lunes, 28 de febrero de 2011

Poesía de José Antonio Llera

En enero recién pasado, prometí para este blog, subir trabajos de poetas diversos tanto en lo temático como geográfico. Más que expresar algo de buena voluntad, veo en ello la posibilidad de dar a conocer a los lectores que visitan este sitio, no tan solo el producto de mis obsesiones, sino además a poetas y escritores que me parecen relevantes en su trabajo. Por eso quisiera en esta oportunidad presentar algunos poemas del extremeño José Antonio Llera.  Nacido en Badajoz en 1971, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. En poesía ha publicado Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007) y El síndrome de Diógenes (2009). Poemas suyos han aparecido en varias revistas españolas como Turia, Nadadora, Paralelo Sur y El Invisible Anillo. Asimismo como crítico y ensayista es autor de El humor verbal y visual de “La Codorniz(2003), El humor en la obra de Julio Camba (2004) y Los poemas de cementerio de Luis Cernuda (2007). A su vez ha editado el epistolario de Miguel Mihura (2007) y una antología de artículos de Wenceslao Fernández Flórez (2009).

Por criterios de edición hago una pequeña muestra del último libro de José Antoniocriterios de edicirna stolario de Miguel Mihura (2007) y una antologemas del poeta extremeño Jode mis obsesiones, sino adem. Esto por la siguiente razón: Preludio a la inmersión y El monólogo de Homero son, cada uno, extensos poemas unitarios de largo aliento y entresacar fragmentos de ellos para publicarlos, creo que le hacen un flaco favor para su entendimiento cabal. Dicho esto, te dejo apreciado lector con este puñado de poemas:



La ciudad dormitorio

Hoy es día de Pentecostés.
Hay salvación para ti, que llegas con la lengua morada
y has despilfarrado la blancura de las hostias en el peaje
de las autopistas.
Al amanecer, los niños rompen botellas sucias.
Sus torsos son vidrio maleable, inhalan pegamento
y regresan a las cocinas del odio donde esperan lechones desventrados,
patatas cocidas en una fuente de aluminio que alumbra el dormitorio,
los cables de alta tensión, el nitrato
de las fabricas,
 habas en la boca de los días.

Los licores han caducado al raso y soplan
raíces de contrabando, abrecartas que se clavan en los colchones,
alcahuetas que averiguan si eres tu el elegido para repoblar
la basura y si los desempleados tienen cita con el quiropractor.

¿Quién duerme sobre las sabanas blancas
impregnadas del humo de los trenes
y se daña despacio en la alcoba sin anciano ni vientre?
El deseo es un barrio en construcción
del que se fugaron los marineros, donde prevaricaron los ediles
del auxilio
y nunca es fiesta para los enterradores .


El pájaro

Ha dejado los desiertos donde se consumen los reptiles,
los humedales donde se ahogan los mitos
y ha puesto rumbo allí donde la hoja perenne y la menta
enlazan la luz como un animal que muerde y huye monte arriba:
alimañas sorprendidas por el vuelo rasante de las horas,
la acequia alimentada por el candor de algún granjero,
la parálisis como esencia de un mar que remonta la única corriente.

Su vuelo anida en el disparo fallido.
Solo la semilla tiene la densidad de su pupila.
Plomo, caballos de madera, trampas, trigo emponzoñado
para aquel que sin castigo divino puede acercarse al sol.
Y, sin embargo, también conoce la caída en vertical,
el mapa invertido de la angustia,
el pozo que apesta la fatiga.


La partida

Quelle est cette ile triste et noire?
Ch. Baudelaire

Quien cree haber descubierto la tierra
prometida descubre sin saberlo
sus fantasmas, carneros con cabezas de centauros.
Aprendí a no darle nombre – Bizancio,
Itaca, Citerea- a aquello
que enturbia el horizonte:
toda nostalgia se evapora en cal
viva o se derrocha como argumento
en los teatros.


William Blake resuelve el enigma

El ángel regresa solo una vez,
con las alas recogidas.
El ángel solo vuelve a la ciudadela
de su propia soledad:
no podría el cielo cerrase a su renuncia.



San Agustín de Hipona

Una cicatriz como la que deja
en la carne la viruela. Ayer
fue plomo lo que hoy vuelve a ser plomo,
látigo sobre el muslo de aquellos mercaderes.
Si el alma fuera un circulo, no esta suma de huesos,
tendría sentido entonces volver a lo callado,
el  sermón de la montaña, el mal  de altura.
Si el alma estuviera hecha de barro
inteligible, forma mineral
en que alojar un cáliz de sospechas,
colgaríamos de ella la baraja del invierno,
el yodo en las heridas,
las horas a oscuras en la cuadra,
lo claro que no se deja intrigar
porque nace libre
del impulso que lo aleja de su costra.




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