea donde, este poeta, enamorado de la forma, no transa con la emocionalidad fútil, tampoco con el anquilosamiento verbal de querer buscar sólo “tradición”. No, en absoluto: Zambelli poeta de las aventuras del orden sigiloso. Su correspondencia- inédita- con Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Alone, Jorge Millas, González Vera y otros, muestra al poeta entregado a su mundo, a sus obsesiones, a la cotidianidad repetitiva de los ritmos interiores. Así, sabedor de la trama en que se va configurando la poesía chilena de un siglo XX en fuga, Zambelli es testigo y lector, severo consigo mismo: rehúsa, no cede; en su enclaustramiento porteño de rutina a lo Montale, día y noche pasan en su entorno como las estaciones circulares de un tiempo que transcurre entre lectura y lectura, entre conversación y conversación, entre recuerdos de una vida ya vivida en pos del entusiasmo secreto que es la poesía. “Soy un mal gestor de mis obras”, dirá. De eso no cabe duda. Como de tantos otros, poco podemos agregar sobre su vida. Fallece en Valparaíso en 2002.


Bibliografía:

-         13 poetas chilenos, antología, Valparaíso, 1948.
-         Poesías, París, 1951.
-         Cantos, Roma, 1952.
-         Vida, tan prodigiosa, Madrid, 1961.
-         Temporal, Santiago de Chile, 1962.
-         De la mano del tiempo, Valparaíso, 1978.

Poemas:

Pero después de todo
Pero después de todo,
callejón sin salida.
He vivido esperando
-huidiza la corriente- nada, nadie.
¿El reino del poeta
es sólo de este mundo?
Mas resta breve vida por delante.
Y si nadie responde mi pregunta,
continuaré marcando equivocado.
Inaccesible el cielo para el ojo,
hondura de las madres.
El castillo de naipes se derrumba,
pues Dios nunca responde
mientras el río pasa.



Un mundo tuyo y mío

Un mundo tuyo y mío sólo existe
en el tiempo remoto.
La vez que yo y tú fuimos Adán y Eva.

Lejos del Paraíso
aún tu voz me cautiva.

Hoy junto al árbol del bien y del mal
las manzanas mordidas
se pudren en la tierra.
Nunca será lo mismo la condena.

Evoco otros designios
Evoco otros designios
esfuerzos indecisos, circunstancias.
Lo que luego vendrá será lo mismo:
ocasiones perdidas,
inútiles engaños.

Mucho tiempo ha pasado,
es tarde para el sueño
de un hombre que esperaba en este mundo
la tierra prometida y no el desierto
con la sed que enceguece.


Vagaré en medio de otra noche
Vagaré en medio de otra noche oscura.
Por siempre a mi vigilia
acogerá el silencio,
esta espera de ser en soledad
cuando el cielo en su gloria
se transforma en divina indiferencia.

Así persistes vida
adentro del deseo
donde el infierno existe.