viernes, 12 de septiembre de 2014

Pinacoteca





Francis Bacon

No sé a qué luz o fuego he sido atado.
Ni la prueba de la queja
ni el embrujo de cielos invisibles
pueden apresar el ruego que envío
desde esta pupila huracanada.

El paisaje gira.
Yo giro.
Y soy la espiral que se derrama
como leche sobre el caos,
olvidando voz y origen,
olvidando la figura exacta, desprendido por algo
que circula entre nosotros vestido de evidencia.

  

Joseph Turner

En un oleaje de ceniza
el agua se disuelve como piel de lava.
Abierta al aire, toca fondo por mis ojos.

¿Qué horizonte percibir
en la claridad de su huida?
Triste, cierra musgosa cualquier cuerpo
hecha manantial o rostro encendido.

Sólo sé que su cabellera es una gaviota
adentrándose desde el cielo.



John Everett Millais

Las orillas naufragan en el incendio del bosque.

Y un himno silencioso convoca ausencias
como la solitaria cascada de Orfeo.

Los días no rasgan el aliento de las nubes
mientras el hilo nocturno
se niega a tejer inscripciones deletreables.

Mientras el soplo de mayo es palabra inútil
la luz del jardín es el cadáver de una doncella bajo el agua.




Balthus

Los fantasmas que llegan
mueren con el agua al crepitar.
Y sólo su silencio enciende la ilusión
de hablar con ellos
sobre días que transcurren.
En su sonrisa invisible
adivino la humedad de mis labios
que reflejan esa mirada nunca conocida:
la venganza de otras muertes
que la lluvia guarda en su vientre
como aire que ha huido desde otro cuerpo.



jueves, 4 de septiembre de 2014

Después de ver a Brueghel, leer a Auden y escribir un poema




Musée des beaux-arts

Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
mientras alguno cena o abre la ventana
o nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el milagroso Nacimiento, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando
en el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones,
donde viven los perros su perra vida
y la yegua del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
el rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
al hundirse en las aguas verdes.

Y la elegante y delicada nave
debió haber visto lo inaudito:
la caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
y siguió navegando en calma.

(W. H. Auden)
Versión de José Emilio Pacheco

                                                         


Stimmung
(Variaciones sobre un tema de Auden)

Mon âme pour d’affreux naufrages appareille
Paul Verlaine

Entre el ir y venir del otoño se cumple la circularidad de toda rutina:
la sangre sube por la enredadera
y vuelve a bajar en la prestancia de su indisposición sensorial,
las palabras repiten teatrales la palidez de su propio silencio
y el avance de los años dibuja la derrota de toda acción
en la amabilidad de los gestos que se vuelven símbolos de algo:
exigencias, nostalgias, indiferencia del medio,
                                                                     el error de la historia.

¿Podrías haberlo impedido?
Si el arte es la ilusión de lo representado,
entonces la tensión entre lo viejo y lo nuevo,
entre la tradición y la aventura es sólo retórica
que se ve a sí misma con sarcasmo en el espejo de lo real:
el miedo culpable de comprobar el vacío de las afirmaciones.
Para el viejo Brueghel aquello no era tema a considerar;
era parte del orden del mundo situar el sufrimiento a escala humana
entre lo más banal y la experiencia más espantosa.
Dar la espalda al desastre
como el labrador que sigue en su oficio
o el navío que mantiene su curso de modo impersonal,
sabiendo que en ello no hay indiferencia,
sino cumplimiento de algo arcaico que no se puede intervenir.

Pero sin duda, para nosotros,
no hay posibilidad de volver a ese pacto entre las cosas
y su expresión lingüística, a esa asunción serena
de la contradicción como parte de un libro
del que no deletreábamos página alguna, sino más bien
admirábamos la artesanía de los contornos
diseñados con una paciencia que hoy es incomprensible.
Lo que resta, quizás, es redactar un catastro con costumbres,
usos, hábitos, prácticas
y pensar que con ellos se pueden caminar playas,
visitar aeródromos y centros comerciales,
hacer pasables moteles de quinta categoría,
resignarse a ver en una película de fin de semana
una experiencia estética y, en fin,
todo ese catálogo de lugares y quejas cliché
que se vuelven un repertorio necesario
                                           para conjurar el suicidio o la locura.

Mientras el otoño va y viene con su dulce apatía,
la calidez de sus hendiduras imaginarias
levanta un relato legible con el cual bastaría entender
las aprensiones de nuestra propia existencia,
como asimismo la desconsideración para con esas palabras
que íbamos a resignificar en un ingenuo juego alquímico.
Es verdad, tal vez no hay posibilidad alguna de volver,
cosa que los Viejos Maestros sabían de antemano,
incluso cuando pintaban a Icaro como símbolo de la soberbia.

Pero la distancia, la mudez del espejo, esa tarde calurosa
que conoció la destreza de nuestros cuerpos,
la proyección de esos apuntes amarillos
en las pantallas del sueño son, cómo no,
el desplazamiento entre tu memoria
                                           y la inexactitud de la cámara lenta…
Pero la distancia
                                          y esa mudez siniestra…



sábado, 30 de agosto de 2014

El lector filólogo: La ficción suprema: Gonzalo Rojas y el viaje a los comienzos de Marcelo Pellegrini

I

En una sociabilidad literaria que se precie, resulta normal que toda generación que acude a escena, prodigue desde sus filas un contingente de escritores y poetas que cultive la crítica literaria. Más que el crítico en estado puro, ya en sus versiones académicas o de difusión más amplia, el escritor y poeta devenido crítico es un actor cultural asumido plenamente a las reglas del juego de nuestro medio. Actor y parte que desde enfoques más puristas o cuestionadores, es visto como protagonista interesado. Pero sin restar importancia a esa aseveración, sería atractivo preguntar si acaso aquel fenómeno corresponde a una práctica recurrente o a una excepción. Y si miramos la historia de nuestra literatura nacional y aún continental, aquello no nos parece nada raro o ajeno: al menos desde el modernismo rubendariano a falta de cuadros críticos preparados, autónomos en su ejercicio y cultivados en su sensibilidad intelectiva –a pesar de los elocuentes procesos de alfabetización y desarrollo de la cultura letrada, con todos sus logros, miserias y fracasos ya en nuestro país como en el continente- son los mismos poetas y escritores los primeros en tomar la pluma para engarzarse en la disquisición crítica con mayor o menor acierto. Pero dejando a un lado por ahora tal debate que, ciertamente, daría mucho que hablar y bastante tela que cortar –sobre todo dadas las condiciones socio-culturales que enmarcan el ejercicio de la crítica literaria en Chile- lo que se mantiene como cierto es el surgimiento de un puñado de escritores y poetas que fungen también de críticos en toda la línea, ya en el ámbito académico, ya en el de medios de difusión más masiva. Sin duda aquello no es novedad: la crítica literaria ejercida por Enrique Lihn, Jorge Teillier, Miguel Arteche, Armando Uribe, Pedro Lastra, Alfonso Calderón, Waldo Rojas, Oscar Hahn y más cerca de nosotros en lo temporal por Eduardo Llanos, Jorge Montealegre y Andrés Morales, por ejemplo, ha sido una práctica que ha ocupado espacios y géneros diversos: desde la columna y reseña periodística, el ensayo de revista cultural o literaria hasta el artículo de corte más académico y otras formas no tan comunes como es el libro que reúne una selección de textos como los antedichos, como a su vez, el libro de carácter monográfico y de largo aliento con mayor o menor densidad analítica o interpretativa.
Así, el cultivo de la crítica es efectuado por un creador que reflexiona, por un poeta crítico que ante la circunstancia epocal, la necesidad interna, lo perentorio de su gesto autorreflexivo y hasta por razones materiales de sobrevivencia, lleva a cabo este ejercicio. El comentar, el valorar, el contraponer y razonar, el zaherir o discutir, el poner sobre la balanza el sentido posible de los textos del presente y del pasado y su circulación en medio de la sociabilidad que los sustentan y amparan es algo que, teniendo buenas o malas épocas de desarrollo y difusión, de todas maneras, es un acto primordial para que esa misma sociabilidad se legitime ante sí misma y el cuerpo social. Dadas las condiciones de “operación” en el neoliberal Chile de la postdictadura, aquel ejercicio como tendencia, se acrecienta o consolida cada vez más a partir de los años 90. De aquel modo la crítica literaria cultivada por poetas y escritores como Carlos Henrickson, Cristian Gómez, Bruno Cuneo, Matías Ayala, Jorge Polanco, Leonardo Sanhueza, Javier Bello, Roberto Onell, Jaime Pinos y varios otros, densifica una atmósfera, patentiza un gesto lector diverso y hace creer que la partida crítica no está del todo derrotada o evanescentemente difusa. Ya como norma permanente o acción esporádica, estos escritores y poetas y otros –algunos más jóvenes como Víctor Quezada, Guido Arroyo, Diego Zúñiga, Rodrigo Arroyo o Daniel Rojas, por ejemplo- llevan a cabo su escritura con variable intensidad y agudeza.
Y es que a pesar de listados como éstos, tentativos y para nada definitorios, lo que hay en el gesto crítico –al fin y al cabo, en el gesto de leer- es un afán irrenunciable de desplegar aún a tientas, un espacio intelectual donde pueda ser aprehendida la resonancia que prolonga o contradice la obra literaria que suscita nuestra necesidad simbólica de cuestionamiento, sentido, asombro o placer. El lugar común y bien pensante nos indica que en ese espacio intelectual debería llevarse a cabo el encuentro de las obras literarias, su posibilidad de diálogo, su más que pertinente intercambio, su radical expectativa auscultadora de potenciales significados y su más que tensa representación -contradictoria y problemática- respecto de lo histórico. Ese espacio intelectual es frágil entre nosotros. Muy frágil, a veces hasta tentadoramente inexistente. Y no porque los escritores y poetas arriba mencionados no posean cada uno a su manera talento para discernir los eventuales sentidos que poseen las obras literarias que se prestan a su anónimo y recurrente escrutinio -escrutinio alejado del espectáculo en que muy a menudo deviene esa misma sociabilidad literaria que dice sustentar sus ejercicios-, sino porque, tal vez, la práctica crítica sigue siendo para nosotros casi cualquier cosa, menos un campo de afinidades y oposiciones. En la violencia gratuita del comentario irresponsable, como en la vaciedad discursiva que le da amparo o en el lucimiento personal de enfant terrible, se encarna lo que en diversos instantes aparece como grito desde el púlpito o insidia desde el fondo de la sala. Obviamente nunca como razonamiento. Tal vez porque, como diría Octavio Paz, olvidamos –o queremos ignorar con desidia e insolencia- que la crítica es lo que constituye eso que llamamos literatura y que no es tanto la suma de opiniones bienintencionadas en torno a textos variopintos, sino más bien es el modo en que opera un sistema de relaciones.

II
En este contexto, la aparición a principios de este año 2014 en Editorial Cuarto Propio de La ficción suprema: Gonzalo Rojas y el viaje a los comienzos del poeta, ensayista y traductor Marcelo Pellegrini, es un caso, a mi parecer, decidor de lo que estoy tratando de plantear acerca de la crítica literaria actual. Por supuesto que el libro de Pellegrini no es un caso aislado, ni mucho menos. Porque de un tiempo a esta parte, varios han sido los libros de carácter monográfico o de reunión de textos diversos que han aparecido en la escena crítica. Pienso, entre otros en Maquinarias deconstructivas: poesía y juego en Juan Luis Martínez, Diego Maquieira y Rodrigo Lira (2013) de Marcelo Rioseco; Constitución de un sujeto sobreviviente. Una lectura a la poesía de Tomás Harris (2013) de Mary Mac Millan y El paraíso vedado. Ensayos sobre poesía chilena del contragolpe 1975-1995 (2010) de Sergio Mansilla. Pero no se trata solamente, en mi opinión, de que el libro de Pellegrini sea una publicación “académica”, algo de todos modos fácil de decir y despachar en la pereza lectora que carece de discurso. Como los libros de Mansilla y Rioseco acá señalados y otros más que han visto la luz años anteriores como los de Matías Ayala, Jorge Polanco y Luis Correa Díaz[1], por ejemplo, es claro que la ritualidad universitaria solicita sus gestos de legitimación, aunque cada vez teniendo menos en cuenta al libro como soporte y transporte de ideas, opiniones y reflexiones en aras de ese insípido texto llamado paper. Pero de ninguna manera es posible considerar este libro en torno a la poesía de Gonzalo Rojas pensado para los regodeos universitarios. Eso sería un flaco favor para Rojas y Pellegrini. Más bien, este libro lo veo como una plataforma giratoria de sentidos posibles que implican, entre otras varias cosas, una manera de entender lo que puede ser una “lectura crítica” y, por otro lado y de no menor relevancia, una forma de rendir cuentas a una memoria personal y, por qué no, hasta generacional. Intentaré argumentar en torno a estos dos puntos.
Ciertamente la obra del poeta chileno Gonzalo Rojas (1917-2011), si bien desde la aparición misma de su primer libro La miseria del hombre en 1948, ha suscitado una paulatina e intensa atención crítica, sólo a partir de los libros inaugurales de Marcelo Coddou y Nelson Rojas -Poética de la poesía activa y Estudios sobre la poesía de Gonzalo Rojas, respectivamente, ambos de 1984- podría decirse que despierta el activo interés de la crítica académica que se ha prodigado en varios volúmenes monográficos, homenajes, libros y en sinnúmero de artículos, notas, reseñas y ensayos. Rojas, en ese sentido, nunca fue un poeta de cuya obra se desentendiese la versión académica de la crítica literaria chilena. Aún más, desde la década de los 80, esa obra poética siempre provocó la más ferviente recepción y la más elocuente justificación interpretativa. Un gesto así, implica, sin duda, un acumulamiento de material, una suma si no portentosa, al menos bastante significativa de interpretaciones posibles –la Babel de la literatura secundaria en el decir de Steiner-: auscultada con minuciosidad en varios ensayos, tesis y libros, la poesía de Rojas parecía aclarada, explicada y comentada con una solvencia que ya se querría la obra de cualquier otro poeta chileno o latinoamericano. Es así que su resonancia continental no ha dejado de ser menor y sus lectores, desde el adolescente meditativo que busca en esta poesía una manera de entender su propia experiencia vivencial, hasta el scholar de universidad estadounidense, no han menguado, ni mucho menos han desaparecido.
¿Posee entonces una obra poética como ésta, acaso la resolución de sus nudos críticos, la claridad de una interpretación ajustada y convincente? Pareciera ser que sí. Pero, afortunadamente, sólo pareciera. Como en muchas otras cosas de la vida, los consensos no son necesariamente pertinentes: las opiniones se cristalizan, las lecturas se solidifican y devienen cualquier cosa y se corre el riesgo cierto que monumentalicen a esa misma obra que pretenden valorar. La crítica literaria en torno a la poesía de Gonzalo Rojas ha sido, justamente, salvo contadas excepciones, una paulatina construcción de consensos críticos que, en su claridad expositiva y densidad interpretativa, han ido constituyendo el cuerpo de una opinión consolidada. Y eso, tal vez, no sé hasta qué punto implica entender las aproximaciones a la poesía como una especie de conocimiento acumulativo que se autocerciora a sí mismo una y otra vez: quizás terminamos escribiendo sobre las opiniones de tal o cual ensayo que manifestó tal o cual opinión o escribimos para defender, refutar o proponer tal o cual tesis que un ensayo, un libro o un paper dijeron, manifestaron o aseveraron. Y sin negar la necesidad que a veces eso significa, vemos que la obra, el poema, queda en un horizonte cada vez más difuso o alejado. Soy de los que creen –y no soy para nada original en ello- que una lectura que monumentalice al objeto de su deseo, es una lectura que socava los fundamentos dinámicos, variables y sorpresivos que la propia poesía posee como parte de su manera de ser. Por eso, cuando aparece una nueva lectura de esa misma obra que, siendo absolutamente respetuosa y comprensiva con el acerbo bibliográfico de opiniones vertidas durante años y hasta décadas, pero que asimismo pone en entredicho varias de esas opiniones, haciendo que la obra sea vista desde otro ángulo, suscitando incluso, un cambio o modificación de la perspectiva con la cual, finalmente, leemos, pues esa nueva lectura, sin ser tal vez audaz en su gesto iconoclasta, baraja el naipe de la interpretación con una nueva mano que nos deja, gozosamente, fuera del juego, para reiniciarlo con atención, otra vez.

El libro de Pellegrini sobre Rojas, a mi entender, hace eso. Como en el Cuarteto para cuerdas nº 1 de Arnold Schonberg, Pellegrini es un scholar aplicado y consecuente: nadie objetaría la rigurosidad de corte académico con todo el aparataje teórico y de citas generosas que surgen una y otra vez en el cuerpo del texto, rigurosidad que aparece en la superficie de su escritura, pero ella misma no va en contra de sus argumentos, aún más, no se queda detenida en sus fronteras, ni menos inmoviliza su trama que teje y desteje con avidez. Sin duda otra es la rigurosidad del ojo crítico de Pellegrini, una que tiene mucho de riesgo: el querer leer como si fuera la primera vez. Pero su audacia y perspicacia de lector pueden más que cualquier convencionalismo al uso: una amplitud de diseño, una secuencia prolija que no renuncia a los detalles, prosa clara y bien argumentada que rehúye cualquier idiolecto académico de corrección calculada, una prosa diáfana incluso en pasajes que la hacen más que legible, incluso amena, una obra de crítica literaria de cabo a rabo, donde su voluminosidad –más de 300 páginas- no se nota con esa pesantez que lamentamos en tantas otras escrituras críticas. El gesto de Pellegrini es cordial, pero firme: respetuoso de las opiniones y pareceres de ese conocimiento acumulativo en torno a la poesía de Rojas, nuestro autor las despacha según su necesidad interpretativa y según la pertinencia de sus argumentos. Sin duda que este libro se haya atento a la crítica anterior, pero se vuelve una y otra vez insistente y convincente en sus puntos de vista sin renunciar a la prueba del poema mismo, a lo que la propia escritura de Rojas manifiesta y dice. En ese sentido hay pasajes donde el comentario de tal o cual poema aparece intenso, de una lealtad abrumadora para con el poema mismo. Pienso por ejemplo cuando Pellegrini aborda la génesis y exégesis de un poema ya clásico de Rojas como es Perdí mi juventud o como cuando explora el ámbito erótico/amoroso en poemas como Oscuridad hermosa o como cuando indaga los fundamentos de la genealogía del poeta en otro poema ya clásico de Rojas como lo es Carbón. Los ejemplos se podrían prodigar una tras otro. Pero lo que, insisto, resalta de su tratamiento es esa manera de intentar ser fiel a lo que el propio poema otorga en su significación posible. Por ello, acudir a los niveles fónicos, sintácticos, prosódicos y rítmicos es esencial acá para llevar acabo una lectura pertinente, pero de todas formas, no son los únicos caminos para allanar el eventual sentido que Pellegrini busca para establecer las coordenadas de la densidad de la obra rojiana. Pues no se trata sólo de ver al poema como transmisor de información para justificar las propias opiniones que se van vertiendo página tras página, si no más bien, estamos en presencia de un gesto filológico que convierte el acto de lectura en un encuentro amoroso que no vacila en discernir verso a verso, palabra a palabra, el cuerpo textual que se ofrece a la mirada que constituye el centro principal de los afanes interpretativos de Pellegrini. Ese cuidado, esa forma de responder a los requerimientos del poema creo que, hoy por hoy, es raro o muy poco común en la crítica literaria chilena. Porque no se trata solamente de contar sílabas o describir la retórica de tal o cual imagen empleando códigos preestablecidos del repertorio académico estándar. Pienso que se trata de otra cosa: de ir deshilvanando nociones de sentido en la filigrana espesa del poema, donde no cualquier opinión, aun razonadamente manifiesta, puede ser cierta o valedera a pesar de tener de su parte la justificación de su enunciado. Es, ni más ni menos, la dificultad de leer un poema, la conciencia crítica de la dificultad del acto de leer. Y con la dificultad añadida que esa lectura no se nos vaya de las manos o se precipite al abismo de las significaciones redundantes o vacías del lugar común. Eso es tal vez lo medular del gesto filológico que lleva a cabo Pellegrini. Y ese mismo gesto hace que su lectura, en tanto conjunto, sea coherente y creíble críticamente hablando. Este proceder, por supuesto, tiene sus riesgos. Pues se tiene la impresión de estar leyendo una obra de crítica literaria en el más tradicional sentido del término –Pellegrini ha sido ávido lector de esa tradición que tiene a Curtius y Auerbach entre sus mejores representantes- y ello implica, sin duda, una manera inactual de vérselas en el entendimiento del acto crítico: su libro no es sociología, ni estudios culturales, ni psicoanálisis postfreudiano o postlacaniano. No vemos en él nociones de “margen”, “agenciamiento” o citas a Foucault o Derrida. En el modo en que Pellegrini lee el detalle del poema –haciendo de su libro una fascinante acumulación articulada de detalles-, es posible advertir, por ejemplo, su filiación con la ensayística de Pedro Lastra. En ello veo algo relevante ya que comprendemos mejor su accionar y proceder.
A veces, cuando leemos ensayos extensos que manifiestan afiliarse a una noción de crítica literaria más amplia, con pretensiones de ser discursos de crítica cultural, esa misma amplitud, generosa en correr el horizonte de expectativas de comprensión, nos hace olvidar desde dónde estamos leyendo y qué estamos leyendo: el poema, la novela, un texto literario. Tal vez ahí radica un desvío que nos aleja de la conmoción que la lectura provoca de modo inusitado y desde la cual se justifica, tal vez, todo ejercicio lector. El ensayista y crítico argentino, Alberto Giordano, siguiendo una propuesta de Deleuze –“las supersticiones son creencias que separan a un cuerpo (en este caso, la literatura y el lector) de su potencia de actuar, que disminuyen esa potencia, que limitan lo que ese cuerpo puede”- se ha referido a esto identificando los “tics” que desplazan y aplazan esa conmoción denominándolas supersticiones del lector crítico: en primer lugar, la superstición política que consiste en creer que la literatura es útil porque cumple una función crítica, desmitificadora, al servicio de una causa justa, moralmente fundada (todavía no podemos pensar el poder de lo inútil). En segundo lugar, una superstición sociológica que consiste en creer que la literatura es homogénea a los discursos sociales, que se mueve en el mismo medio de generalidad que ellos, que sólo actúa sobre ellos en tanto los padece directamente (todavía no podemos pensar el poder de lo singular). Por último, una superstición histórica que consiste en creer que el sentido de la literatura es contemporáneo del de los discursos sociales, que las morales con referencia en los cuales estos discursos circulan funcionan como contexto, es decir, como límite de sentido de la literatura (todavía no podemos pensar el poder de lo inactual)[2].
Puestas así las cosas, me convenzo cada vez más que este libro de Pellegrini, el gesto de lector crítico que articula y sustenta es un gesto inútil, singular e inactual. Por eso mismo su cariz filológico suscita una extrañeza, una extrañeza que se funda no tanto en la peculiaridad de una lectura privativa, sino en el afán de establecer un sistema de relaciones que nos permita situar del mejor modo a la poesía de Rojas. Ese sistema parte de la materialidad misma de los versos de Rojas: sus ecos, sus resonancias, su sentido entrevisto en referencias de difícil acceso, en la construcción de una genealogía de mundos y referentes que Pellegrini pone en evidencia y hace circular ante nuestra mirada. Lo interesante, es que Pellegrini no sólo hace eso, sino que nos desea persuadir argumentativamente que es así.

III
Ahora bien, si acaso es verdad lo que afirma el poeta y crítico Luis Correa Díaz al decir que este libro nos ayuda a reexaminar el punto exacto en que la biografía y el discurso literario entran en contacto y se fusionan, creando una tercera dimensión que Enrique Lihn llamó “biopoética” –en tanto esclarecimiento de los complejos juegos referenciales poéticos, lingüísticos y filosóficos de una obra como la del poeta de Oscuro- aquello no sería posible si no atendiéramos a la propia recurrencia de Pellegrini como poeta lector de Rojas. Me explico: manifestaba páginas atrás que dentro de los sentidos posibles que se desprendían de un libro como éste, estaba una forma de rendir cuentas a una memoria personal y, por qué no, hasta generacional. Así, este libro es también una obsesión, una marcada obsesión para articular una memoria poética en un contexto desolado y cuyas referencias nos hacen pensar, nuevamente, en el modo en que los así llamados poetas de los 90 han ejercido ya no tanto la crítica literaria con más o menos fortuna, sino como manera de buscar en su naufragio, puntos de referencia para ser ellos mismos y enfrentar la vorágine de lo histórico. Puntales de escritura que no desaparecieran del horizonte y que pudieran ser atisbados como una posibilidad de sentido. Creo que la lectura que Pellegrini efectúa de la poesía de Rojas, cabe dentro de ese gesto mayor -o más amplio si se quiere- que desea dar cuenta del afán por esclarecer un asedio a la memoria que dibuja la apropiación de un imaginario –no sólo literario- que fue devastado por la dictadura y que, en su gesto de aprehensión, es posible advertir como un gesto político de reinvención tanto poiética como cultural. No es gratuito, ni azaroso el rescate, la lectura, la discusión y la apropiación de una serie de poéticas y posturas estéticas que ayudaron no sólo a un proceso identificatorio de los poetas de los 90 en tanto cohesión grupal, sino más bien en advertir que en tal apropiación lectora lo que había era un esfuerzo por inquirir, un esfuerzo por tender lazos y comprender la necesidad de obviar por espurias las pretensiones neofundacionales de los agentes dictatoriales y sus adláteres en lo referente a inaugurar o instaurar una sensibilidad no conectada con el pasado, visto éste como algo malévolo y equívoco en sí mismo. De alguna manera, el “sentido de tradición” de la poesía chilena del siglo XX, en los poetas de los 90, no es una recuperación monumental de íconos de una supuesta representatividad de cariz espectacular, tan al uso hoy en día, sino más bien un esfuerzo por esclarecer una genealogía, un contacto vital y no amnésico y menos museal con poéticas tales como las de Rosamel del Valle, Mandrágora, Eduardo Anguita, Carlos de Rokha, Humberto Díaz-Casanueva, Boris Calderón y Gustavo Osorio, entre las cuales, la de Gonzalo Rojas es ciertamente relevante.
Como bien indica en el prefacio del libro, Pellegrini ha asumido ese afán desde aquel lejano abril de 1989 cuando, siendo aún un joven adolescente, vio y escuchó por vez primera a Rojas leer sus poemas en un acto en la Universidad Católica de Valparaíso. Desde ese instante hasta este libro han pasado 25 años. Ahí vislumbro un gesto radical, no sólo de fidelidad y obsesión para con una memoria personal, sino para con esos cruces necesarios que toda “biopoética” encuentra en el fundamento mismo de su constitución. En el ámbito de las humanidades, en contra de los discursos que relegan la memorización al tacho de las tecnologías arcaicas, no acordarse simplemente es no saber. En poesía es lo mismo, pero como nos enseña en sordina este libro, no acordarse implica también el olvido y, por ende, la muerte.  


Viña del Mar, invierno de 2014.


[1] Jorge Polanco: La zona muda, una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn. Ediciones Universidad de Valparaíso/ RIL Editores, Stgo, 2004; Matías Ayala: Lugar incómodo: poesía y sociedad en Parra, Lihn y Martínez. Ediciones de la Universidad Alberto Hurtado, Stgo, 2010; Luis Correa Díaz: Lengua muerta. Poesía, post-literatura & erotismo en Enrique Lihn. Ediciones Altazor, Viña del Mar, 2012.
[2] Alberto Giordano: Razones de la crítica. Sobre literatura, ética y política. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999.

domingo, 17 de agosto de 2014

El poeta Jean-Claude Renard 1922-2002

Si acaso es posible referirse a la “tradición moderna” como un concepto paradójico, pero aclaratorio de lo que ella misma permite vislumbrar en la peculiaridad heterogénea de los diversos discursos poéticos que la han habitado, no es para nada raro que ello implique comprender a esa “tradición” como poseedora de una experiencia fundamental y fundante: la extrañeza radical. Extrañeza en lo que significa para el poeta vérselas con una alienación histórica violenta e inhumana. Extrañeza de ser consciente del fracaso de toda idea de progreso. Extrañeza de responder con la contradicción, lo que la modernidad promueve como asunción de una autoconciencia que se ve a sí misma frente a un abismo de significaciones vacías. Desterrada toda pretensión metafísica de entender o explicar el mundo, las preguntas siguen de pie a pesar de las respuestas consolatorias de la ciencia, la filosofía o la fe religiosa.
Jean-Claude Renard, poeta francés, nacido en Toulon en 1922 es uno de esos poetas que asumió la extrañeza radical del mejor modo en que lo ha intentado buena parte de la poesía posterior a la Segunda Guerra Mundial: intentando crear un tiempo y un espacio donde confluya todo tiempo y todo espacio en la asunción de un aquí y un ahora que sea más que la mera expresión de un momento histórico, que fuera más bien, el sentido singular de una experiencia, hoy por hoy, inactual en su radicalismo crítico: la experiencia de intentar decir el misterio.
Renard durante buena parte de su vida, se desempeñó como editor y colaborador en editoriales como Seuil y Casterman, instancia que le permitió abordar desde una privilegiada perspectiva de lector, la apasionante y diversa aventura de la literatura y poesía francesa y europea de la segunda mitad del siglo XX. Pero esa perspectiva más que hacer de él un escritor informado y erudito, le motivó a una indagación anhelante de sentido. Lector asiduo de las más diversas tradiciones poéticas, filosóficas y teológicas, su centro gravitatorio se enmarca en su fino conocimiento de autores tan distintos como Rimbaud, Teilhard de Chardin, Mallarmé, San Juan de la Cruz, Urs von Balthasar y la cercanía amistosa y estimulante de poetas contemporáneos como René Char e Yves Bonnefoy.
Pero Renard a diferencia de sus ilustres amigos, no desea desenredar la mágica filigrana escanciada por la aventura imaginaria y vital que ha significado el surrealismo. Su extrañeza radical propone otra cosa: en el corazón del universo concreto de la inmanencia, el poeta sigue las huellas de la trascendencia. Sin duda algo difícil de alcanzar, pero que le hace frecuentar una y otra vez el "lugar real" o "zona de influencia" que, ni más ni menos, es la sensación de bienestar que podría, fugazmente, ser "lugar" donde confluyera la naturaleza irreducible. Para Renard, esa es la partida de nacimiento de todo "Misterio", pues implica un esfuerzo que se debe reflexionar con entrega y humildad ante la apabullante cercanía que manifiesta esa dicotomía estimulante y paradójica que son la presencia y la ausencia, el poder y la impotencia del lenguaje. 
Para Renard el estado de radical extrañamiento se traduce en el intento de unir tres caminos en principio diferentes: el poema, la condición humana, la fe religiosa. El poema, como producto de un lenguaje particular distinto de cualquier otro, la condición humana en tanto que respuesta siempre incierta e inacabada a las preguntas del origen y el destino y la fe religiosa como experiencia íntima de un misterio, que aunque sea denominado “dios” por las religiones, permanece incomprensible e inabarcable, en tanto que inmanencia y trascendencia, ausencia y presencia. Esta situación permite a la poesía, a la filosofía y a la espiritualidad, entrecruzarse y a veces identificarse, dejando subsistir al mismo tiempo en nosotros la conciencia de las categorías en las que tratamos de expresar el absoluto sin nombre, ni rostro ni lugar.
Pero sin duda, una de las cosas fundamentales de Renard y que es puntal de su concepción poética es la idea que hace de la respiración, matriz excepcional de toda experiencia poética. Para nuestro poeta la respiración posee un carácter pneumático: se torna paradigma de todo lo sensible y a la vez espiritual, es decir de lo terrenal insuflado por el soplo del espíritu: “Oh respiración comenzada en el centro del pan y de la nieve”: la respiración como pneuma. Así nos encontramos de lleno en una versión de la mística sanjuanista, cuando dice que  “respirar es amar”. Va a ser en sus libros Padre, he aquí el hombre (1955) y En una sola Viña (1959), cuando Renard vislumbre la búsqueda del misterio en el encuentro crucial con las significaciones cristianas más explícitas. Pero para un poeta como él, sin duda que la trama suprema de la “respiración” que abre la experiencia hacia los recovecos del misterio, será el lenguaje. Para Renard el lenguaje sabe decir y descifrar lo real como si fuera el cuerpo del mundo. Sin duda, en una experiencia “materialista” que evoca a Ponge en su amor por las formas y existencias terrenas, el lenguaje para Renard nos induce a saber y conocer lo que es saboreado, olido, sentido, respirado. Ciertamente porque el lenguaje transparenta realidades y porque no es herramienta sino oficio. Así, el poeta no es inventor de palabras, ni genial artista que adorne la realidad, sino un rendido oficiante que, a través de su decir y respirar, deja traslucir el misterio sagrado de las cosas.
Sin embargo también en el lenguaje hay cierta inadecuación que corresponde a lo que en la experiencia vivida se llama o denomina desgarramiento. Es el lenguaje frente al misterio, que arriesga la opacidad y el artificio. De lo usual del lenguaje es necesario arriesgarse en la “quete poétique”: de la palabra como cosa a la palabra como realidad de encuentro. Pues toda poesía es encuentro con esa realidad inefable, intuida, barruntada, entrevista, aunque nunca todavía totalmente entregada. De nuevo el paralelismo sanjuanista se impone: lo místico como un hecho de lenguaje. De tal modo que éste, salvando y asumiendo la misma inadecuación, se torna fábula de lo inefable, narración o leyenda de la trashumancia, de la búsqueda de otras tierras, logos que abre nuevos espacios a lo indecible: de la lógica inmutable a la paradójica afirmación de lo indecible en lo que es dicho pero no agotado, señalado pero no aprehendido, delimitado pero no acotado, lenguaje mismo y otro, lugar a la vez de vacío y de encuentro. Y así el lenguaje poético deviene finalmente, como en una liturgia, consagración, encantamiento, lo que corresponde a la experiencia sustancial del mundo. Las cosas no son donde la palabra (la Palabra) falta. Ninguna cosa es, ni la respiración misma, si la palabra falta. Porque la poesía, quizás, es aquel inevitable recordatorio de una mudez vivida y expresada por los místicos en la entraña de la noche oscura. De nuestra noche oscura.

Arcanos I

La noche me mantiene alerta.
Con los dedos medio doblados, desnudo sobre la arena y con mi
vida mi muerte como únicas armas, aguardo el verdadero combate.
Desde siempre sigue mi rastro una presencia, a la vez íntima e intacta,
que da sentido a la marcha - lleva hasta el mar las cacerías de la mañana.
Hay risas en el enigma: una consagración, una danza de dioses puros.
De su paz haré mi alegría.
Este cuerpo que ve bajo las ramas el refugio exacto y favorable,
que habitará mi último sueño escoge ya su luz.
Pero aún hay que destruir el señuelo ácido del lenguaje para que,
no siendo ya lo que él dice, las islas, las fuentes, las raíces, hablen
ellas mismas de sus fiestas.
Una vez exorcizado el laberinto donde perderse es todo y no es nada,
domeñaré mis poderes.
Pues conocer es más que comprender.
¡Y acaso entonces, como un pulpo que ni se afronta ni se rehúye, se
aproximará a mí lo increíble!



Ejercitación de soledad

Soy como mi propio amante,
soy como alguien que está muerto
que va a través de sí mismo,
que camina por su cuerpo.
Soy como alguien del pasado.

Soy antiguo y subterráneo
como quien duerme en sí mismo
no tiene ya amor ni manos,
sólo algo que le da frío.
Soy como alguien que asesina.

Soy la oreja suprimida,
soy la boca sepultada,
carne cerrada a otra carne,
carne abrasada grita
separado estoy del mar.

Separado de las aves,
de mi propio corazón,
estoy sin cuerpo interior,
sin árboles en mis huesos.
Soy como un hombre sin hombres.

Yo ya no soy el que nombra,
yo ya no soy el que ve,
alguien me ha quitado a cristo,
lo ha retirado de mí
ausente estoy del espíritu.

Ausente del alto amor
y de las regiones altas,
como el que está ausente en una torre,
-mas ¿ dónde esta el alto amor,
donde están los que yo soy?


Oráculos

Corre el riesgo del dios.
Ama sin saber por qué amas.
Quien no tiene nada te ofrecerá todo.
No maldigas ningún secreto.
Huye de tu apariencia.
Sea lo que se hace con sí mismo.
Exorcisa la muerte de la muerte.
Supone – mas no afirmes.
Permanece verificable por desafío.
Profana sin cesar todo ídolo.
Siendo Nulo, y no siendo nada de lo que es – tú sólo nos rindes interiores.
Aparece bajo lo que desaparece.
Puede que seas enterrado de pie.
Ve sobre los colores imposibles.
No ofendas a tus filigranas.
No existe una vía. Tú eres la vía misma – y su término.
Haz de las complicidades tu dominio.
Libre es otra parte de lo que está a ti atado.
Venera el vértigo.
¡Cállate: todo habla! ¡Habla: todo se calla!
Espera la acogida inconcebible.
No descanses, por Nadie, ni por lo desconocido.
Anula tu voz en la Voz.
Es un prodigio que puedas pensar lo impensable.
Extrae de ti más que ti mismo.
Pasa de la ausencia al misterio de la ausencia.
No pidas: ¿De dónde? ¿QUIÉN? ¿Dónde? – Considera únicamente la no-respuesta.
¿Te levantará la caída?
Al límite del muro, lo inaccesible dice tu nombre.




jueves, 7 de agosto de 2014

Algunas observaciones
Palabras a modo de prólogo para la antología Entrada en materia:17 poetas jóvenes chilenos, editada por Altazor en junio de 2014

Una antología siempre será un ejercicio curatorial que debería ser consciente de su precariedad: queriendo ser inclusiva, concluye siendo exclusiva y, a la postre, no deja de ser una pretensión más o menos razonada para fijar lo que siempre es dinámico, voluble y movedizo. Más que establecer un canon o fijar una escena, es una fugaz fotografía de un instante de imaginación verbal que intenta ser puesto en reposo con la efímera conciencia de un lenguaje en permanente deriva. Asimismo, salvo excepciones –y esta antología no pretende serlo- su articulación rara vez es un apriori, la mayoría de las ocasiones, una mera constatación de lectura.
Estas observaciones no creo que sean redundantes: la antología que el lector tiene ahora en sus manos es más que nada un ejercicio nacido de una buena dosis de azar en vez de cálculo. Así, no estuvo entre sus propósitos originales trazar ningún tipo de mapa definitorio, ni bosquejar una escena representativa de nada: ni generacional, ni geográfica, ni de tendencia alguna Creo más bien que en los poemas reunidos acá es posible referirse, en la medida que un gesto reflexivo lo pida, a una serie de poéticas y/o maneras o formas de abordar lo poético con estrategias escriturales diversas y disímiles y que el puñado de jóvenes autores reunidos en estas páginas, llevan a cabo con mayor o menor tesón en un ejercicio que de lejos y bajo ninguna circunstancia podría ser considerado definitivo.
Para este trabajo fueron escogidos los poemas que consideré atractivos o relevantes según mi arbitrario gusto lector y sin afán de “representar” una obra que, en muchos casos, está en pleno proceso de búsqueda o elaboración. Delimitado de tal manera el horizonte, se me volvía cada vez más evidente que trazar el índice tentativo de esta antología basado en presupuestos generacionales, si bien siempre ha sido un modo recurrente para cualquier recopilación de pretensiones similares a ésta, evidenciaba un esquema acomodaticio que, al fin de cuentas, no resolvía nada: constataba en el ejercicio de lectura que iba efectuando de cada uno de los poemas seleccionados, algo que en mis disquisiciones críticas y en conversaciones con varios amigos poetas y colegas del ámbito académico ya es algo asumido, pero rara vez esclarecido: que de un tiempo a esta parte, lo acontecido con la poesía escrita en Chile muestra una variedad de tendencias, formas y maneras de entender lo poético y su hechura en obra como un fenómeno variopinto que, de cualquier modo, hace tambalear los rótulos de clasificación generacional aplicados mecánicamente. Y no sólo eso, sino que el ejercicio lector revela que no es posible hablar de un discurso hegemónico de la índole que sea, a la hora de plantear la relevancia de tal o cual tendencia bajo tal o cual rótulo o presupuesto reflexivo. Por ello, denominaciones tales como “generación de los 90” o “generación 2000” o “generación novísima” o lo que fuera, las puedo ver ahora como gestos a lo sumo descriptivos, pero metodológicamente sesgados y políticamente restrictivos en su afán exclusivista de arrogarse una aclaración epocal, por más que puedan haber decisivos puntos diferenciadores, como también singulares rasgos comunes entre ellos y la escritura de muchos de los jóvenes reunidos en estas páginas.
En un espacio de amplio espectro, desde 2000 en adelante al menos, lo que parecía dibujarse como una forma de entender o llevar a cabo lo que era y es la poesía, se ha ido hiperfragmentando de tal manera que hoy pareciera imposible afirmar con seriedad que la poesía chilena actual obedece a esta o aquella tendencia prioritaria, organizando de aquel modo un pretendido canon. Éste, por lo demás, ha explotado y lo que tradicionalmente en algunos círculos críticos se ha dado en llamar la “poesía chilena” con sus eslabones bien representativos que van desde Neruda y Huidobro hasta Parra, Zurita y Martínez, se ha resquebrajado. Más bien, sería preciso decir: la manera histórico-lineal de leer a estos poetas y sus obras respectivas dentro de un marco historicista es lo que se ha fracturado y lo que, creo, ha advenido, es un modo disímil de asumir esa eventual tradición que suena más bien a una especie de “antitradición pluralista”, es decir, a un espacio de respiración de múltiples tentativas poéticas que dialogan –y no necesariamente en una paz mimética- con poéticas precedentes y con el contexto socio-cultural de las últimas dos décadas, marcadas a fuego con la administración concertacionista del modelo neoliberal con todas sus consecuencias políticas, éticas y estéticas. En estas afirmaciones hay mucho de lugar común, pero basta constatar lo dificultoso de cualquier análisis que pretenda leer corpus tan vasto y a su vez contextualizarlo epocalmente, para percatarse que vale la pena volver sobre ello y sin temor a la contradicción o al comentario innecesario.
Lo otro que cabría decir en lo que respecta a esta antología, es que sería iluso establecer características rotundas que explicitaran los poemas de los aquí reunidos queriendo entregar una falsa sensación de “familia”, “continuidad”, “sensibilidad común” o algo semejante. Y si bien en algunos de ellos pueden rastrearse afinidades, guiños y hasta aparentes tendencias estilísticas, apuesto a creer –perdón, a leer- que ello obedece más que nada a la inmediatez temporal de la circunstancia, que a la prueba retrospectiva del sano distanciamiento crítico. Esto por algo muy sencillo: el poema siguiente desmentiría al precedente, desdibujando cualquier pretendida hegemonía. ¿Resulta acaso imposible entonces la valoración crítica? Por supuesto que no, pero tampoco ésta es un oasis de fértil mansedumbre. Probablemente eso tiene que ver con una rotura de la manera de entender lo que es el poema como artefacto lingüístico y que nos viene dada desde los años 80 del siglo recién pasado, manera que nos ha ayudado a poner en duda o más bien, a leer con una actitud más perentoria y dúctil que complaciente y sosegadora, lo que ese artefacto hecho de palabras nos dice o creemos que nos dice.
En dos trabajos antológicos anteriores que datan de varios años atrás (2007) –El mapa no es el territorio: antología de la joven poesía de Valparaíso de mi autoría y Carta de ajuste. Antología de poetas inéditos en Valparaíso de Antonio Rioseco y Juan Eduardo Díaz- se intentó articular la titánica quimera de cartografiar con el mayor detalle posible y con toda la productiva contradicción limitante que en ello pudiera haber existido, ese vasto espacio imaginario y simbólico que denominamos como Valparaíso. Ambas antologías que entran en un interesante y fluido contrapunto son un ejercicio del que el presente trabajo toma distancia. No por irreverencia amnésica o ingenuo afán rupturista. Para nada. Simplemente porque lo que esos ejercicios antológicos de años atrás propusieron, hoy por hoy sería, en mi modesta opinión, inverosímil o, al menos, muy dificultoso. A primera vista, lo más evidente es constatar el desplazamiento vital y experiencial de todos estos jóvenes poetas: desde Santiago, Copiapó, Punta Arenas y Chiloé hasta Rancagua y Limache, pasando por Buenos Aires y Ciudad de México. Aquel desplazamiento, en su fluidez, verifica una sensibilidad, una imaginación y un derrotero que hace del viaje y la exploración un arraigo que, sin duda, está acorde con estos tiempos globalizados. Pero no creo que eso sea lo fundamental, sin negar con esto, su vital relevancia. Por otro lado, me parece que la creciente necesidad de establecer diferencias y singularidades frente o ante un hegemónico discurso metropolitano es una intensa necesidad y pretensión –legítima por cierto- de territorializar la escritura poética y por ende, aprehenderla comprensivamente bajo un alero de margen, identidad o periferia, cosa que se ha vuelto, al menos, una reivindicación cuya solvencia teórica y su puesta en obra no me convence del todo.
Ante esta doble aporía, creo que la puesta en circulación de un puñado de poemas de un puñado de poetas bajo el espacio común de un proyecto antológico como éste, puede ser tal vez significativo por las pretendidas respuestas a pretendidas preguntas de sentido que se efectúan desde la peculiaridad imaginativa, retórica y experiencial que los poemas sustentan desde su propia hechura de lenguaje. Un lenguaje, por supuesto, cargado de historia, prevenciones, alusiones, fracturas, desplazamientos, obsesiones y referentes de diversa calidad, sesgo y espesura simbólica. De eso, no creo que quepa duda. Sólo manifiesto el quimérico –y quizás ilusorio- afán filológico que ha orientado mi lectura al instante de escoger los poemas reunidos aquí. Tal vez el retorno al poema pueda servir para mirar sin embelesamiento los ideologemas que nos conducen al paredón del silencio. Al final, que cada lector saque las conclusiones que desee y pueda de este conjunto, conjunto abierto e inconcluso habrá que decir, pues su reunión en estas páginas, es un accidente feliz de coincidencias, pero accidente al fin de cuentas.
En verdad no sé si todos los acá reunidos persistirán en la escritura de la musa o persistirán en sus obsesiones imaginativas en otros soportes materiales. Como toda fotografía de un instante que se precie, esta antología sólo se arroga la desfachatez de interrelacionar una serie de poemas de un grupo de jóvenes más o menos contemporáneos entre sí, con algunas experiencias comunes, pero que bajo ninguna circunstancia pueden ser vistos como grupo, generación o colectivo.
En esta antología hay quienes tienen ya una probada experiencia editorial, hay otros que han ganado algunos reconocimientos públicos, unos cuantos ya han pasado la ordalía del primer libro publicado. Pero la mayoría permanece, hasta ahora, rigurosamente inédito. Lo que escriben y lo que aparece en estas páginas –para ser justos con ellos- no deberíamos leerlo en el aislamiento provinciano al que estamos acostumbrados. Intentar leer los poemas de estos poetas en relación con lo escrito y publicado por autores coetáneos suyos como por ejemplo Antonio Guajardo, José Morán, Sebastián del Pino, Gastón Biotti, Alejandro Godoy, Yeny Díaz, Karla Rodríguez o Daniela Catrileo, sería un ejercicio estimulante y que permitiría una visión panorámica más vasta y prolija.
Para finalizar estas observaciones, deseo agradecer a cada uno de los/as poetas participantes: su paciencia, su comprensión y las intensas conversaciones –y aún discusiones en ocasiones de seria divergencia-. Todo eso ha sido fundamental para llevar a buen puerto este trabajo. Un trabajo, por lo demás del que, a fin de cuentas, he sido un lector privilegiado.


jueves, 13 de febrero de 2014

Otras invenciones de la liebre de marzo: T.S. Eliot como crítico

Por su influencia en los más diversos poetas de los cinco continentes, por su breve pero concisa obra, por su peculiar personae no libre de contradicciones, pero sugestivo a fin de cuentas, por todo eso y otras razones varias, el poeta anglosajón Thomas Stearns Eliot (1888-1965) es sin duda uno de los más relevantes del siglo XX.  Aquella relevancia está otorgada, sin duda, por lo primordial de su quintaesenciada obra poética que descansa en la genialidad de sus grandes poemas The Waste Land y Four Quartets, pero no en menor medida también, por la vasta obra crítica y ensayística que desarrolló desde el inicio mismo de su carrera literaria.
No es fácil hallar en el universo poético contemporáneo –salvo, tal vez en Paul Valéry o probablemente en Ezra Pound o en Eugenio Montale- a un poeta que de modo tan intenso y personal haya aunado el talento creativo con el talante crítico de manera tal que no sólo respondiera a su propia exploración autoaclaratoria, sino que abriera fértiles senderos reflexivos para propiciar, apoyar, avalar y hasta contradecir los caminos críticos y poéticos de multitud de autores de tradiciones culturales diversas y nacionalidades distintas. Eso no deja de ser llamativo, sobre todo cuando desde hace no poco tiempo, se ha venido hablando de la crisis o fracaso de la crítica literaria, según lo cual toda posibilidad de conocimiento y toda posibilidad de interpretación es, al menos, puesta en entredicho. Sin ser para nada original en mi opinión, creo que la herencia eliotiana aún puede decirnos y orientarnos bastante para intentar repensar una serie de asuntos que nos podrían permitir abrigar una esperanza de intelección acerca de un puñado de problemas que siempre han sido vistos como irresueltos o que, lisa y llanamente, desembocan en mudas aporías.
La figura –y obra- de Eliot en este contexto que acabo de describir, cobra una llamativa actualidad, dada fundamentalmente por algo difícil de lograr, pero que este poeta se empecina en encarnar una y otra vez: la capacidad para integrar los logros más destacados de la modernidad poética al interior de un equilibrado, pero no menos tenso diseño conciliatorio entre tradición e invención que no abjura de efectuar esas preguntas quisquillosas, pero complejas que ninguna reflexión poética debiese rehuir. Como acertadamente indica en Función de la poesía y función de la crítica, esas preguntas que el crítico de poesía debe hacerse una y otra vez son ¿qué es la poesía? y ¿es éste un buen poema? En la medida que las respuestas que se otorgan a estas interrogantes, sean fértiles en su declaración, no carentes de contradicciones, pero firmes en su argumentación y con la capacidad para establecer vínculos con otras áreas, tradiciones y logros estéticos, es que son preguntas que marcan con su profundidad de planteamiento, la necesidad irrenunciable de ser asumidas sin ningún tipo de reserva o miedo. Eliot, sin duda, ve en este tipo de preguntas una pretensión reflexiva que no disimula, como asimismo, ve la perentoria apelación a una tradición humanista que se dirige hacia una axiología de raigambre ontológica a la cual siempre hay que actualizar y no tirar por la borda. Sin duda que el Eliot enraizado en el modernism y que escribió The Waste Land y los ensayos de The Sacred Wood tomaba una distancia y hasta una resistencia a todo exceso de teorización que pretendiese sustituir la realidad por una entelequia totalizante regida por categorías analíticas. Pero también es cierto que ese Eliot rehuía lo contrario, es decir, si en su genial poema de 1922 la lógica del fragmento y la yuxtaposición son la articulación fundamental de su escritura poética, ello no es tanto por un afán de ludismo despreocupado o humorístico que pueda apelar a una genealogía dadaísta, sino por algo primordial: la dolorosa y traumática experiencia personal y social de los años 20 que sobrevivió a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Sólo basta pensar en el final de The Waste Land donde la interrogación por el sentido y la trascendencia son fundamentales.
En ese sentido y desde ahí, los textos críticos de Eliot siempre van a requerir la provisionalidad del juicio por la inherente complejidad del mundo y la relativa opacidad que opone a la razón. Por ello hay que comprender a esos textos cuando toman distancia tanto de las pretensiones totales de construcción mental y social que poseen la idea de aclararlo todo y hacer asequible el poema a un entendimiento constatable, como de ese otro extremo que hace de una crítica disolvente del sentido, su virtual y eficaz portavoz para sustituir la realidad o la experiencia a cambio de una singular voluntad de juego o poder –que a veces son lo mismo- por medio de una fascinante y envolvente retórica. Eliot irá paso a paso elaborando su pensamiento que incluye y reafirma un rol preponderante a la tradición, ya no sólo literaria, sino también cultural y espiritual. Sin duda, una de sus más famosas y relevantes opiniones críticas aparece en el ensayo “Tradición y talento individual” donde hallamos una vigorosa y singular reacción contra el pensamiento de raíz romántica que nos muestra al poeta como un ser especial y único, capaz de conseguir y consignar la originalidad como un valor insustituible y que se vuelve sino eje rector, sí primordial para ciertas concepciones modernas de la valoración literaria. Para Eliot sin embargo, el verdadero artista de genio es aquel que de mejor manera asimila la tradición, única posibilidad de crear la genuina obra de arte. En ese mismo ensayo, Eliot añade algo que resulta interesante y que nos trae sugerentes resonancias: el artista y el hombre que sufre son dos realidades distintas en la misma persona, y es la apertura a la tradición mediante la lectura atenta y el trabajo, lo que puede provocar que ese artista de genio transmute los materiales artísticos y personales allegados en un todo único y nuevo, cuyo valor radicará en la medida en que las obras valiosas del pasado se afirmen con mayor vigor.
En The Sacred Wood, el libro que incluyó originalmente “Tradición y talento individual”, incluye asimismo una serie de ensayos sobre obras que han configurado la tradición literaria inglesa y europea, como Hamlet, y la Divina comedia, respectivamente. A través de la lectura de aquellos ensayos, vemos la defensa que Eliot lleva a cabo de los problemas críticos importantes al señalar que éstos no poseen una solución local o esteticista en exclusiva, sino también son necesarios de plantear desde una panorámica más vasta que implica la necesidad de constituir un canon literario que, a su vez, se transforme en una apoyatura vital e inteligente tanto de la actividad literaria, creativa y crítica como de la actividad simplemente lectora.
El gesto de Eliot, apunta a un canon universal de grandes libros, como a su vez, al establecimiento de criterios lectores para discernir las cualidades requeridas respecto de los clásicos, las obras de mérito y aún de los así llamados “escritores menores”, apoyándose en instancias culturales e históricas que develan la vieja tradición humanista de raigambre latino-cristiana. Pero ese gesto eliotiano no se agota en sí mismo ni se limita a su propia inmanencia: es posible verlo como una sugestiva premonición de lo que posteriormente críticos como Harold Bloom y George Steiner plantearán en libros tan sugerentes, singulares y polémicos como La angustia de las influencias, El Canon occidental, Presencias reales y Gramáticas de la creación. Sin embargo, aún apreciando e indagando las fuentes culturales y espirituales de la poesía, para Eliot, ésta no sustituye a la vida, ni se convierte en su principio rector –cosa distinta a manifestar que es un valioso e insustituible principio orientador- como a su vez, tampoco habría que ver en ella la expresión de una totalidad, ni tampoco como reemplazante de una función religiosa o de mera consolación compensatoria ante la angustia metafísica. Pareciera que en sus ensayos críticos, Eliot intentara una y otra vez delimitar con justeza aquellas pretensiones –legítimas por cierto- en pos de aspirar a circunscribir de alguna forma la peculiaridad de la poesía como también el afán de situarla en un diseño cultural más abarcador, donde lo humano debe ser entendido respecto a sus diversas esferas de experiencia y acción. De esa forma es posible entender que los textos críticos de Eliot son propuestas poseedoras de una densidad estética y cultural que son abordadas como un modo experiencial de entender aquella misma densidad y no como mera teoría en abstracto y, por supuesto, avaladas por el gusto, la sensibilidad y carentes de la ilusión de atribuirse en su ejercicio cognitivo, la comprensión total del objeto que aborda o lee. Esto conlleva algo que muchas veces pasamos de largo: la capacidad de estos textos críticos de apelar ciertamente al sentido poético que le propone al lector, sin la necesidad de pedir ni menos exigir lealtades perentorias. Como pocas, la crítica literaria de Eliot deja un amplio margen al disenso.
A fin de cuentas, pareciera ser que Eliot se disgusta constantemente con los afanes de definición total o de fórmulas acabadas que explicitasen el poema o dieran su razón de ser. Pero ese disgusto, si bien signo epocal de un tiempo que ha padecido la destrucción de la razón como soporte configurador, no se halla en la estela de un Nietzsche, por ejemplo, sino como la constatación de reconocer la imperfección del conocer humano, imperfección que, de todas formas, no inmoviliza el anhelo de aproximarse a la posibilidad del sentido, sentido que en la poética de Eliot es memoria, conciencia del tiempo y meditación asombrada ante el misterio. Así, puede observarse en su ensayo “Goethe como sabio” cómo nuestro poeta se da a la empresa de indagar y auscultar el significado de la palabra “sabiduría” y donde siente la necesidad de pensarla como una noción que engloba elementos literarios, culturales, filosóficos y religiosos que hicieron del poeta alemán, una de sus mejores encarnaciones. Lo que aquí se advierte es una búsqueda, no tanto para explorar un territorio desconocido, sino más bien para constatar posibilidades de intelección y arraigo. Esa búsqueda posee sus exigencias y una de ellas es la necesidad de entenderla como un afán intersubjetivo. Como señala en Función de la poesía y función de la crítica:

El crítico, es de suponer que si ha de justificar su existencia, debería esforzarse por disciplinar sus prejuicios personales y manías –taras a las que todos estamos sujetos- y componer sus diferencias con las de tantos colegas como sea posible, en la búsqueda común del juicio verdadero.

Una afirmación como ésta no supone tanto un distanciamiento irónico, ni menos un guiño hacia lo políticamente correcto. Para nada: son interesantes premoniciones de diversos hallazgos que la crítica literaria del siglo XX efectuó respecto de sí misma y que Eliot otorga en la peculiaridad de su pasión discursiva como un correlato arraigado desde la experiencia lectora. Esa misma experiencia es fundamental, pues se halla en el corazón mismo de todo afán de comprensión e interpretación y aún de recepción. Como un clarín que anuncia las futuras ideas de un Jauss o un Iser, Eliot indica una serie de observaciones que aún nos son necesarias para vérnoslas con ese ejercicio superior de la imaginación y la inteligencia que llamamos “lectura”. En su ensayo “La música de la poesía”, leemos lo siguiente:

El primer peligro es el de asumir que debe haber sólo una interpretación del poema como un todo, que debe ser verdadera. Habrá detalles de explicación, especialmente con poemas escritos en otra época que la nuestra, cuestiones de hecho, alusiones históricas, el significado de ciertas palabras en un cierto momento, que pueden ser establecidos, y el profesor puede ver que sus alumnos entiendan estas cosas. Pero por lo que toca al significado del poema como un todo, no se agota por una explicación, porque el significado es lo que el poema significa a diferentes lectores sensibles...

Por otro lado, en el ensayo sobre el dramaturgo isabelino Philip Massinger, escrito en 1920, es posible hallar in nuce, la descripción de aquella noción capital de la teoría literaria contemporánea: la intertextualidad. Aquel concepto que ha hecho fortuna de la mano de Todorov, Kristeva, Genette y tantos otros, es un concepto que Eliot deja entrever desde la praxis misma del ejercicio lector:

Los poetas inmaduros imitan, los poetas maduros roban, los malos poetas desfiguran lo que toman, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente. El buen poeta integra su robo en un todo de sentimiento que es único, patentemente distinto de aquello de lo que fue arrancado; el mal poeta lo estampa en algo que no tiene cohesión. Un buen poeta tomará prestado generalmente de autores lejanos en el tiempo, o extranjeros en la lengua, o de intereses diversos.

Vemos una y otra vez a un poeta sagaz, un poeta atento a las fidelidades primordiales de su sensibilidad imaginativa y que identifica a ésta con su escritura poética. Eso le permite permeabilizar de modo adecuado cualquier arranque teórico que ponga en riesgo la constitución misma de aquella sensibilidad, siendo muy cuidadoso de quedar enclaustrado en nociones preconcebidas o en dogmas críticos carentes de fundamento pragmático. De esa manera, Eliot no se aparta de su experiencia personal como lector y creador. Y  ésta reaparece sintomáticamente una y otra vez para poder ser comunicada al lector, como cuando, por ejemplo, reflexiona acerca de la imagen poética. Como señala al respecto de modo especial sin que pueda atribuírsele ningún psicologismo huero o estrecho, sus observaciones siguen teniendo una estimulante vigencia: 

Sólo una parte de la imaginería de un autor procede de sus lecturas. ¿Por qué, para todos nosotros, a partir de lo que hemos escuchado, visto, sentido, durante nuestra vida, ciertas imágenes recurren, cargadas con emoción, más que otras? Tales recuerdos pueden tener un valor simbólico, pero no lo podemos determinar, porque vienen a representar las honduras de sentimiento a las que no somos capaces de asomarnos.

Todas estas características que podemos apreciar sobre los textos críticos de Eliot, -su apuesta por la belleza expositiva, la comunicación, la sorpresa, la intuición y el valor literario- dejan para el final, algo que uno de sus mejores traductores y apologetas en el mundo de nuestro idioma, ha efectuado de modo insuperable. Refiriéndose a esa particularidad de estilo que estos textos poseen como algo fundamental, el poeta español Jaime Gil de Biedma indica lo que, al fin de cuentas, nos vuelve a Eliot imprescindible:

Eliot es un gran poeta y un gran escritor, su prosa la precisión misma: toda palabra cuenta. Y tras la palabra escrita se transparenta siempre, dándole viveza, la palabra hablada, el modo de entonar y acentuar, el tono ligeramente más bajo que en el diálogo se marca uno de esos incisos, tan frecuentes en esta prosa escrupulosa, que parecen reflejar los rodeos del pensamiento hasta llegar a la formulación exacta, una vez hechas todas las salvedades y habida cuenta de cada posible excepción.